domingo, 9 de septiembre de 2012

7743.- LEANDRO CALLE


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Leandro Calle
Escritor argentino nacido en Zárate, provincia de Buenos Aires. Pertenece a la orden de los jesuitas. Ha realizado estudios de humanidades, filosofía y teología. Completó parte de sus estudios literarios en el taller de Elizabeth Azcona Cranwell. Poemas suyos han sido editados en la Antología de fin de siglo de Editorial Vinciguerra, y en medios gráficos del país. Recibió en 1998 mención de honor del Fondo Nacional de las Artes.

Publicó Tatuaje de fauno (El Francotirador, 1999); Una luz desde el río (Alción Editora, 2001); Los elementos (Alción editora, 2003); Almas del Boquerón (Pircas argentinas, 2004); Pasar (Educc, 2004); Noche extranjera (El copista, 2007); entre otras publicaciones. Estudió humanidades, filosofía y teología en San Miguel, Buenos Aires. Completó parte de sus estudios literarios con Elizabeth Azcona Cranwell y parte de sus estudios teológicos en Francia.

Formó parte del grupo literario El sello el cráneo y la sed junto con los poetas Rogelio Pizzi, Raquel Garzón, Rafael Velasco y la escritora Susana Degoy.
Es el histórico conductor, del legendario e ilustre grupo literario: Palpita el Barro, compuesto principalmente por: Agustín Malvárez, Carolina Biga, Gabriel Rumi, Geraldine Mac Burney, Guillermo Córdoba, Javier Ressia, Julia Mattoni y Marco Marino, entre otros que quedaron en el camino...


“Pasar”, de Leandro Calle

Pasar

¿A qué sonaban los cascos que traían la muerte
en caballos azules maquillados de tiempo?
Sonaban a destierro
arrastrando paredes y cimientos
arrastrando ventanales desiertos de cortinas
embalajes asidos a un último tranvía.
¿A qué sonaban los caballos azules
transitando al galope por la noche olvidada de pozos y lamentos?
¿A qué sonaban los caballos azules de la muerte
cuando apagaron tus ojos que buscaban la calma?
¿Sonaban a destierro? ¿A desierto?
¿Era acaso como un océano dormido
que comenzaba a levantarse en la mitad del sueño?
¿O los caballos azules de la muerte
sonaban mudamente como un roedor hambriento
en un montón de diarios?

Sonaban a dolor
apretadura de párpados y sombras

parición de la lágrima.





Miro tu cuerpo respirado
lastimado de aire
gorrión dormido
en la blancura de las sábanas
y no puedo entender
que el hilito que sostiene
tu naufragio y el mío
sea tan sólo de aire.





¿Quién detuvo tu sangre hacia el color morado?
¿Quién te vistió de muerte por adentro de la piel?
¿Quién te agarró cuando caíste de mis brazos?
¿Te ofrecieron cabalgadura los azules caballos
los caballos azules que traían la muerte?





hoy brilla el sol con más fuerza
como si el hilo se tensara como aquella tarde
en que patas arriba nos derribó el mar inmenso
para iniciar la risa o como aquella tarde
donde tus lágrimas salieron de mis ojos
y mis lágrimas salían de los tuyos
o como tantas otras tardes
fuimos levantados los dos alzados de la tierra
para mirarnos adentro de la carne
para agarrarnos a la misma tablita de náufrago
para cuidar el hilito de tu alma y la mía
para que el sol brillara más adentro nuestro





y hoy brilla el sol con más fuerza
como si quisiera salirse del cielo
empujando la vida hacia quién sabe qué lado
como brillaba en tierras ecuatoriales
donde tu corazón sufría la tristeza del paisaje
allá donde la ciudad se arremolinaba
en casitas de piedra y barro
y sentíamos el dolor de la tierra
desde los apretones de las manos obreras
parturientas celestes del maíz sagrado
alzado en ingapirca como se alzó tu cuerpo
cortándose el hilito que tensaba mi mano




“Los elementos”, de Leandro Calle

Anunciación del fuego


I

Cosido con un hilo de fuego
yace en la piedra
un Prometeo inmóvil.

Cuando los hombres
decidieron enfrentar la madera a la madera
frotándola, taladrando y perforando,
los dioses adoraron a los hombres.
Una copulación inconsciente nacía de su carne
etérea
y el resultado fue una llama tenue
comunicándose de aldea en aldea.
Los hombres celebraron esta fiesta celeste
y los dioses vejados se libraron al sueño
de copular al capricho de los hombres.
La carne cansada de la carne
sugirió la pregunta
y todo se apagó sobre la tierra.

Cosido con un hilo de fuego
yace en la piedra
un Prometeo inmóvil.

Sin embargo los hombres
supieron la manía
de masturbar los dioses
para ganar el fuego
y en las noches de luna
o de frío silente
el rito taumaturgo
persistió entre las cuevas:
la madera enfrentando la madera
para ganar la llama.



II

Hierve el tiempo en su cáscara de fuego.
Cuando la tierra exprime sus grietas palpitantes
bocanadas de auxilio rechazan las cadenas
las cadenas de barro que el buen Dios puso un día
como corteza eterna
como pura vasija
del látigo quemante
que duerme y despierta en lo hondo
en lo oscuro
en el centro
de la piel alfarera.

Como un panal partido
desagua el fuego a veces.
Cáscara del tiempo.



III

No hay humo
sólo la brasa sola
teje en silencio
su callar ardiente.



IV

Cuece el monje con cenizas su manjar.
¿A qué sabe la muerte?
A desazón.
La ceniza anuncia el triunfo de los muertos.



V

¡Fuego!
La palabra explotó en los oídos del fusilado.
Fue el silbido de las balas
que dieron a los vendados ojos
la imagen veloz de un puñado de plomos.
Mordeduras en el aire.
También la boca del fusil
creó la nube necesaria
para no ver el cuerpo
cayendo lentamente.
¡Fuego!
Y no se escuchó más.
Se quemaba en la boca la última palabra.



VI

¿Arde la zarza todavía?
Todo arbusto es una llama verde
Tal vez era la tarde
calentando las piedras.



VII

Crece como la piel del cilicio
mordiendo débilmente la carne del alma.
Imperceptible fuego en las entrañas.
Pequeña batalla en los rincones del cuerpo.
Crece como un punzón que busca la muerte.

Cuando las yemas de los dedos destilan fuego
cuando alumbran
cuando los huesos arden
cuando el aliento es un hueco de humo
cuando se apagan todos los nombres
la quemadura es un niño abandonado.
¡Cómo se quema la ausencia en el papel mojado!
Cenizas del futuro.



VIII

No era el fuego
sino una pequeña tibieza
que empezaba por tu piel.
Mis ojos anidaban en las cúpulas tristes
y mi sed de canales
mis pies cansados de tanta tierra en el alma
y mis manos otoñales
y todo comenzaba por tu piel extraña.
No, no era el fuego
era una pequeña tibieza
que comenzaba en tus brazos.
Un par de relámpagos tus labios
un par de relámpagos dormidos.



IX

Una esquina en París
una esquina como cualquier otra
un poco más cerca o más lejos de la gare de Montparnasse.
Caminabas.
En la esquina te disparé la sed que me quedaba.
Caminamos.
Conservamos el fuego sin tocarnos.
Volví sobre mis pasos
con un adiós encendido en tus mejillas.
Guardamos nuestro fuego protegiendo el pie desnudo.
Nunca supe tu nombre.
Aquella esquina se enciende todavía
y crepita en la memoria
la gare de Montparnasse a mis espaldas.



X

Alargan mi sombra los faroles del río.



XI

En carne viva
cómo hierve tu piel
la recorro con el inmóvil motor del tacto.



XII

Toda la tierra es fuego.
¿Arde la zarza todavía?

Oxidada llama en la memoria
que crepita al compás
de alucinaciones y tormentas.
Oxidada llama la del tiempo
cosida a la memoria
con un hilo de tierra.

¿Arde la zarza todavía?



Tatuaje de fauno, de Leandro Calle

Tatuaje de fauno


Ídolo

Un relámpago la carne.
Nosotros
una vasija oscura.
Descansa el agua primordial.

Una grieta asoma
intersticios de otra sed.

Romper la vasija
quebrantar el barro
poseer el secreto.

El agua desnuda
y un pudor obligado
buscarán en la arcilla
un vestido nuevo,
el soplo es el mismo.




Alquimia

No volverán las sombras.
Conserva mi promesa como una intermitente caracola.
Voy a poner a hervir en un caldero el mediodía
para que huela a sol toda la casa.




Maldición al olvidador

Con los pies de tus abominaciones
te eternizarás
pisoteando la mugre carcomida
y el dejo de las lágrimas.
Los murales de acedía que tejieron la vida
nunca te habrán tocado.
Te acordarás en silencio de los silencios.
Te robarás los ojos
para esconderlos en tus bolsillos
y llorarás tierra.
No te tocará el aroma de los jazmines
porque tus ojos
se cerraron para siempre
en la suma de dolores que causaste.
El espejo de tu misma ponzoña
te cobrará juicio a juicio
cheque a cheque
y pago a pago.
El dolor
la impotencia
la humillación y el miedo.




Tatuaje de fauno

a Nancy

I

Ella tiene un refugio
con una voz secreta proferida por un fauno.
Ya no duerme.
Ella me dijo que tirara de la punta del ovillo.
El fauno le da miedo.
Hay que matar al fauno.
Tomé el hilo y tiré:
y vientos
y caricias de piedra
y susurro febril
y sus cuatro años
y el esperma inacabable
la toalla blanca
olvido.
Olvido es la palabra imposible.

Hay que vivir con el fauno.

Ella me dijo que tirara de la punta del ovillo.
El fauno es un tatuaje que duele
un tatuaje en el alma.

II

Un laberinto se cíerne sobre Creta
el animal, el hilo, el holocausto
son las piezas que articulan este juego.
Cada muro esconde el eco de un lamento
cada piedra socava la esperanza.

III

Ella me dijo que tirara de la punta del ovillo.
Hay que tapar el ultraje con la luz.





El cuerno convocante

¿Acaso no escuché el llamado?
¿El cuerno convocante que despierta?

Ha sido levantado el campamento
la nube se ha esfumado
la tienda del encuentro se traslada.

Yo, que me fragüé en los desiertos
yo, acrisolado de nostalgias
herido de infinito
repleto de ausencias.

¿Por qué estoy a solas con la sed?
¿Por qué me retardas este encuentro?
¿Dónde está la nube poderosa?
¿Dónde la columna de fuego?

Ni siquiera me concedes el dolor.
Tan sólo la sed como lámpara segura.





Armonía

Fragmentos
partículas de hombre
las reliquias de una voz o un canto.

Esta desperdigada relidad.

Instantes.
Rompecabezas de diminutos tiempos
algún borde guardado en un abismo.
Segmentos.
La libertad pegada a la boca de los hombres.

Esta desperdigada realidad
desprendida del pasado
desprendida del todo
engarzada y suspendida
en la imposible tarea
de hacer coincidir el universo.
Fragmentos.

Esta desperdigada realidad.

Pero se tiende como un mantel la noche
y todo se unifica en el poema.



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