martes, 4 de septiembre de 2012

7692.- CARLOS ALDAZÁBAL




Carlos J. Aldazábal (Salta, Argentina, 1974) ha publicado los libros de poesía La soberbia del monje (1996), Por qué queremos ser Quevedo (1999), Nadie enduela su voz como plegaria (2003), El caserío (2007), Heredarás la tierra (2007) y El banco está cerrado (2010). Entre otros, obtuvo el Primer Premio del Concurso “Identidad, de las huellas a la palabra”, organizado por Abuelas de Plaza de Mayo. Es cofundador del proyecto editorial el suri porfiado (www.elsuriporfiado.blogspot.com) y de  la revista de poesía La costurerita (www.la-costurerita.com.ar). Coordina el Espacio Literario Juan L. Ortiz del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini, en la ciudad de Buenos Aires.




El frasco

           A veces disimulo y no escribo.
                       Raúl Aráoz Anzoátegui



Tengo un frasco de tinta
que escribe esmerado sobre el tiempo.
Es un frasco celeste
                 como esperanza arruinada por los buitres,
es un frasco de adobe
                  que repite al hornero enaltecido
                  por el martirio constante del asfalto.
Tengo un frasco de tinta.

A veces me descuido
y un río de palabras ahoga mi alfabeto,
                        desborda los contornos
                        de este estuario,
y el frasco se me agota.

A veces me equivoco
y en vez de poner tinta
descargo el contenido de mi pulso
       y el frasco se ennegrece
                como el corazón de dos amantes muertos
                        a la hora de amar.

Tengo un frasco de tinta.
Me da pánico que el miedo se lo robe.

(de La soberbia del monje)








Profesión de fe 

En Salta creemos
que no hay nada mejor
que
   escribir un poema,
   destapar un buen vino
o fornicar con morenas
           de esas que te muerden
       cuando se suelta el orgasmo.
Creemos que en la tierra
se esconde un terremoto
y que la esterilidad es un problema ajeno,
                          propio de los peces.
Creemos en el sol,
                   en el folklore,
      en la virginidad porfiada de las niñas del centro,
                               de las que van a misa.

Hay algo, sin embargo,
en lo que no creemos.

Sabemos que la angustia es un suspiro
de los gorriones que se sientan a contemplar los muros
encima de la cruz del San Bernardo.

(de La soberbia del monje)







Profecía del cuerpo

Cuerpo de hiedra apartada del muro,
cuerpo apartado de tu cuerpo,
cuerpo usurpado.

No son mis dientes
los que se adhieren a los tuyos,
los que encienden los nervios
de encías saladas por cepillos,
de caries dolidas por estar tan solas,
de bocas prensadas.
No es mi rodilla
la que visita los muslos de la noche
ni es mi costillar el que te sangra
                          entre los dedos.

El cuerpo es otro.

Yo soy tan sólo un cuerpo proletario,
un desposeído más entre los cuerpos,
un revolucionario apócrifo, un cuerpo en armas,
un cuerpo destinado a estar sin cuerpo,
                       al menos sin el tuyo;
y las caries me duelen,
y el costillar me sangra,
y su cuerpo se empeña en usurparme,
y tu cuerpo me ignora;
y yo oculto mis hojas creyendo en la palabra,
creyendo en el mañana que se acerca
             porque
llegará el día, la hora o el poema
en que los dientes de él se habrán caído
y mi cuerpo de liquen será verde
creciendo entre tus piernas
                       con tu agua.

(de La soberbia del monje)







Febrero

A mi hermana
le crecían nubes en las uñas
cuando el carnaval se acercaba
al tumulto de las siestas.
Ella conjuraba el agua
para que las ondinas expresaran
su contento desde el aire
                          que chicoteaba la ventana
                  para asustar a los duendes
                                 arañadores de techos
                                            y de tejas.
Yo me escapaba con los duendes
porque aborrecía
                que las ondinas
me lamieran los huesos con sus lenguas de agua,
porque aborrecía el sudor de boca
que reverberaba en las sombras
escalofriándome el ánimo.
Al instante
           mi hermana se enojaba
y un duende arrepentido
resbalaba en el llanto
y el rito se cumplía
por el carnaval atrapado en las lágrimas,
por las ondinas graciosas
     transparentadas en sol
             que acariciaban la nostalgia de la brisa.

A las siete de la tarde
ya estábamos adentro, merendando,
imaginando el destierro
del patio y de sus seres, del carnaval

y el momento amenazante del olvido
que se cernía sobre la ciudad
como la certeza de la noche. 

(de Por qué queremos ser Quevedo)






Las mascotas

La blanca tenía la lengua triste,
con esa tristeza de perro chico
que se siente impotente
para engullir las manos de los asesinos.

La negra era un dragón
con pinchos en la espalda
que solía mirar por el vidrio
con la ternura de un Cristo,
               de un Gandhi eterno,
portador de una melancolía nueva,
                              inadmisible.

(Cruzando la frontera vivía un oso,
sobreviviente estéril de una raza mágica
encargada de custodiar al que dormía
en cuna de mimbre trenzada por el tiempo.)

La negra cultivaba el respeto
                     por su madre
y la blanca enseñaba los tesoros ratones
                    a su hijastra
y en las noches de ánimas errantes
se juntaban en un dúo de lamentos
antes de la danza
                  en torno de la piedra.

(Cuentan que el oso cayó prisionero
de un cazador de animales ordinarios
y terminó en cobertor
de cuna de mimbre trenzada por el tiempo.)

Yo escarbé en la ausencia
cuando en diciembre vino la emboscada
y una guadaña roja se clavó en la frente
                                    de la negra
y una guadaña ciega cercenó la tristeza
                                    de la blanca
y la parca reía
y todo el mundo hablando sobre el alma
                          que es cosa de los hombres
y yo sin comprenderlos
y encima este recuerdo que me escarba las sienes
                                      y todavía nada.

(de Por qué queremos ser Quevedo)








La higuera

Cuando el argumento lo exigía
yo era el que despertaba a los fantasmas
  y llamaba a los ovnis
para viajar en el torrente sanguíneo
        de lo absurdo.

Las runas se trazaban
sobre las axilas,
                 las esquinas de los barrios
          que escondían duendes ostrogodos,
y así la invocación surtía efecto.

La higuera era el buque pirata
              que conducía a la selva del fondo,
     la máquina del tiempo que me acercaba
                 al dinosaurio perro
              que me mordió una tarde
         y terminó ahorcado por el vecino,

                                      el malo de la jungla
                                      al que yo bombardeaba
                                      con piedras de Hiroshima
                          para reírme de la radioactividad
                                         que se elevaba
                          sobre el tejado de sus cejas.

Cierto día el buque se hundió:
                    mamá decidió parquizar el fondo
                    y eliminar las malezas
                    que afeaban las fuentes de las ninfas,
                                                seres de yeso
                            que se comieron la tierra de las parras
                            y confabularon con el vecino
                            para terminar con mi reinado
                                                  sobre la higuera.

(de Por qué queremos ser Quevedo)







Dispersa la memoria…

Dispersa la memoria en la sangre del músculo:

la lengua, el músculo que habla
con la cordillera de los muertos
(¿cordillera absoluta, eternidad?)

Ejercicio del profeta:
              fijar los ojos del pasado
              en el sonido de las rocas
              chocando con el agua.
Otro ejercicio:
               con el corazón en luto
               trascender el tiempo
               y colgarse del dolor.

Mi lengua habló (¿hablaba?)
porque todos querían saber si nevaría,
si llegarían guanacos.

Narrador del futuro,
¿trazarán estas palabras la caída
de una estrella fugaz
invocando a los muertos?    

(de Nadie enduela su voz como legaria)








En el cementerio de la Misión

Robertito Gómez
descansa en Río Grande.
Una pequeña placa
encima de la tierra
nos habla de un dolor muy remoto,   
algún padre que esquilaba la oveja.

Quizás en las retinas de este muerto
descansen las imágenes
de los muertos de al lado,
esas tumbas anónimas,
testimonio de historia repetida.

¿Tuberculosis? ¿Tifus?
¿La gripe? ¿El viento oeste?
Muchas fueron las causas
para cubrir de huesos
el pasto de la estepa,
para que el fósil diga:
“Aquí vivió algún indio,
civilizado o bruto,
aquí quiso salvarlo
el cirio de la iglesia,
pero la luz fue tenue
y no ahuyentó a la noche”.

Una flauta de brisa
contamina el silencio
y en este sitio lejos
sólo el mar es testigo
de un carancho chillando.

Son chillidos profundos,
son los roncos fusiles de la historia,
yacimientos del odio
que crecen en el tiempo
para que a los museos
no les falten los cráneos.

(de Nadie enduela su voz como plegaria)







Amelia Biagioni me habla por teléfono

Hoy no hay alfombras para Amelia.
Pero su voz me visitó de pronto
            aletargando el sueño.

Ese viento feliz me permitió su imagen:
su lento deambular de diana cazadora
       detrás de la sonrisa y el poema.

¿Cómo salgo de aquí para encontrarla, Amelia y su jazmín
en su alfombra encantada, en su hilito de voz,
temerosa y lunar, hilanderita, preocupada en llamar, en acordarse,
aunque tema salir a la vereda por los lobos del mundo
                            y prefiera quedarse visitando de lejos?


Que no me corte.

Que la muerte se olvide de nosotros.

Que el tiempo se congele para siempre.

(inédito)





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