viernes, 31 de agosto de 2012

7653.- PAZ GEORGIADIS





PAZ GEORGIADIS
Buenos Aires, ARGENTINA  1973
Estudió Letras con especialización en Lingüística. Entre 2010 y 2011 realizó el viaje pedagógico de la Escuela del Tríptico de la Infancia. Enseña francés; también hace traducciones, revisiones y correcciones de estilo para distintas editoriales. Su libro No sólo los pájaros comen alpiste obtuvo el segundo premio en el Concurso Municipal de Poesía Felipe Aldana 2011. Entre 1977 y 1982 vivió en Ginebra. Desde 2003 reside en Rosario.




Patio

Mientras barro el patio,
la cabeza se me despega
los ojos se nieblan
mis ideas oscilan
se estiran y amontonan
el viento las desarma
se separan dos que estaban 
–el perro pasa y me las pisa–
tan pegadas que eran una 
se me arman poemas
mientras barro 
y me visitan asuntos cósmicos.
La muerte es una cuestión de espacio,
me decía mi padre,
que ahora está muerto,
que ahora es algo que da de comer
a los gusanos que dan de comer a la tierra
con su caca
que da de comer al árbol que da una pera
a una vaca que la agarra y que nosotros 
compramos en el supermercado, 
en cajas apiladas de vaca, como una biblioteca.
Si no te morís, ocupás lugar:
el mundo se asfixia con tanta gente,
tantas vacas, gusanos y peras.
Recién baldeaba y lo entendí.







Pelopincho

Me preguntaste qué es el alma
pero ya sabías la respuesta:
es como una máquina grande
en un lugar chiquito,
dijiste.
O cuatro máquinas medianas
con los nombres de las personas que queremos,
en listas hechas de sangre o pintura,
no de papel.
Y el alma está alrededor,
pegada a la piel.

Me preguntaste si conocemos algún pobre
o si nosotros somos pobres,
si el abuelo está desnudo
o se fue sin los huesos.
Y si hay alguna pelopincho
ahí donde está él
y si tiene hambre
y si lo vas a ver.







Objetos

¿Te acordás de ese peine verde
de dientes grandes
mascardi en el bolsillo
del pantalón de aquel tipo
con poco pelo
en ese bar que ya cerró?

¿Y del sandwich en el táper celeste 
del automovilista atropellado,
que quedó encima del techo
del auto, bajo el sol del mediodía,
cuando se fue la ambulancia?

¿Y de la campera impermeable
negra que colgaba de un gancho
en una pared de mosaicos, 
en el primer piso
de una casa demolida 
por Constitución?

¿Y de la boleta de empeño
del televisor 20 pulgadas
que encontraste entre los papeles
del entreprener que te había contratado
para que ordenaras el archivo
de su importadora de aparatos
de gimnasia sin esfuerzo?

¿Y de esa pierna que le faltaba
al tipo que corría veloz
y a zancazo único 
colectivos que se iban?

Bueno, estuve pensando
si no te parece mal
podríamos desembalarlos
y tenerlos un rato entre los objetos
que nos compramos hace poco







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