jueves, 30 de agosto de 2012

SANTIAGO BARCAZA [7.635] Poeta de Chile



Santiago Barcaza 

Nació en Santiago, CHILE en 1974. 
Poeta y Músico. Beca Fundación Neruda (1996) y  Biblioteca Nacional (1997). Ha obtenido premios como el Eusebio Lillo (1996), Alerce (1999), El Joven Neruda (Temuco, Mención Honrosa, 2000), Pablo Neruda (Valdivia, 2º Lugar, 2001), Literarte (2006, 2º Lugar). En 2003 lanza el disco Puertos Nunca Vistos (Centro de Estudios Neohelénicos U. de Chile), donde musicaliza a poetas griegos y en el 2004 edita su primer libro de poesía Carta-Océano (Ediciones Leviatán, Valdivia) con el apoyo del Consejo Nacional del Libro. Es integrante del colectivo Casagrande, agrupación de artistas responsables de los bombardeos de poemas sobre diversas ciudades del mundo. Actualmente, prepara su segundo libro de poesía y la segunda producción musical del grupo de jazz demoniaco Los Muebles, del cual es compositor y guitarrista.“Las cosas como son / cambian en la guitarra azul” podría ser perfectamente su epitafio.


Carta - Océano

Tarde en Amargos.
La lluvia dobla el frío de los pies entre las mantas.
Las viejas mujeres esperan impacientes
la llegada de los buzos
mientras las olas arrastran la frescura
del muelle sumergido.
Y bien, qué podríamos decir a propósito?
qué podríamos esperar de la vida?
Caminar y fumar durante horas
buscando la casa de los parientes
que no veíamos desde niños
pero jamás nos detuvimos
quizá hubiésemos podido recoger
algunos fragmentos de la tarde
pero no lo hicimos
antes cruzamos el manto de hierbas
que no pudo llevarse el incendio.
Todas las cosas en el mar son el mar
así como todas las cosas en el cielo son el cielo
y hay hombres del norte y del sur 
que son el Norte y el Sur.
El mundo estaba en calma
y nosotros, que no escuchamos nada y a nadie
escuchamos entonces el silencio dentro de la noche
y pronunciamos palabras desconocidas.
Palabras que nunca serán suficientemente expresadas.
Donde nosotros mismos 
nunca fuimos del todo nosotros mismos
ni quisimos, ni teníamos que serlo.
Las casas, las naves
flotan sobre estos caminos sin nombre.
Caminos que ocultan la dicha ya pasada
- como todos los caminos del mundo
y que algún día cruzaremos en silencio
pues un simple cabello es suficiente
para agitar el mar.
El mundo estaba en calma
pero en varios días el viento cambia de aire.
Tras el verano
inmediatamente después vuelve el verano:
vuelve y no vuelve.
Pasado el tiempo de la muerte 
vuelve la mesa a estar realmente puesta.
Pero en un principio no fue así.
En un principio brillaba el sol en nuestros ojos
La iglesia se recogía a la intemperie de lo inmensos años
y dejábamos los brazos colgando de la baranda para reír.
Cuando los huesos sean descarnados y los descarnados huesos desaparezcan
quién escuchará el corazón enterrado?
qué podríamos esperar?
En silencio estas rocas sonríen como entonces.
Los pies descalzos sobre estas tierras palidecen con las nubes
sólo que los muertos aún esperan tras los alerces
al amigo que se fue mar adentro.
Tú me decías: "algún día
las redes abandonadas en la playa
te recordaran el niño que fui"
Ese día es este día.
En silencio estas rocas sonríen como entonces.
El sonido de conchas aplastadas desgrana nuestros cuerpos
solos y vivos
y seguimos respirando, respirando
respirando
hasta encontrar las gastadas suelas de plata del otoño
donde se deslizan 
nuestras vidas anteriores.
Todos los días no son sino este día.
Nos hemos destrozado los unos a los otros
para dar el aroma a los árboles y a las olas.
El mar nos trae los restos de la ciudad en que naciste
donde alguien cree haberte visto
recogiendo redes y anzuelos
pero no nos importa.
No hemos esperado nada
ni un soplo
ni un anillo
ni una palabra -pues las palabras conservan
y prolongan dolores pasados.
Algún día nos hubiesen llamado por nuestros nombres.
Alguien se detendrá a vernos mientras jugamos
con esas flores pintadas a mano
que hay en todas las casas.
Pero ya nadie nos recuerda
y respiramos con calma
mientras vemos apagarse las mágicas versiones
de las islas, ya crucificadas.



El Viaje

Las flores que plantamos este día
Que crecieron y conocieron el peso de la Tierra
No las podemos llevar con nosotros
Quedarán acá, esperando una muerte desconocida.
Pero más allá del umbral de los muertos
Ellas volverán a levantar la copa de gloriosos frutos
Mas eterno bajo la destrozada sombra de estos pétalos brillará el futuro
Ante la exactitud de nuestros sonidos que se alejan.


Corona de Espinas

Para que quede solamente el cielo
tomemos agua, limpiemos nuestras manos
y despidámonos del mar y de la tierra
de las telas escogidas
de las indefensas ropas de los muertos
que quede de nosotros
sólo un reflejo inalcanzable.
II
No podría decirte nunca: esto fue un sueño
y esto fue mi vida
pero a veces lo fue. Hay quienes
han decidido abandonar la luz
la sombra, las horas en que los ríos desembocan
en otros ríos
para recoger callados las piedras inocentes
y lanzarlas al aire
al sosiego y al aire.


Noche blanca
  
Sólo la luz de su cuarto está encendida
La luz que para el tordo es su sombra
Los muros caen en Noviembre
Los suicidas caen desde los balcones
La luz de su cuarto
Es la luz de este pueblo
Un pueblo desnudo
Justo al medio de la ciudad
Ellos sueñan que no tienen sueño
Y despiertan a la hora de dormir
Yo duermo a través del silencio
Detenido entre mi espacio
Y la luz de su cuarto

El invierno rompe su promesa
Cumpliéndola.


Virgen de las angustias

Pisas un campo de luz
-          tu luz, nuestra única carretera
Buscas los límites de un mar
Con los días contados
Una pierna sobre la otra
En la arena estriada por el viento
La nieve aquí no se termina
Pero tú simulas no comprender
Sabes que estás vestida de sol
Y antes que ella descienda
Tú te elevas.



del libro Carta - Océano (2004, Ediciones Leviathan)

El Jardín Enterrado (fragmento)

Y seguimos a los que no tienen palabras que decir
Y recordamos de golpe el altar improvisado
Ardían dos velas delante de una virgen
Su luz se extendía desde el suelo
Hasta los bancos polvorientos
Delante de la imagen había flores y juguetes
Flores y juguetes
La distancia entre ambos es incierta
Hay rasguños en las piedras
Los rasguños entre ambos son inciertos
Aquí te detienes, nos detenemos
Entre claras elisiones
Y los despojos de un jardín enterrado
Donde la aspiración retrocede más allá de las vocales
Y la modulación del soplo
Se propaga en busca de un rumor más puro
De un aliento frío e increado
Como el viento del lago
Por el que atraviesa un río joven.


Amargos (fragmento)

Todas las cosas en el mar son el mar
Así como todas las cosas en el cielo son el cielo
Y hay hombres del norte y del sur
Que son el Norte y el Sur

El mundo estaba en calma
Y nosotros, que no escuchamos nada y a nadie
Escuchamos entonces el silencio dentro de la noche
Y pronunciamos palabras desconocidas
Palabras que nunca serán suficientemente expresadas
Donde nosotros mismos
Nunca fuimos del todo nosotros mismos
Ni quisimos, ni teníamos que serlo.



El Bosque Rojizo

I

Ni Arenas
Ni sedimentos
Encantarán el paso de los siglos que quedan por venir
Donde estuvo la calle polvorienta
Y embaldosada para ti
Con una piedra sin memoria

Y bien
Aquí están  nuestros huesos
Tus huesos

Nunca sabrán que fueron éstos tan ágiles
Como plumas en las playas

Hay en ellos la abertura del cielo a la oscuridad
Que silenciosamente arrebata tierra
Como a un cráter sin fondo

Pero siempre será domingo en la casa del mundo

Y podremos caminar
                               Fumar
                                          Y dormir

En toda esta alta suspensión

Y siempre hay este fragor de aguas torrenciales
Y a veces es mediodía
Y por las tuberías de las casas y de las naves
Subiendo desde las fosas oceánicas
Semejante a un hálito del otro mundo
Hay un perfume de abismo
Y de nada
Entre los mohos de la Tierra.


II

Así llegan nuestras palabras

Lentas como el meneo de la ola
Desplomada al escuchar el latido
Del bosque rojizo

No hemos esperado nada, es cierto
Ni un soplo
Ni un anillo
Ni una palabra, pues éstas han llegado con las olas
Como anclas
Como lámparas a mediodía

Tibias

Como una conspiración
Como una eternidad de buen tiempo.


III

Ahora haremos nuestra visita
Ahora nos amaremos
Atizo en las llamas
Las hojas secas y amarillas
Y hacemos una fiesta
Y nos contoneamos en bailes perdidos
Y canciones afinadas por el viento
Y descansamos
Y dejamos los cubiertos abandonados en el pasto
Y todas las cosas del mundo
Nos hablan con suavidad incandescente

Ausentes de todo lugar donde se festeje a un ausente
Preferimos el placer con que cada ola
Es separada de la siguiente

Pero los mares no se detendrán
Y el viento cambia finalmente
Como un humano sin ilusiones
Que aun desea ansiosamente
Desesperadamente

Callamos
Callamos
Callamos para no reconocer otras madrugadas
El árbol aun retiene todas sus gotas
Y el bosque disperso nos reúne
En su infinidad.






“BOSQUES HORIZONTALES” DE SANTIAGO BARCAZA


Por Jaime Huenún


¿Cómo y dónde ha de leerse hoy un libro de poesía? ¿Hemos de buscar un parque, un bar, un subterráneo, una cancha de fútbol para tamaña empresa íntima? ¿Irnos a la punta del cerro o a las orillas poco amenas de un replegado río urbano? Para algunos textos no importa la estridencia ambiental, la frenada, el garabato lanzado en el aire de la muchedumbre. Para otros, es indispensable el lado blanco del silencio, la luz del ocaso o del amanecer, el susurro vesperal de las materias. Tal ocurre con Bosques horizontales, un volumen en el que Santiago Barcaza despliega esa “continua exploración de la mirada” de la que hablaba el cineasta Theo Angelopoulos y que ha sido, hasta ahora, el sello de su poesía. Los trabajos de la vida y de la muerte, la respiración nocturna de la tierra, los paisajes que deliran con amantes y vagabundos, son aquí dibujados con una tinta de cuidado y ascético lirismo. Estampas objetivas, concentradas, pero a la vez permeadas por el énfasis emotivo de un yo nómade, transicional, que toma y deja en nublada expansión los resplandores y las miserias de la humana y voluble melancolía.

Como poeta de signo inusual para el Chile literario de hoy, donde más bien se testimonian las pérdidas, el desastre, los conflictos e ironías del lenguaje y de la historia, Barcaza construye una obra de temple veladamente místico, sostenida por una honesta y fundamental inocencia expresiva que lo liga al Huidobro de los Poemas Árticos, a algunos textos de Efraín Barquero y, de modo preferente, a ciertas zonas de los griegos Yorgos Seferis y Odisseas Elytis. Precisamente este último ofrece, respecto de su propia labor, una definición de la práctica poética que Barcaza probablemente ha suscrito alguna vez: “(…) la poesía es el arte de aproximarnos a lo que nos sobrepasa (…) aparece allí donde la racionalidad depone sus armas; y al internarse con ellas en la zona prohibida, demuestra que está fuera del alcance del deterioro. Ella preserva a través de una forma nítida los elementos vitales y permanentes que, a semejanza de las algas en la profundidad de los mares, no pueden distinguirse en la oscuridad de la conciencia”.

No vayamos, sin embargo, a creer que son estos los poemas de un crédulo paseante naif y extemporáneo, irritante y demodé. La resuelta actualidad de Bosques horizontales está dada por la restitución maestra del canto al tramado poético chileno el cual, como sabemos, de cuando en cuando se desteje con espasmos viperinos para expulsar de su dominio a todo aquel que se atreva a entonar la música de las esferas y las notas de la ritualidad. 

Sin orgullo ni vanagloria, Barcaza reinicia y retoma los cánticos en sordina de un sujeto en perpetua vigilia y diáspora, utilizando la voz y la escritura como balanzas invisibles que equilibran, en mitad de las catástrofes, lo tanático y lo erótico, la luz y la oscuridad, el viaje y el arraigo, la fe en el hombre y sus dioses seguida, muchas veces, de una rutinaria e inviolable decepción.


(Texto leído el 8 de abril de 2015 en la presentación de "Bosques horizontales", sala Ercilla de la Biblioteca Nacional).




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