domingo, 26 de agosto de 2012

7573.- GERALDINE PALAVECINO



Geraldine Palavecino (Salta, 1973) es Licenciada en Letras. Publicó Ritual de las sierpes al fuego (1991, Primer Premio para Autores Inéditos de la Provincia de Salta) y Bajo tu peso (2000). El libro Talismán de Saturno, próximo a publicarse, ganó el Primer Premio para Autores Éditos de la Provincia de Salta (2011).




La suicida

Con la crónica constancia de la muerte
con su promesa cierta y clara
insoslayable,
de nuevo hoy a amanecido
y los pájaros burlan mis esfuerzos.

Una pulsión, una corriente
me vuelve a perder
en la salobre claridad
del día mineral
que me brota
como el sol de los ciegos.

(Del libro Bajo tu peso)





A quien corresponda

Las insanas melodías del placer
las sombras gozosas de la literatura,
Orlando Furioso y su desgarrado devenir en que me veo.
Borges y todo el universo en sus poemas.
La vida de mi hija y su maravillosa explosión desde mi útero.
Las complejas y cómplices compañías de mis amigas,
dolidas en la muerte y en el perjudicial amor.
Las lealtades.
La fuerza natural y vigorosa de la inconsciencia,
primer don del superviviente.
Nada me ha sido vedado, digo.
Sólo tu amor,
fantasma de soledad itinerante,
bisagra del sueño consolador.
Tu amor
que necesito recrear cada noche
en la que te hago un cuerpo vertiginoso pero que en sus    límites me abarca,
que en su memoria me reconoce,
y en el instante en que hacemos el amor
(en que giro mi rostro del techo a la oscura noche)
y te traigo a mí
con la misma violenta insistencia con que te buscan
los espejos de la soledad.

(de Bajo tu peso, Salta, 2000)






La huida

Un relámpago revelador
que abre uno a uno los puntos de la sutura
y permite que escuchemos las alas del latido que aún no se extinguió.
Después de aquella noche geométrica de la enajenación
logré al fin reconocer la sustancia de la emboscada.

Un ejército de soldados de ágata me detuvo inclinada del otro lado de la frontera: trampa de los inconsistentes.

Todo atardecer debió ser más que oscuro
para quien nació entre las manos del ahorcado,
para quien sólo se nutre de lo que el Envenenador provee.

Una vez fuera del laberinto,
pude oler a la Bestia
en su desasosiego de fango furibundo.

Me mantengo incrustada en el círculo
entre palabras de cuñas agudas
para romper la red de inmóviles insectos.

Hecha de huesos anónimos,
La oculta luz
una vez más hará suceder el Nacimiento.





Final de inmersión

Se trata del triunfo
de haber desalentado a la jauría
de mantener el suspenso en los rincones.
Se trata de la distracción del ramo de la palma consistente en claveles prematuros.

Es posible que el porvenir gire
que se retuerza el espejo sin quebrarse
y la narrativa del presagio sea desobedecida.
Es salir,
junto a esa luz insoluble que se filtra
hacia el final del cadalso.





Terremoto de 1692

Emigrar de planicies al crepúsculo
hacia abismos de montañas en manadas.
Este es el lugar de la Promesa
no la tierra deslumbrante para la semilla
sino la del germen de terremotos y de sismos.
Destrucción en condena,
revés de pesadilla
para la calma del ángel ensangrentado.
Es posible que en las leyes de la Bestia,
coordenadas hechas de tentáculos y hocicos
aguardaron sigilosas
para cifrar la furia de brazos coléricos.

Se necesita sólo de la invocación.
La clave de la codicia.
y del gramaje exacto del oro
para arrancar a dios su máscara.





Comienzo de caída

Si es el canto enjaulado del pájaro
O la memoria capturada en la hierba
¿cómo reconocer el momento en el que penetramos la sombra?

Somos la lámpara a vela,
la guirnalda que pende sola en la noche estival
bajo el viento de sonidos y colores,
un cascote en la boca entreabierta de la tierra
o la amputación al ras de la enamorada del muro.

De repente quedamos solos.

Y es posible conocer el aliento del búho que anticipa el descenso,
y ver el espanto de la entraña cuando se deshace del Nombre.





Satansstern

Estrella de la mañana
Cinco puntas alumbran la sombra de la aguja.
Estrella de la mañana
Rojo fuego frontal
en la iridiscencia.
Mercurio persistente,
Brasa o fuego de los días.
Blanca, alba y omega
Hacia el final de nácar
La claridad será helada.
Azul en la sábana que pliega
Orografías precisas;
Azul fluvial, luz aguacera.
Estrella de luceros
Un día no te veré más en el cristal
De la ventana.
Cirio prescindente.
Salmo natural.



Talismán de Saturno

Cuando suceda la transformación del perfume
Y la mosca sea la centinela en la morada de la araña,
Me replegaré como la pluma de la almohada por las horas en que rueden 
las piedras por mi casa.

En la biblioteca de tinieblas
Hay un inventario de mares que conozco
Y escrita sobre la escarcha
He visto la fórmula del rayo.

Si la jaula fuera de lapislázuli
Para la bala o el insecto que me interrogue,
Yo podré decirle que para amedrentarme
Ha sido hecho el insomnio.

Sin un talismán la intemperie
Es papel en blanco
Y toda ranura está clausurada.





El agua para Ofelia

En ese cuadro que la persiana oculta
Es agua para tu bien que discurre mediadora
Bajo las flores y cintas de melena colorada.

No modificas siquiera el volumen
Con tu nadar encerrado
Ni hay movimiento leve, circular de ondas en la superficie.

Bajo tus manos el agua es maternal
Pero hacia tu nuca, una sombra abisal es la habitación del Dragón.

Entre arena y caracoles,
El frío disolvente es líquido de Dinamarca,
Río Avon en el mapa.

Detrás de la persiana hay una muchacha ahogada.
Navegación sepulcral de enamorada

Nado de la demente célibe
Por la pared nocturna.






Visión del accidente

En el año 1986 corrió un auto atemporal y largo
Por esta calle que baja atravesando un río.
Un ebrio sin rostro está siempre al volante.
Un ebrio baja corriendo calle abajo con su auto como en punto muerto,
Río abajo sobre el cuerpo de una niña, que es una muñeca de cabellos oscuros
Siempre detenida ahí para ser embestida.
Es la ciudad de La Falda,
Es verano y todos descansan.
Nadie más que yo contempla lo que sucede.
Ella es una niña que deambula en las siestas.
Yo soy una niña que deambula en las siestas.
Vuelvo a mirar su cuerpo arrastrado, yo en un lugar seguro,
Del otro lado del río o veinte años después.
Ahí está la niña bajo el auto, el ebrio se despierta del sopor a la tragedia.
La gente se acerca, hay gritos.
Nadie le dice nada a él, ni le hacen nada.
Buscan a la niña bajo el auto, bajo las aguas.
Levantan el auto entre varios hombres. Ahí está. Una niña larga que sobre de los brazos de su madre.
Se desparrama como el agua.
Yo sigo en la vereda del frente. Cuando entro al hotel le cuento a mi madre lo que vi, sin mayores muestras de interés. Ella se asusta,
Sabe que una vereda o la otra es casi lo mismo.
Vuelvo veinte años después,
Y están las niñas viéndose una a la otra.
Se reconocen, entonces
Aparece el auto al principio de la calle
Y cada una se ubica de nuevo en su lugar.





Tres gorriones o Robert Franklin Stroud

Niño de tu madre
Sólo un incipiente asesino creció en vos,
Te detuvieron tus pájaros sangrantes
Y esa mujer a quien tu madre llamó traición.
Entre laberintos de leyes en Alcatraz
Determinaste que tu celda sería el sitio
Y el cautiverio compartido de tus
Gorriones, la causa.
Esa celda es más abierta que su útero,
Porque aun cubierta de estiércol,
Te devolvió un espejo más piadoso.
Sos el pajarero de Alcatraz,
En la película que no te permitieron ver.
Sos Burt Lancaster sin tu próspero caos
Sin tu capacidad de revolver sin que intervenga la mano.






Habitación 107

En el hueco oscuro de la náusea
Redondo está el miedo.
Sueñas chiquita en tu cuerpo con la nieve
Un lugar en Rusia, dices con la voz pálida
Mientras por la guía delgada penetran las estepas.
Como  comprender o asimilar como las horas
La línea o el círculo, toda la revolución copernicana.
Entra por la guía la  única certeza inalterable:
La habitación 107 debe cerrarse.
Tal vez pensaste que la nieve podía
Preservar el último recorrido de tus ojos,
No el de hoy ni el de ayer;
El recorrido feliz de los ojos verdes.
Bajo el jazmín de arroz te sentarás otro día
A mirar la tarde conocida.
Hoy sueñas con la nieve,
Como en una esfera de cristal te imagino
Una niña abrigada nos saluda,
Una niña que moja su cara en una nieve ilusoria.
He pensado en tu nieve cómo es,
Dónde la habrás visto quién te la habrá mostrado.
Cuando el goteo se detenga,
Cuando cierren tu carpeta de enferma
Cuando se clausure la espera
Entonces entrarás para siempre en tu sueño.
Que duermas mientras las instituciones,
Las obra social, los protocolos médicos
Inician la desaparición lenta de tu nombre
De su lista cruel de condenados.
¡Fuera de la habitación 107, te quiero fuera!
Maldigo la habitación 107,
Que nada prolongue tu temor ni alargue tu agonía.
No habrá retrasos en tomar tu única revancha:
Has decidido el lugar de la nieve.
No habrá más máquinas que cuenten los segundos que te quitan.
Ni esperanzas ni sentencias.
Como el dolor, ahora el blanco.
Suma blancura de las cosas, nix nivis.
Agua que cae, que se precipita en copos en cristales.

Del marfil, del otro lado del marfil tal vez nos recuerdes.






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