martes, 14 de agosto de 2012

VERÓNICA JIMÉNEZ [7.410]


Verónica Jiménez 

(Santiago, CHILE 1964). Poeta y periodista. Ha publicado los libros Islas flotantes (1999) y Palabras hexagonales (2002). Actualmente se desarrolla como editora en Norma.

Participó en la octava sesión de Antología en Movimiento 2010, junto a Daniel Rojas, Carlos Tromben y Morales Monterríos, con quienes dialogó acerca de la relación entre el arte y la industria y cómo ésta influye en sus escrituras.


Desembarco de las horas

UN niño es un huésped del mediodía
y en sus ojos guarda miradas
para mañana, para cuando
se haya destilado
esta gota de tiempo,
de tiempo que no espera.

Alguien piensa en esto
y garabatea una palabras
al respecto: que es más
veloz su lengua
que la canción que canta,
que sus juegos
van más rápido
que su tren eléctrico.

Pero el niño sólo aguarda
la llegada del verano
y de otros niños
con quienes zambullirse
en las aguas estivales del tiempo.




Desembarco de días que se suman a otros días,
el navío extiende sus velas
y tú sostienes el aire con pilares de tiempo.

El navío sin provisiones ancla en tus manos:
ayer es otro día, ayer es menos,
una curva zigzagueante de idas y venidas
entre tu cuerpo y las abstracciones,
más lejos aún de la tersa enredadera
del pensamiento que
con paso de equilibrista
logra exacerbar un momento
y detenerlo,
como se atrapa el viento que discurre
cargado de frases sonoras.

Conserva hoy lo que dijiste ayer,
-apártanos de las omisiones, tiempo bendito y
el día será un suave desborde
de buques que perduran en los escaparates
del sueño, y en la vigilia migran
hacia días venideros, con la paciente actitud
de un paisaje marino o una sombra.

No hemos hecho otra cosa que comparecer
ante el instante universal que se replica:
a cada momento que huye le sigue otro momento
a cada nombre que digo le aparecen nombres nuevos.
Aplacas el fuego, duplicas el aire
como una llamarada incesante.
Escribo palabras que permanecen intactas,
son insectos que suben
la sinuosa escalera del mañana.

La enemistad no nos impidió amar.
El paso del tiempo no nos impedirá amar.



LAS CARTAS DE DIOS I

I

Comprender de pronto
El lugar más propicio de la flor
La conmemoración exacta del pétalo
Que se desgaja, cae y se desvanece
En un sueño ya sin sobresaltos.

La inanición del esqueleto
El crecimiento tenaz de las uñas
Sin más propósito
Que rasguños imaginarios en la madera.

La flor pierde las mieles que la humectan
La carne se repliega hacia el vientre de la nada.


II

Las visiones de la luz
Sobre las solitarias estepas de la piel.

Bajo el mantillo
Los ritos funerarios del amor
Abren las hojas.

Quien te amó te niega con sus mieles
Y yace en un tiempo distinto
Húmedo de ti.

Una estrella moja a la otra
Como antes al cuerpo rígido

Aguas de dolor, tallo
Desgajado.


III

Para qué tanta luz
Para qué si el cuerpo no cabe en el cuerpo
Y en el desborde trabajan tempranamente
Los metales de la oxidación.

La carne establece sus propias rutas para el extravío:
Intentamos entrar en otro cuerpo
Pero no cabemos en una misma mano
Y no cabemos exactamente en un mismo pie.

Hacia el cuerpo retornamos y tropezamos.
El exceso rompe las alas de la desnudez.


IV

Quién eres tú realmente
Quién soy yo, si no sé decir
En qué cuerpo he buscado
Las cartas ilegibles con que agrede la luz
Hasta dejarnos ciegos de palabras.

Tu boca que decía leer adónde irá
Después de retirarse de mi mano
Mi mano escrita en qué vacío habrá de diluirse
Si no posee la virtud del agua.

Quién eres tú realmente
Si entre ambos medias tú, pero distinto
Y las cartas que descifras se oscurecen
Y desprecian la forma de los cuerpos.

Entonces, quién soy yo
En qué me he convertido
En la sombra que ensaya su presencia ante la luz
No en la luz.


V

Cómo amé esas rodillas
Los metales oxidados de la sangre
Los finos huesos que sustentaban el cuerpo
Ese cuerpo
Que rondará aún en busca de aguas interiores
De corrientes internas que erradiquen el error.

El error de las manos que no caben en sí
Y se buscan por los pies, por las costillas
Y en el desborde caen al piso
Se convierten en líquido esas manos:
Alimento equívoco sobre una piel voraz
Que yo amaría ahora rechazar intactas.



LAS CARTAS DE DIOS II

I

Y era el llanto de las procesiones de la infancia
Lo que daba sentido a las rodillas
Eran las manos buscándose debajo de las sábanas
La bolsa para cazar mariposas lo que les daba sentido.
El viento en la ventana anunciaba la presencia del mundo
La oscuridad de los pasillos nos rompía los ojos cuando niños
El diablo tal vez escurriéndose por debajo de las puertas
Su fetidez alcanzaba a los perros en el patio y los enloquecía
El puño se persignaba entonces sobre la boca. Todo así era sentido.
Dedos y labios al encuentro, mano de la mano
Carne de la carne que crecería una y mil veces desvestida
Dentro de una fina corteza intacta de los cuerpos infantiles.


II

Despierto soñando con el fruto maduro del almendro
Las cáscaras estallan cuando se hincha la semilla
Y en reguero se esparcen sobre el suelo húmedo del patio.
Los niños miran todo desde el otro lado de la reja
Sus ojos son ratas inquietas, las veo asombrarse, correr
Hacia el fondo oscuro de los lunares de mi blusa
Hacia el ruedo de la falda que gira y se convierte en un plato.
Despierto soñando con el fruto maduro del almendro.
Todo me alcanza, el vestido es esta piel y mis manos
Buscan a tientas brazos o piernas en la oscuridad.
Mi hermana duerme
Dice cosas sin sentido y se abraza a mí.


III

Enciendes la leña, como quien se hunde en un sueño
Y entre las llamas puede ver
Azorados campos en los que el trigo estalla
Y frente a la madera que arde vuelve a sentir
Bocanadas de viento tibio empujando los cuerpos al verano.

Cuando el muchacho cabalga bajo el sol
Sobre las llanuras corre también el hombre
Que como quien se hunde en un sueño
Permanece ajeno al desorden de la ciudad
Y mira sin hablar
A los que serían sus pequeños campesinos
Y a quienes para siempre sobraría calor.

Enciendes la leña y en el fuego escancia
El mutismo de un rostro
Que extrae para sus hijos
Las brasas originales del silencio.


IV

No me devuelvas cuando me lleves contigo
Y entre flores de naranjos caminemos hacia el río bautismal.
No me entretengas en la risa de los muchachos
En sus pechos lisos que no saben amamantar
En sus dedos que nunca aprendieron a ensortijar cabellos
De criaturas cuyas cabezas se rinden al agua entre sollozos.

Pero no.

Déjame estar entre las maldiciones
Tejiendo desde ahora un traje inacabable
Para el que vendrá al hueco compasivo de mis manos.
No permitas que prediga el futuro
En los hilos que se encadenan y crecen
Hasta formar mantas teñidas de tierra seca.
Una pequeña piedra arrojada contra el viento soy.
Déjame caer. Hazme liviana.



LA DERROTA DEL MAR

Nosotros que tuvimos que pasar
por tantos puertos llenos de agitación
pernoctando en pequeña lanchas
azotados por la lluvia y por la olas
y que fuimos a un tiempo
alegres ebrios a bordo de cargueros sin destino
y silenciosos marineros abandonados en la bahía
nosotros que algún día soñamos en lechos
extensos como las velas de los barcos
y construimos un hogar sobre el viaje de las aguas
bendecidos por la música del mar en la noche
anclamos ahora en esta oscura rada
como náufragos arrojados a su mala suerte
vomitando espuma, con los pies enterrados en la arena
y la piel herida por la sal.

A Kurt Folch




LOS NÁUFRAGOS

Miro el mar desde la ventana
en un día de lluvia

el agua se junta con el agua

luego mis ojos miran desde el centro de la tempestad
una ventana iluminada en la playa
y las olas me arrastran hacia altamar

sólo la boya persiste


II

Tu mano reaparece en la superficie
dos, tres veces, despidiéndose.

Siempre bromeas así, haciéndome llorar.

Volverás a salir cuando te canses
de dormir entre las algas
en el fondo misterioso y negro
de donde salen los viejos remeros
para llevarnos a la playa
a la isla de los náufragos.



EL VINO DE LOS ABSUELTOS

Un chasquido de lenguas atraviesa el cuerpo del huracán
unos compases muerden los muslos de las piedras.

Cofre eras, bolsa de monedas de escaso valor
boca en que se quemaban las hojas secas
que de tanto en tanto emitían alguna señal.

Cofre soy, 
y con saliva opaca voy besando los cristales.

Es un rumor el sitio al que se debe marchar.
O es el fondo del espejo de todos los espejos,
el agua, que nos llama con inconfundible temblor.



POSTAL DE PUERTO

El filósofo González Pérez, estibador del sitio número tres, examina con avidez imperceptible los movimientos sensuales de la mar. Cada gota de blanca espuma ha de brotar un gramo de ese gran secreto inmensurable. El rugir de los motores de las barcazas no le impide pensar en todos aquéllos que tierra eran y en tierra nunca se convertirán, porque corrieron un destino innombrable de la mano de rubias diosas, mitad peces, mitad mujeres comunes y corrientes.



ISLAS DEL SUR

En una cabaña, orilla de los rápidos del Baker, el hombre dejó su inútil caña de pescar y se sentó
al abrigo del fuego, mientras la muchacha iba por el vino. 

Oye, tú, Pablo, o como te llames, dime de quién es el espíritu que hace saltar la botella de mis 
manos para quebrarla contra la pared, inaugurando quién sabe qué cosa.

La luna, una esfera de plata sumergida en el agua, no oye la súplica del hombre que la mira
desde el umbral, porque debe luchar contra la corriente del río para no dejarse ir.



LA COSECHA TE SERÁ PROPICIA

Bien por ti 
porque no lo ignoras y puedes decir:
la lluvia es sólo lluvia
vi los cuchillos caer y no fui herido.

Y los sellos cedieron a los gestos
abiertas las exclusas
alguien pretendió que fueras feliz.

Ahora muerde también el pulso ligero de la noche
ojo que blanquea los contornos negros
de toda desnudez, dale reposo.



LEYENDA DE LAS IMÁGENES

Piensa, piensa, piensa
escupe, cerebro, la pócima clara del aserto
date a entender.

Empieza setenta veces siete, nuevamente:
los muertos-náufragos agarrados a su tabla monótona 
los individuos vestidos de materia oleaginosa, ojos que no ven
en procesión inacabable -alejarse y regresar- 
sólo las cosas me llaman, de ellas soy.

A Germán Carrasco



ÉL ES UN CONSTRUCTOR DE BARCOS

Lo veo andar entre las maderas
atento a la prédica viejísima de los mares.
Marca con un lápiz, clava, cepilla
y cuando termina su trabajo
emocionado por el olor fresco de la brea 
cierra los ojos y bautiza

a las pequeñas barcas que se llaman
Susana, Santa Elvira, María Ester
o cualquier otra capitana de sirenas.



HUELLAS EN EL PARAÍSO

Cuando le hicieron el retrato, esbozó una dulce mueca para desagraviar a sus antepasados. No te envilezcas ofreciendo un gesto fiero a los que hablan -se dijo-, que todo lo que digan es anzuelo para arrastrarte o plomo que abra tu pecho. Y se quedó extática, tratando de recuperar, al menos, la silueta solemne del Rehue incrustado en el cielo gris. 

Afuera, los cantos, los pasos lentos de los que procesionan bajo la lluvia del Viernes Santo; el apuro de los que empujan para llegar antes a las hostias atravesadas por los clavos del madero.

de Islas flotantes






Provisiones de la infancia 
Una lectura de La aridez y las piedras, de Verónica Jiménez

Por Soledad Fariña

Provisiones de la infancia los rituales practicados por los mayores.
Provisiones también las mareas interiores hacia las cuales eran atraídas las cosas del mundo, como prendas olvidadas en la playa. Buscaba entonces las  palabras. Me habían dado un habla breve, pero habían dejado abierta las puertas hacia aquel lugar en donde crecían las hierbas de un vasto lenguaje.


Quise empezar mi reflexión sobre La aridez y las piedras usando palabras del poema final de este excelente, sutil y bello libro con que nos sorprende esta vez Verónica Jiménez. Pero quizá habría que detenerse en el título. En un primer momento La aridez y las piedras me llevan al desierto pedregoso, a la piedra que llora en el poema de Gonzalo Rojas, a la piedra lanzada, de Andrés Urzúa. Sin embargo, esta piedra no es materia o mineral encontrado, es una piedra esculpida, una lápida tallada por el iniciador de una estirpe cuyo oficio nos remite al culto cristiano que acompaña a la muerte. Un abuelo abre heridas a la piedra: la primera talla el nombre del difunto, la segunda, pequeños símbolos para mitigar el dolor de la pérdida: espinas, aureolas, párpados suplicantes, que pueden remitir también al martirio, ineludible en el culto cristiano.

El libro se abre con una interpelación al abuelo, poseedor de un arte humilde e iniciador de una estirpe que piensa o siente a la muerte como algo que simplemente acontece. Y desde allí, tan sutilmente como si escuchara una campana de nieve, la hablante recordará a la muerte, los muertos, la oscuridad. No le teme a la muerte, sí presiente la incomodidad de las cosas cuando son palpadas en la oscuridad. La muerte es un horizonte, piensa mientras cobija en sus pensamientos a los seres que deambulan buscando un lenguaje en la oscuridad. Un niño muerto, un niño frágil, se sienta a sus pies, ella lo interpela:


“Tú, que flotas quedamente 
entre  el vidrio de la ventana 
y el visillo 
que estás esparcido en el aire
como el polen  en el jardín  
que reposas en las motas de polvo  
sobre el piso de este cuarto  

(…) 

tú, que por vocación o negligencia nunca respondes  
escúchame"



Otro sonido sutil de la campana nos lleva a los restos de alguien amado, cuando al abrir la urna vuelven al aire las partes de su cuerpo y vestimentas que ya eran cenizas.

“Te acostarás sobre la tierra sencilla  ¿quién dijo que te pertenecía?”, dice  Yves Bonnefois.  Y si la tierra no es tuya ¿dónde encontrarás sepultura?, se pregunta esta voz que aquí será la errante en una Tierra Ajena. “No es el aire la casa de tu sepultura” parece responderse.  Y, como única certeza,  alguien (ella misma) ordena oraciones:

“Di esta oración, adónde iremos si la luz es una cinta delgada…”.

Pero tampoco el agua es la casa de su sepultura. Ni el fuego. Entonces, su elección: "entrar en el blanco pozo de los deseos / combatir la oscuridad dentro de mí".   La errante carga la muerte en sus brazos y se echa a andar, en su corazón suenan las voces de rostros olvidados.

Una profesora evangélica, versículos pintados en forma de pájaros, la Biblia en esos simples dibujitos y una súplica al Señor de las Iglesias Protestantes: “guárdala de los cauces empobrecidos del destierro y, en su hora, no rechaces sus votos, su porfía, sus esmeros…”

Un padre que agoniza: “un viejo buitre blanco que picotea el aire”.

El joven Hamlet: “descansa, descansa, espíritu perturbado”, le rogaba (Hamlet) al espíritu de su progenitor.  / Nosotros no somos nobles, -piensa la errante- (…) / Pero se nos pide ser hospitalarios con la sangre, / extenderle un sudario a quien nos hirió de muerte / y no irnos sin antes haber dicho esas palabras /  que marchan en la dirección contraria al viento / Descansa en paz. / Quédate así,  /quédate muerto. / La herencia es pesada como la luna de Elsinor: / escritura y ceniza que no descansan / y no consiguen estarse quietas”.

No elude, la errante, la carga inmensa de la herencia y la compara con la escritura. Y luego nos introduce a lo que llama Reino del frío. ¿Frío por la traición? ¿Frío por los nombres? ¿Por los mártires?

“El beso”, maravilloso poema que exprime en un manojo de palabras la historia de un amor, de un sacrificio por el amado, de una confianza en el maestro, ¿filein?, ¿katafilein?; el beso descrito en el Nuevo Testamento y desmenuzado en la escritura, pintura, escultura y cine, por Kazantzakis, A. Burgesse, Scorsesse, Borges, y tantos y tantos más. La pregunta ¿A quién se traiciona al traicionar? Solo se traiciona lo que amamos. Pero en este poema, Judas, luego del beso “…dio un paso atrás y con expresión de orgullo / esperó a que el Mesías fulminara a la soldadesca…”

Sabemos que no sucedió así, y en el  poema siguiente, “Palabras redobladas”,  el tormento es narrado por la víctima:

“Sepan, mis queridos hijos,  que los soldados que me prendieron fueron cien; me dieron en el rostro ciento seis bofetadas; me levantaron del suelo por los cabellos veintitrés veces…”

La divinidad, su cuerpo flagelado, y el demonio rigiendo los actos de los torturadores.

Continúa el martirologio con el descuartizamiento de un cuerpo, no en vida sino luego de la muerte:  Una mano en Ávila, el cuerpo en Tormes, el meñique a los turcos, el pie derecho a Roma, la mano izquierda a Lisboa… son aquí las Moradas de Santa Teresa de Ávila. Los miembros, los despojos, repartidos en aras de la veneración de las reliquias.

Los martirios, los nombres, los tormentos sufridos por los santos de quienes llevamos nombres: Andrés, Marcelo, Luis, Virginia y la nota aclaratoria:

“Hay que sorber las aguas espesas de la Historia / que nunca tuvo puntos altos ni detenciones / (mira cuántos muertos); / no esquivar los golpes, no acobardar / ante el peso de las palabras y las preguntas, / el fuego y el hierro de nuestras vidas: / ¿Y si me sucediera un día? / ¿y si ese día fuera hoy?”

Los nombres femeninos y su carga:

Úrsula de rodillas,  pero en lugar de describir la muerte de la doncella asaetada por un jinete, el poema dice: “Si oyeras aletear al murciélago / cuyos ojos tienen la forma de una herradura…”

Mónica susurra; no es la vida de la madre-viuda de Hipona lo que relata el poema; éste dice: “Hay lluvia / en el grito de la madre / cuando toma un poco de agua de la vertiente / en un pequeño frasco / y pide: no te seques”

Bárbara doncella; no está descrita la crueldad del padre, ni el rayo que lo fulminó dando origen al nombre de Santa Bárbara en los polvorines; el poema dice en cambio:  “Porque así vino el daño / y no puede excusar lo hermoso / su encantamiento / cuando no hay / peor hechicería / que la provocada por la sangre”.

Ciborea le habla de su hijo:

“Me supo a cal, sentí el desierto arder sobre mis párpados. / Y vi a mi hijo, el niño perro de pelaje moteado / al que lanzan piedras y maldicen / en todas las lenguas conocidas del mundo”.

Ciborea, es la madre de Judas.

Aceldama, nombra  un terreno comprado con las 30 monedas de Judas. En este bello poema, Judas dice a su madre:

“En arenales / en campos sembrados de ortiga / en el desierto hollado de minerales, / en cuanta riqueza, que con su paciencia / diurna se desangra / oh, madre, de sagrada medicina, / bajo las capas geológicas del dolor / en todos los pozos del mundo / late mi corazón enterrado”

Finalmente, el nombre de la errante (¿de la autora?):

“No dudé en ofrecerte mi vestido / para que limpiaras las llagas de tu rostro” (…) “Nunca más volví a esos lugares / pero conservé el momento en que me miraste / y me sentí cumplida. (…) Lo cierto es que ahora ni siquiera recuerdo / mi nombre / dicen que es Verónica”.

“Provisiones de la infancia los rituales practicados por los mayores”. Provisiones de lenguaje, de palabras en un momento de búsqueda.

El poema habla de la poesía, a ella (a la poesía)  “le gusta, sobre todo, entrar en las habitaciones oscuras de los niños”

(…) “Buscaba las palabras. Antes, ciertos hombres y mujeres habían dejado tendidos algunos puentes, eran puentes colgantes, construidos con madera y con sogas, materiales leves que, sin embargo resistían el agua y la ventisca. Se cimbraban con las tempestades, pero sus nudos no se desataban. Nunca caían. / Un día puse un pie en uno de esos puentes.”

Y así se cierra el círculo iniciado con la invocación al fundador de la estirpe, cuyo país amado era la muerte. Las provisiones de la infancia vienen, al parecer, de la estirpe, de la escucha, de la errancia y de palabras tendidas como puentes.


Diciembre 2016







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