martes, 14 de agosto de 2012

7398.- BEATRIZ MINICHILLO



Beatriz Minichillo

Beatriz Minichillo nació en Buenos Aires. Es colaboradora del  Foro y de la revista literaria  electrónica AERA y de diversas publicaciones en  internet, entre ellas “El Mangrullo” revista especializada en literatura infantil y juvenil, y revista digital “Literarte” con poemas y cuentos breves. Colaboró asimismo en  las revistas “Coartadas” y “Abanico” (esta última digital) de la Biblioteca Nacional y en las Antologías “Poesía, cuentos y vos” 2012 y 2013 de Ediciones Pasión de Escritores, de Lomas de Zamora.

Obra publicada: “Tiempo de dos” (poemario, 1968), “Puntos suspensivos” (poemario, 2007 y “Sobre un papel ausente” (poemario, 2012)


Puntos supensivos



Flores de invierno 

No son virtuosas
las flores de invierno.
Se esconden en los jardines
como malas mujeres,
acechando.
Se asocian
como una secta
detrás de alguna vidriera.
No perfuman como las otras,
sus hermanas de octubre,
que se expanden
sin verguenza.
Odian a la rosa
que a pesar de ellas
regurgita su perfume importado
sin estaciones que atender.
Son humildes y breves,
amarillas y violetas
sin nada que destacar
pero allí están
desafiantes
ante lo exiguo del sol
que no las favorece
y su temple
de frío, lluvia
y escasa luz
brilla
como un diamante
en la tierra.
Las flores de invierno
no invaden,
permanecen allí
estoicas,
como guerreros
siempre dispuestos.
Saben que son
solo para algunos.
Para esos
que conocen el nombre
de los pájaros,
el misterio
de lo desconocido.
Los que saben vivir
cada día
como un acontecimiento
inaudito,
los que pueden llorar,
los que con solo mirarlas
las acarician,
les inyectan vida.
Esos que pasan
entre su amatillo
y su violeta
y las saludan
con su gesto mudo.
Por eso
las flores de invierno
escasas y selectas
son para los elegidos.
  






Los amores de Bill Gates   

Son efímeros
los amores del e-mail.

Se escriben
a salto de página
en fuente times new roman
y, convengamos,
no es lo mismo
que una cursiva manuscrita.

Tampoco es igual
una lágrima negra
de tinta de impresión
que una borroneada
sobre papel celeste.

Los amores electrónicos
son tan rápidos
que ni siquiera admiten
el arrepentimiento,
aunque Bill Gates nos envíe
una señal
por la autopista informática.

A pesar de todo,
el amor electrónico es bueno
porque es aséptico,
no contamina al planeta
y se diluye en ondas
no del Danubio
sino cibernéticas.

Pero cuando
las precauciones fallan
el antivirus
no puede interceptar
un café compartido
humo a humo,
cara a cara.

Y lo que sigue es inevitable:
el viejo exorcismo
que borra la memoria,
arrasa con el sistema operativo
y nos deja de pronto
prreguntándonos
que había antes del D.O.S,
de la máquina eléctrica,
de la Underwood manual,
del papiro,
de nosotros,
de Adán y Eva.









Una vez fui

Una vez fui
la legendaria
que buscaba el grito,
la indolente
caminando descalza
por un bosque de pinos,
la que apresaba el viento
y lo dejaba huir
como a un pájaro asustado.
Tuve los bríos
de una noche acechante
y las manos rugosas
del tiempo
que no pude atrapar.
Me convertí en ángel
o tal vez demonio
y me lancé a recorrer
espacios inconexos
y le di de comer
a una paloma aterida
que se voló para siempre.
Supe rezar
implorando
no sé cuales deseos
y navegue aguas turbias
para salir inmaculada.
Fui aquella
que me miraba
desde una inmensidad
ajena
con los ojos bien abiertos
sin ver lo que los otros vieron
y barrilete sin cordel
en la luz indecisa
de la lámpara
que nunca se apaga.
Jugué a reir
contra la monotonía
de los demás,
canté
sin emitir una sola nota
y lloré sin lágrimas.
Y ahora estoy aquí
en esta hora, este momento
y no tengo raíces,
ni pies ni manos,
ningún sostén.
Solo lo que me rodea
como un río transparente
y en el centro yo,
hoja a la deriva,
semilla que algún día
germinará en otra tierra.





Van Gogh

Estoy encinta de esta noche
donde se construye el mundo
a pesar de la criatura que soy
y que clama
por algo ininteligible.
Sin embargo insisto,
me rebelo,
me abanico el miedo
y expulso mariposas negras
y rosas con olor a sangre.
Busco el girasol
allá,
en la pradera infinita
y encuentro
la oreja perdida de Van Gogh
y hasta un cuervo
flotando en su cielo,
negro cielo, negro cuervo.
Pero no me arrebatan,
no pueden,
vence el amarillo, la luz
y Vincent me mira,
me guiña un ojo
malherido
y se escapa del poema







No es el momento

No es el momento
de estremecer la luz
entre las manos.
Aún no, aún no.
Hay todavía
descubrimientos,
una boca
abierta al beso,
una palabra
sin pronunciar,
un quejido aleteando.
No es el momento.
Todavía no.

Aún me crecen  caricias
entre los dedos
y silencios
para compartir.
No, no es el momento
de decir basta
ahora que una fuente

se derrama sobre mí

como agua bendita.
No es el momento
porque estoy latiendo
y me elevo
triangular,
decidida.
Todavía no.
No estoy pronta.
Pero no sé,
quién puede saberlo
donde está la fecha,
el crepúsculo,
la llama inicial
y voraz
con que crepito.
Y estoy aquí
con la mirada abierta,
la voz firme
la paciencia infinita,
el cuerpo vivo,
enredadera
que me circunda
y me aprieta
con su flor amarilla,
esa única flor amarilla
que deslumbra
en la inmensidad
de mi país interior.








Sombra de una rosa

¿Quién designó
por su nombre
a la rosa?
¿Quién la nombró
por primera vez?
¿Cuándo nació?
¿de qué milagro?
¿qué intemperancia?
¿Cómo se abrió un día
lozana
a las carencias del tiempo?
¿Quién la introdujo?
¿Cómo surgió airosa
y prepotente?
¿Fue culpable de ser
lo que es?
¿Y qué reino vegetal
la veneró
y la convirtió en princesa?
¿Tuvo noción
de qué es ser una rosa?
¿Alguien podrá saberlo
alguna vez?
Mientras tanto
estira su tallo,
abre sus espinas
y se mercantiliza.
No es común,
ella lo sabe
y siente un dolor oculto
de sangre compartida,
recuesta su cansancio
de diosa perecedera
sobre el marfil de un jarrón,
sobre el encierro
de un jardín invernal
y se siente infeliz
de no ser una más,
de que todo se espere de ella
y purga su pecado,
su propio pecado de rosa,
reina sin reino,
condenada a lo efímero
hasta que se marchita,
abandona su perfume
y cae,
ella también criatura
de un universo
que apenas hace lo posible
por contenerla
pero que finalmente
la abandona,
la transforma en sombra,
la sombra de una rosa
que nunca se acaba.






Cenizas

Ella conoce, ahora
los pasos de la ausencia.
Camina por estrechos corredores
y busca, busca,
pero no encuentra.
Ella sabe, ahora
que no hay retorno.
De ese viaje no se vuelve.
Pero no comprende,
no puede.
Mira
pero sus ojos no ven,
reza
pero su voz no es escuchada.
Sólo le queda el instante,
el azoramiento,
la temida calma,
la del no regreso
y se aferra, aunque sea
a la desesperanza
pero no le basta.
Hasta eso le es negado
y no entiende,
no puede entender
el silencio del la muerte.
Espera por una vibración
y no sucede.
Solo se alimenta
de la última sonrisa,
el último sonido de la voz,
la última imagen congelada
y no le basta.
Va por más
y no encuentra.
Ni ella se encuentra.
Todo es sombra,
cenizas
que ya no han de arder.





Raíz

Estoy apoyada en la raíz de tu vida,
repto como un caracol hacia su origen.
Mis pasos no encuentran resonancia,
sólo un leve aleteo en la memoria
de pájaros huyentes.
Me refugio en el gesto, la palabra clave
y no es suficiente.
No es válido el dolor
mecido entre los brazos vacíos,
la desnudez de la verdad
como una sin razón apetecible
que me rodea
como una forma turgente
de la distancia.
Y no puedo, no puedo
con esta desolación
que me carcome, terminal
y me empuja
hacia una señal indescifrable
ante tu carencia inaudita
recién inaugurada
donde todo es silencio,
silencio entrecortado
y solo se escucha
el aterrado sonido de mi voz

llamándote, llamándote.


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