sábado, 21 de julio de 2012

ALEJANDRO CORTÉS GONZÁLEZ [7.298]



Alejandro Cortés González

Nació en Bogotá. Ha publicado los libros Notas de inframundo (Novela, 2010), Pero la sangre sigue fría (Poesía, 2012) y Sustancias que nos sobreviven (Poesía, 2015).

Ganador del Premio Nacional de Literatura de la Universidad Central en las categorías Novela (2009) con Notas de inframundo, y Cuento (2011) con Él pinta monstruos de mar.
Ganador de la Beca de Circulación Internacional para Creadores del Ministerio de Cultura (2013), con la que participó en VII Festival Internacional de Poesía en París.
Ganador del VI Concurso Nacional de Poesía UIS (2014), con Sustancias que nos sobreviven.

Ha sido invitado a encuentros literarios en Suramérica, México y Francia. Es miembro de la Fundación Trilce y coordinador de la programación cultural de la Librería Trilce en Bogotá.




Pronóstico de lluvias

Cuando los océanos se enfurezcan
la tierra se llamará cubierta,
su norte, proa,
y el testimonio de los antiguos terrenos del hombre
solo serán mapas
mojados de mar.



Cartografía del agua

El que desde el ojo de buey contempla la lluvia,
se va con el galope del agua.
Sus ojos, agrietados de relámpago,
recorren los mapas que las gotas trazan sobre la ventana.
Aprende a esperar sin esperanza,
a recibir sin ansiedad la calma.

El que desde el ojo de buey contempló la lluvia,
entiende que hay un país perdido
en la cartografía del agua,
y busca en los cielos grises,
el galope que lo haga regresar.



Pronóstico de tormenta

Quiero que alguien pinte una postal del mar
cuando espumea rabioso sobre la quilla;
cuando la piedra y la rompiente se cincelan con relámpagos,
y las gaviotas muertas en cubierta,
son señales ominosas
de que hay que crear dioses
para que tenga sentido rezar.

Deberé provocar más tormentas,
a ver si alguien, durante una de ellas,
pinta postales de furia
y no dibujos de mar.



LA NOCHE PRESENTIDA

El reptil sabe que su estela mesozoica 
tiene la edad del poema; 
el poema no olvida que por la osamenta de sus letras 
crece la agrura del reptil.
El saurio, 
el lagarto, 
el monstruo rara vez emergido 
de las catacumbas de mares e inframundos, 
advierte en sus pisadas la tinta del poema. 
Desde el primer día carga el llamado a la extinción. 
Escapista de paso discreto y ausencia estrepitosa, 
un puñal y una huida.
Conspirador de recuerdos, 
coleccionista de olvidos. 

El poeta es una herida abierta en el tejido del mundo,
un ciudadano de la memoria que siempre está de paso,
un reptil que construye, sobre la ruina de los días, 
su mórbida perpetuidad. 
Presiente la noche. 
Deberá disculparse por sus silencios, 
y cruzar mares, 
para grabar de banderas su epitafio.




Selección de poemas de Sustancias que nos sobreviven (2015).



El nombre de los días

Cada vez que le abro rendijas al tiempo se me pierde el nombre de los días. Todos parecen tan lo mismo… tan urdimbre anónima de horas…

No los salvan sus nombres / sí sus cicatrices

El día solo se gana cuando lo fisuro, cuando la persiana destaja la realidad de las ventanas. Entonces la realidad no es el día que pierdo, sino esta grieta de minutos burlados. Y aunque solo se es poeta durante la fuga

soy el que huye
y también el que se queda

Ahora existo en el útero donde realmente existo. De vez en cuando abro rendijas para ver los días que se pierden. Todos parecen tan lo mismo… tan urdimbre anónima de horas… Asomo la cabeza desde el interior de la grieta y veo un calendario en la pared:

Sí, esto es el mundo
y están en jueves.




Abren las mandarinas su hechizo de luz

Algo me dice que mi hijo está solo
recién salido de la ducha
con la piel húmeda sobre las sábanas
Se levanta tarde
sediento entre alcoholes negros
debe echar de menos las mandarinas que le daba cuando niño
cuando llegaba de jugar fútbol con las rodillas verdes
y devoraba cada gajo en un segundo

Creo que mi hijo piensa en cómo era la vida
cuando existir importaba más que ser útil
Se acordará de los programas de televisión:
Los guardianes del universo
protegían la bondad de los niños solos

Mi instinto me dice que está tirado en la cama
El aire de flores desnudas entra por su ventana
Fijará las pupilas en un punto de la pared
o del armario debidamente ordenado
y con la toalla secará la sal de su cara
¿Se acordará de sus ojos cerrados cuando le bañaba la espalda?

El diciembre que nos hicimos distantes
no pesa más que todos los diciembres que estuvimos juntos
Yo solo puedo presentir cuando él me piensa
y verlo como a un niño
sin importar sus años

Si yo supiera de premoniciones
juraría que mi instinto sabe más de lo que conozco
Si yo supiera de señales
dibujaría el punto en la pared donde fija la mirada
Pero soy su madre
solo sé esperar
Solo sé esperar
a que me visite un domingo a mediodía
y poder darle
todas las mandarinas del mundo.




Muerdo la noche en una esquina doblada por la luz

Muerdo la noche en una esquina doblada por la luz
Entre cada estación hay un silencio de postes eléctricos
Soy un allá en lugares que abandono
pero dicen que es aquí donde se debe existir
en esta orilla transitada
en este tren sin destino que nos envejece

Camino por el vagón
La penumbra se traga las luces de las ciudades
La gravedad de la noche arquea las espigas del campo
y vence la vigilia de los demás pasajeros

Me reflejo en la ventanilla
hay una medialuna detrás de mí
Pienso en las tardes al regresar del trabajo
Me aliviaba el peso de mi mujer tendida sobre mi espalda
como si yo fuera el croquis de su muerte

También es vida la que pasa veloz ante los ojos
cuando el reflejo de uno se adhiere al mundo
porque el mundo cabe en la ventanilla del tren

Soy más ese que camina ciudades con las pestañas
y ansía el peso de su mujer sobre la espalda
y menos este que aquí se refleja
mientras envejece
con la luna a cuestas
El allá tendrá que ser mi orilla recuperada
Me alimentaré de las esquinas que dobló la noche.




La piel ebria se ducha de sombras

Media botella de aguardiente bajo la regadera
traslucen hervores de hígados insomnes
párpados eléctricos
intermitencias
desvelos de quien en sí mismo naufraga

Contra la etiqueta
contra la clepsidra desbocada
contra la piel ebria que abre su paréntesis de manecillas diluidas
alguien celebra la prolongación de las noches

Apaga la luz
se ducha de sombras
Levanta el brazo y se da a beber acuarios y regaderas de moluscos empalados por relámpagos
Alcoholes de baño
líquida tiniebla
Que no se rompa el vidrio contra las baldosas
Que no se rompa la noche bajo el agua.




Un olor a pino bajo las manecillas del sol

Tengo veinte minutos
para salvar de los relojes
una línea de sol
Me siento frente al escritorio
(muchas hojas en blanco / la ventana)
Los pinos al otro lado de las montañas
me traen el olor del desinfectante con el que mi abuela limpia la cocina. Ella me pide que juegue en el patio mientras se seca el piso. Cruzo el pasillo de baldosas rojas donde la lavadora inicia automáticamente, su segundo ciclo de lavado. (Tiemblan mis rodillas). Pateo un balón contra la pared del patio. (Tiemblan las materas). Una niña se asoma a la ventana del segundo piso; me llama para que juguemos juntos. Le doy la última patada al balón
y río
porque soy un niño con certezas: El balón está girando en el patio, la niña está en el segundo piso, mi abuela está después del pasillo de baldosas rojas. Corro hacia el interior de la casa. El piso de la cocina huele a desinfectante. Me pregunto ¿cómo serán los pinos
al otro lado de las montañas?
Y me veo adulto
en la mañana
sentado frente al escritorio
(muchas hojas en blanco / la ventana)
apurado por irme a trabajar
y con solo veinte minutos
para salvar mi infancia.




La tía Josefa y los poetas

La tía Josefa, que no conoce a los poetas, dice haber visto los cuellos almidonados de sus camisas abrirse al estallido de una carcajada o de una mala palabra. A las seis de la tarde soltaba las cadenas del perro, allá en el patio de tomates, para que desfogara con saltos y aullidos la ira de estar encadenado durante todo el día. La tía Josefa, que nunca vio la cara de poeta alguno, dice que ellos le temen a los perros y a la sombra del árbol de tomate. Y dice que le toca lidiar con eso porque a los poetas les atrae el tinte de tinieblas de la estufa de carbón y el laberinto de las baldosas de la solana.

Ella no vio a los poetas apretar los dientes pero imagina su rechinar cuando asoma la cara por la ventana de su cuarto, mira hacia el patio y ve lo crecidas que están las sombras. En las mañanas limpia la estufa y brilla las baldosas, para que el sol desentuma esa bruma de poeta que viene desde el cementerio. En las tardes pone la comida del perro a la sombra del árbol de tomate, y se sienta en la mecedora a ver cómo el sol extingue sus formas sobre las baldosas. La tía Josefa dice que allí es cuando presiente la llegada de los poetas. Y no se presiente ni con los ojos ni con los oídos, sino con los velos opacos que merodean las baldosas y entran a sus huesos para acompañarla a pasar la noche.

Cuando el perro se cansa de ladrarle a las sombras del árbol de tomate, la tía Josefa se va a la cama con esa neblina de poeta que desde el patio regresa al cementerio. La tía Josefa, jamás tocada por hombre ni poeta, desde la ventana lanza besos a la bruma.



Home sweet home

Los sábados durante mi último año de colegio, recorría discotiendas en busca de música de Mötley Crüe. En un almacén del barrio Galerías encontré en acetato Dr. Feelgood, su álbum más reciente. Anduve las calles del centro, desde la diecinueve hasta la veinticuatro, y conseguí Girls, girls, girls también en acetato, Too fast for love y Shout at the devil en CD, y por encargo, después de dos meses de trámites de importación, Theater of pain en casete. Tan pronto lo tuve en mis manos lo metí al walkman. La quinta canción del lado A era mi favorita: Home sweet home. Me notó tan feliz el vendedor, que me regaló dos afiches de la banda. Mi papá los vio pegados en la pared de mi cuarto. Vio los acetatos. Los cedés. No entendió lo del maquillaje glam. No le gustó eso de gastarse la plata de las onces en música, como si la ausencia de música no dejara más vacíos que el hambre. Lo rompió todo, hasta la tarjeta del almacén de Galerías. Pasé el resto de sábados del bachillerato lavando las paredes de SU apartamento, escuchando en mi walkman el único casete sobreviviente y aprendiendo que Home sweet home, es una canción de despedida.




Un girasol dentro de una botella vacía puede beberse la noche

Una noche
abrí la puerta
y volteaste hacia mí la cabeza
como girasol nocturno

Me hablaste de la inutilidad de los dientes
para el pez sacado de las aguas
De la ciudad que esconde el cadáver del río
en las bodegas de las fábricas

La imagen de esa noche cuelga de mis paredes
Vapor de ningún aliento
Uñas invisibles contra los vidrios

Me siento en el sillón
Tú no estás
El aire forma tu cintura y se arrellana en mi regazo
Te imagino diciéndome
que en la boca de los pescados
hay una oración por el río

Una corriente abre la ventana
Ahora la noche aletea sobre tu hombro
y soy yo quien voltea la cabeza
como girasol nocturno.




Conversación entre paréntesis

Desde el rincón que soy, la tarde se mira a sí misma. Termina la hora del almuerzo, la gente con prisa hacia los edificios, y yo… con poemas de Guillermo Martínez González

(Guillermo
soy ese paréntesis
He roto este día)

El título del poemario también es lugar de vacíos. De este lado, la ventana llovida; allá la niebla: prodigio de árboles mojados que fluye sin cabalgar metáforas. La mesa huele a lavanda de librería que recién abre las puertas

(¿Ves el sauce a orillas de la lluvia?)

Son las dos de la tarde y las nubes se abisman desde los acantilados de China. Voy por las páginas finales mientras los oficinistas retoman sus afanes. Se silencian el olor a lavanda y el treno de la nube milenaria

(Guillermo
hay un espejismo de sauce
en la ventana)

Yo me quedo con este instante en el penúltimo verso
antes del segundo aguijón de las máquinas.



La pequeña muerte

Acaba de morir un caracol
Dos sexos en una gota de agua
La baba de la cópula cosió sus órganos heridos
¿Ha muerto el miedo de araña que te impide abandonar tu casa?
¿Ha muerto el desamparo que te aferra a pared cualquiera?

Cuando cesen las aguas
la hierba llorará en ti nuevos caracoles
y con el afán del amor seguro
verás cómo corre la tierra
cómo vuela el aire
cómo se sumerge el agua
y tú
casi inmóvil
con tu casa de tripas a cuestas
querrás que al menos
un hilo de araña
te levante la cabeza.



Especie que ofrenda la nada

Quien dice dar todo teniendo nada
ni siquiera las ganas de ser su propia casa
ofrenda toda su dependencia

Quien dice ser caracol
reptar sobre la nieve cubierta de latas cortantes
con la propiedad del lagarto
y temer a estar solo a la intemperie
es un gusano blanco de nieve sucia
hábil solo para moverse hacia atrás

No es reptil
porque le falta el sigilo de las piedras
que golpean tres veces la superficie del agua
No es caracol
porque los caracoles llevan a cuestas
su gitana carreta de nácar

Se parece más a la babosa
gusano blanco
gordo
retorcido por sales de lamentos
Con su cara de caracol
invade conchas ajenas.



Plegaria con cigarrillo

El humo de Dios me trae el corazón de vuelta
¿Menos denso circula el aire en el pecho?
¿Se apaciguan las noches tatuadas en los ojos?
Invocación
Mudo conjuro de mandíbulas
Cuesta comenzar el día con las venas todavía de púas
Me preguntan por la densidad del pecho
por la levedad de los ojos
y no tengo aire
y me sobran noches
no puedo más que hacer señales de humo
a un cielo de pájaros ciegos.

Para Jaime García Maffla





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