sábado, 21 de julio de 2012

7295.- CARLOS RUIZ ZALDÍVAR


Carlos Ruiz Zaldívar

Carlos Ruiz Zaldívar (Pisagua, CHILE 1925 - San Felipe, 2010). Poeta y narrador. Estudió sus humanidades en el Liceo de Hombres de San Felipe, egresando en 1945. Se tituló de profesor normalista en la Escuela Normal “José A. Nuñez” de Santiago. Toda su carrera docente la realizó en Aconcagua.

Como periodista colaboró en publicaciones como “VEA”, “En Viaje”, “El Mercurio” y “La Estrella de Valparaíso”.

Entre poesía, relatos, ensayos históricos y folclóricos, publicó alrededor de una veintena de libros, de los que destacan “Romancero Heroico de Aconcagua”; “Ancla de soledad”, “Glosario de sombra y luz”, “Del grillo a la estrella”, “Poeta del Alba, Homenaje a Oscar Castro”, “El Rucio Herminio”.


XVIII

Si me dierais tus lirios, cascabeles
un gajo de limón, sólo un jacinto,
veríais que me voy del laberinto
y mi ropa se seca en los cordeles.

Si una vez recibiéreis mis pinceles
y los lienzos que en el otoño pinto,
talvez comenzaría a ser distinto
este sitial de ausentes oropeles.

De tanto andar el paso se detiene
y en la hora perdida que se adviene
concluyo en el revés del calendario.

Quería ser la grada de tu altillo
y encuéntrome sin nada en el bolsillo
más cerca de la cruz y del sudario.

De su libro "Sonetos Terminales" (2002)






Romance Del Loco Cepeda

Creía que el mundo estaba
sostenido en una hebra,
miraba volar lagartos,
nadar peces en la tierra
y galopar por el cielo
luceros a yeguas sueltas.

Le volaban mariposas
adentro de sus ojeras,
le crecían elefantes
en sus roídas caderas
y hablaba con sus zapatos
a la hora de la siesta.

Lo conocí treinta años
andando por las veredas
en mi pueblo centenario
de anchurosas alamedas.

Nunca supimos su nombre,
sólo era "El Loco Cepeda",
flaco de garbo y lombrices,
mendigador de meriendas,
casa por casa hacia arriba,
calle abajo con sus riendas,
sin más jinete que el viento
en su aventura tremenda.

Tenía un palo por guía,
un gorro de gran visera,
botines dados de baja
y setenta primaveras.

Le regalaban centavos
y dadivaba miserias,
sus migas a las palomas,
sus voces a las maderas,
a los muros, a las rosas,
a grillos y madreselvas.

En su locura heredada
andaba su inteligencia
con sordinas pervertidas
y asnos en la cabeza.

Bailarín a toda calle,
soldado de marchas lerdas,
un tambor imaginario,
cascabel de alguna fiesta,
hablador de raro idioma
como de otros planetas.

No le hacía daño a nadie,
tan inofensivo era,
que le lamían las manos
los perros de las haciendas
y se posaban en su hombro
zorzales de cuerdas frescas.

Tocaba timbres y aldabas,
recibía lo que fuera,
dormía más de ocho horas
cobijado en una cueva,
a solas con sus jergones,
unánime en sus esencias
de extraviado caminante
en una misma secuencia.

En la pila de la plaza
Daniel Antonio Cepeda
refrescábase barato
sus dos piernas andariegas
y se bañaba en el río
conversando con las piedras,
jabonándose la ropa
con barros de las riberas.

Diríase que este loco
tenía cierta decencia
por su afán de pelo corto,
su relativa limpieza,
su forma de decir "gracias"
y recibir las almendras
o de inclinar las cervices
en flexibles reverencias.

No supo de sarnas y piojos,
no tuvo fiebres violentas,
no sufría de calambres
ni nada que se parezca,
si bien sus zapatos grandes
y su camisa desecha
eran algo presentables
en su mínima elocuencia.

No era adicto de alcoholes,
mas si de mieles de abeja,
no encendía cigarrillos
pero estaban en su hoguera
humos de junglas oscuras
para espantar a las fieras.

Tenía buen calendario
para golpear las puertas,
los lunes fuera en el centro,
los martes en alamedas,
los jueves por el mercado,
los domingos en la feria,
a veces de sur a norte,
otras veces por la izquierda
o cuando estaba nublado
lo hacía por la derecha.

Le daban panes maduros
o rancios en sus cortezas,
frejoles frescos de guarda,
humeantes sopas de acelgas,
repetidas carbonadas
o mermeladas caseras.

Clasificaba sus tarros
según los menúes fueran
y nunca anduvo con hambre
más bien con la panza llena
y fue rico en comedores
a todo campo traviesa
con gorriones invitados
y soledades abiertas.

Gran señor de la locura,
remendaba su pobreza
con hilos por las camisas,
con lanas por las chalecas,
con cueros por las sandalias
y con cartones las suelas,
solitario en los caminos
donde los cardos comienzan.

Se suponía magnate
contando cuatro monedas,
un altivo marinero
subiendo las escaleras
y saltando en sus cordeles
un chiquilín de la escuela
saturado de recreos
con siete lenguas afuera.

Un día le pregunté:
¿Cómo te llamas Cepeda?
Me dijo: "me llamo Armando,
Jovino, Pancho y Esteban
Cepeda para servirlo
si es que en algo se pudiera".

Pero el loco no podía
acometer una empresa,
pues trastocaba valores,
cambiaba las herramientas
y confundía las cosas
y hasta su propia conciencia.

Ahora último callaba,
ya no escarbaba la tierra
buscando viejos tesoros
en donde hubo una iglesia.

No hablaba a su propia sombra,
comía sin apetencia,
se le velaban los ojos,
sus alas perdían fuerzas
como si un cóndor herido
al precipicio cayera.

Decía que en las rodillas
le crujía una carreta,
que vomitaba cangrejos,
grillos y largas culebras,
que sentía por las noches
un tren violento en las venas
y hasta el bramido del mar
con sus violentas mareas.

El hombre cruzaba triste,
con lentitud las veredas,
lo miraban las vitrinas,
la gente vieja y la nueva
e indiferente decían:
"¡Ahí va el Loco Cepeda!"

Era cual su fantasía,
ya sin campana y sin cuerda,
no resonara en sus huesos
como en otras primaveras.

Hoy dijeron simplemente:
"Ha muerto el Loco Cepeda".

Y en verdad había muerto
con sus inmensas ojeras,
con su bastón de coligüe
y su locura de estrellas.

Y he quedado meditando
en esta historia tan vieja,
en su telón que ha caído
cual dramática comedia
donde un principe ridículo
confunde trapos por sedas.

¿Era, en verdad, solo un loco
el rubicundo Cepeda,
flaco de carnes y de huesos,
grande de porte y de huellas
por las calles de mi pueblo
con tanto siglos a cuestas?

O somos locos nosotros
que vivimos en tabletas,
licuados en las redomas,
esclavos de la paciencia,
consultando los relojes
verticales de la tierra,
elevando volantines
de inalcanzables estrellas.

¡Hay que creer un instante
igual que el Loco Cepeda
que el mundo está suspendido
apenas por una hebra,
que tenemos nidos viejos
de hormigas en las orejas,
que nos reptan mil lagartos
en las profundas ojeras,
que hablamos con los zapatos
a la hora de la siesta
y son pompas de jabón
el hombre y sus apariencias!

¡Loco de azules visiones,
capitán de falla entera,
desviado mimbre y coligüe:
Daniel Antonio Cepeda!

Los Cantos del Gallo Ciego, 1980


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