viernes, 22 de junio de 2012

7132.- YANIER ORESTES HECHEVARRÍA PALAO

Yanier Orestes Hechavarría Palao 
Bijarú. Cuba. 29/1/1981. Reside en Holguín.  Poeta y artista de la plástica. Miembro de la AHS, Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso.  .  Publicó en la revista de poesía española Arboleda, 2000. Primera Mención Manuel Navarro Luna, 2004.    .  Premio Poesía de Primavera 2008, Ciego de Ávila,   Primer  premio orígenes,   AHS de Santiago de Cuba,  2008. Primera Mención   Dignora Alonso 2009,   Ediciones Vigía, en Matanzas. Publicó el plegable de poesía Graffiti de mi soledad, 1999 y los libros de poesía: Sombras del solo, (Ediciones Holguín 2005), Peces en bolsas de nylon, (Ediciones Ávila, 2009) y Música de Fondo (Ediciones La Luz 2010).    



Las vibraciones de la música silente

Y las gentes caminaban de prisa, ocultas bajo siniestro paraguas.
Katherine Mansfield


Apoyado en el marco de la ventana —exprimo limones—; 
el jugo ácido se desplaza por el cristal en estrías. 
Así debía estar Ludwig Van Beethoven mirando la Iglesia a través de la ventana de su casa en Viena, 
tratando de escuchar las campanadas, 
comparando cómo avanza la sordera cada día. 
El músico colocaba su oreja encima de las fibras de maderas 
—del viejo piano— para sentir las vibraciones de la música silente. 

Así trato de escuchar, de dar orden. 

Así miraba Vincent Van Gogh los patéticos trigales 
que a lo lejos parecían hierbas secas, 
muertas moviéndose, 
como si lo invitaban al enfermo amarillo de sus girasoles. 

Ver por una ventana es como estar frente a un cuadro 
o una vieja cinta de película. 
Es como si la realidad se trastocara al verla a través de esos huecos 
hechos para que pase la brisa, 
para estar desde adentro afuera, 
y algo de afuera adentro. 

Las estrellas centellean, cuando van a desaparecer explotan en cientos de pequeños fragmentos 
que pueden cuando se enfrían convertirse en planetas. 
Algo parecido leí cuando era niño. 

Estoy pensando en la continuidad, 
en el ciclo. 

Lejos, 
en los humedales, 
en la paz espesa de la costa, 
sobre las aguas enlodadas, 
una lluvia de hojas cae haciendo círculos concéntricos 
al contacto con la superficie. 

Nadie es testigo de lo que afirmo, 
nadie lo ve. 

Una muchacha de por lo menos doce años mira de reojo a su padre por entre las cortinas del baño, 
—nadie lo sabe—. 
La madre sospecha, 
pero tiene que salir de compras. 
Saluda a la niña con un abrazo, 
al esposo le da un beso, 
—en el que sólo se rozan los labios—. 
Al volver, 
a la caída de la tarde, 
se reúnen en la mesa, comen sonrientes. 
La niña levanta una pierna llevándola hasta los entremuslos del padre 
mientras él le  toma la mano a su esposa. 
La niña mira por la ventana, 
desde aquí la veo. 

Apoyado al marco de madera escribo con la tinta de mis ojos. 
Una vieja limpia con un paño húmedo las hojas de las plantas. 
En las calles venden flores artificiales, 
flores envueltas en láminas de cristal para parejas de una hora. 

Las ventanas me llevan a donde siempre quise ir, 
al sueño de poder ver desde adentro, 
sin alejarme de mi núcleo. 

Cuando paso frente a las rústicas casas de mis vecinos, 
ellos me saludan, 
echan basura, 
es una escena que se repite provocándome. 

¿Como crear ventanas donde pueda tener acceso a paisajes más profundos, 
a otras latitudes? 

Así miraba Beethoven anhelando, 
comparando cómo avanza cada día su sordera. 

Sentí la vida envolviéndome 
—como las ranas; 
esos animales son muy sensibles, respiran por la piel, 
están diseñados para sentir la vida envolviéndolos—. 
Estaba en aquel hogar de ancianos que antes fue una unidad militar;
estoy sobre mesas de cemento revestidas con mosaicos blancos, 
mosaicos opacos por la grasa y el churre. 
Es un comedor oscuro de piso corroñoso 
lleno de poros que almacenan polvo. 

Estoy bebiendo leche en altos vasos de cristal, 
con motivos de flores rojas —pop años cincuenta—. 

Los frágiles ancianos son amigables; un viejecito paralítico desde la silla de ruedas baila. 

Los blanquísimos altos vasos de cristal, 
estos de muros hechos para militares, 
ahora muros para esperar la muerte. 
Afuera, en un terreno seco, 
se ven unas florecitas amarillas 
moviéndose alegres 
como si nada pasara.            







A manera de prólogo 

Bajo el sol del mediodía, tapados con paraguas 
los rostros brillando por el sudor. 
Desde la distancia parece que puedo saborear sus pieles. 
Bajo esta violencia 
que evapora la ultima gota de sustancia acuosa que estaba en el cráneo del muerto que fue enterado hace un mes. 
Bajo este vapor, 
—buscando café —. 

En la noche ando,          
me sorprende la niebla fría y distorsionadora. 
Amo debajo de algún almendro o en un recodo. 
Paso de madrugada cerca de las casas, 
escucho las sinfónicas melodías del placer, 
los gritos del que abofetean, 
el desplazamiento del dial en una radio que trata de encontrar informaciones, 
—o música—. 
Sudo, 
me humedezco el rostro, la nuca 
con agua recogida por zines oxidados. 

Tengo frío
me tapo con mi única gabardina gris, 
ando solo, 
miro, 
no busco protección, 
ando a la intemperie de todos.   





Ejercicio diario 

Callar. No decir criterio alguno. Cuando más mover la cabeza gratificando. No aceptar, ni negar, tan solo comentar: me parece bien, y alejarme, alejarme. 

      



Estudio de caso I 

Es posible que nunca lo atrapen. Estoy seguro de que no tendrá cargo de conciencia. Ahora estará tomándose unas cervezas —enlatada— en un bar, solitario recordará lo sucedido. Mientras sus labios están encima del agujero con filo, por donde bebe su cerveza, sonríe, escapándose unos hilillos finos que ruedan desde la boca hasta la barba sin rasurar.        


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