lunes, 18 de junio de 2012

7055.- HÉCTOR BORDA LEAÑO


HÉCTOR BORDA LEAÑO
(Oruro, Bolivia, 1927).- Poeta. Vivió su juventud en distritos mineros como Chorolque y Siglo XX. Militó en el ‘Partido Socialista 1’ junto a Marcelo Quiroga Santa Cruz. El exilió lo obligó a radicar primero en Argentina y luego en Europa, donde estuvo por 20 años. Estudió Antropología. Diputado (1966-1970) y luego Senador de la República (1982-1985). Radica en La Paz. Ha ganado el Premio Nacional de Poesía (1967) y Gran Premio en Poesía del Concurso ‘Franz Tamayo’ (1970). El argentino Rodolfo Kusch anota que "la palabra de Borda es revolucionaria. Pero de una gran revolución, donde usar las armas será mezquino y torpe, porque no es la revolución de los obcecados, sino la revolución que se da en paz y denuncia la cobardía de diputados, profesores, militares y gobernantes...". José Roberto Arze subraya: "recoge las angustias y la lucha del trabajador minero. Realista crítico; incorpora también en su poesía elementos de la mitología regional orureña". ‘Celda Nro. 5’ titula el siguiente verso de su autoría: "Todavía mi hueso no ha aprendido / a rendirse, / no puede todavía enumerar la angurria / de la muerte / esta vieja osamenta hecha de cal y de amargura, / trabajada por el hambre / enraizada por los ensueños / y emancipada en mi bandera".

LIBROS
Poesía: El sapo y la serpiente (1966); Bolivia en esta oscura tierra (1972); Con rabiosa alegría (1975); Poemas desbandados (1997); Las claves del Comandante (el ‘Che’, 1997).







MINEROS

1.-

Son como son.
Se anuncian taciturnos,
a veces se miran entre sí sin comprenderse,
imprecan por lo bajo,
crispan los puños duros,
imaginan violencias,
contra los rubios capataces del estaño.

Sueños de alcohol de reé...o
en noche dura,
riñón y tabla
en noche dura y duradera;
se duelen para sí
amarrando en la coca sus silencios,
se enredan en su miseria rudamente,
vuelan su sangre pura,
trajinan sus pulmones brozas de mineral.

¡Rosas de fuego lento los consume!
Matan a veces
buscando en los cadáveres su jornal
y se vuelven al mundo desolados
preguntando el por qué del alboroto,
se vuelven hada Dios,
pisan su sangre pura
que es como pisar a Dios dos veces,
patean en el suelo duramente,
le dan a Dios la espalda castigada
toman del brazo al tío
y se nos pierden
por las entrañas sangrantes de la roca.

Son como son.
Se miran entre sí sin comprenderse
trajinando sus hambres renovadas.
Escupen jugos alcaloides.
Con los hijos al hombro
renuevan su dureza,
duramente imprecan por lo bajo
sus violencias.
Circula un grito sordo por sus venas,
adjetivos enormes los circundan,
tuercen su ceño amable,
amasan su soledad de carne dura,
letales ausencias trepan por, sus sentidos
y afloran por sus ojos asombrados.
Son como son.
Idean maleficios
contra los rubios capataces del estaño.


2.-

Y han de hacerse
con bocas clausuradas
sus muertes.
Empaquetándose sus muertes
llegarán
con explosión,
desgaje de cintura,
desfloración
de sueños minerales.

Han de venir sus muertes
con la piedra a la abierta exfoliadura,
con el coágulo vegetal
de una sonrisa hermética
con las vísceras sueltas en el caldo
recién amanecido de sus huesos.
Y han de cantar sus muertes
y han de decir
que se cayeron en un hoyo
pero sabemos que quien al hoyo llega
suele subir, más alto
con la muerte.

Han de decir
que reventaron como sapos,
han de imaginárselos
cayendo torvamente
en charcos minerales,
ensayarán sonrisas,
dirán que se acabó,
que se cortó el cordel
por lo delgado.
Dirán: no más.

Terminemos con ellos,
pero embozados de sangre
y de tormenta
se alzarás las rotas alpargatas,
se alzarán los pequeños
embriones del diablo,
trajinarán heridas cotidianas,
revolverán su herida
con un palo,
amasarán sus coágulos enormes
y empinarán de nuevo sus banderas.

Mamanis de calzón, alpargata
y guardatojo
la tez cobriza, las manos duras
y el cansancio añejo.
Caminaron a ciegas mucho tiempo,
fueron ensayando sus pasos
infantiles
poco a poco,
enterrando sus nombres en la tierra
dejando la impronta
profunda de su muerte,
allí donde nacieron
otros hombres
de donde se levantaron a su tiempo
sus jóvenes huesos
sin anchos horizontes,
sin raíces de tiempo
enlodándose las manos en las charcas
y las charcas pintándose de rojo
con su sangre.
Con látigos de plomo
en las espaldas
degollando palomas de tiempos
minerales,
fueron ensayando sus pasos infantiles,
su historia
rudamente,
domando los serpentarios
de su sangre,
inventando adjetivos
para nombrar a Dios en sus heridas,
para nombrar a Dios en sus patatas,
en su petróleo,
en su salitre.
Para salir del hoyo
vaticinando pájaros y molles,
para llegar al pan
con hambres redimidas,
para tomar a los niños
con las manos mansas,
hacerles una caricia dominguera,
revolear al aire una moneda
y afirmarse en la tierra
como un árbol
y afirmarse en la roca como estaño.
Fabricaron su historia rudamente,
haciendo de su sangre
un instrumento,
de sus eternos sueños minerales
pájaros y frutos,
y florecer hacia el sol
en el tiempo preciso
en que un pan colectivo
se retuerza en los sueños
del niño y del obrero.


3.-

Estaños inmaduros,
complejos rosicleres,
tiernos cobres con el salario
de apenas medio día
crecieron como llamaradas
quemándoles las manos.

Después,

sus ojos se volvieron a la raíz
profunda de la herida
¡Cómo se adormecieron las caobas!
¡Como las culebras de los trigos
mordían terrosas soledades
en las catástrofes rocosas!

Estaños inmaduros
de hondos cauces creciendo en cada huelga.
Capataces de pétreas salamandras
orillaban el hambre
en las eléctricas crispaciones
de unos panes amargos.

Un amargo sudor les manchaba la sangre,
una espina de frío les mordía las cama.
Potros de estaño con raigambres
de muertes verdaderas
cabriolaban en la casta crispación
de los jornales.

Cuánto penetrarse y deshacerse
en las secas entrañas de la roca,
cuánto exudar saliva,
cuántas cicatrices desveladas
por encontrar la materia misteriosa.

Los sémenes
se sumergen en las negras raíces de la noche,
y cómo vuelan coleópteros salvajes
en torno al hambre y la miseria,
y cómo los ásperos líquenes invernales
fisuran los cimientos de los Kalasasayas
y los doblados caminos del amauta.

Un calcular, un deshacerse y un volverse
a encontrar por dentro
en las ásperas rocas ancestrales.
Un caminar por mitimaes,
inti raymis,
ayllus, invasiones.

Un desangrarse en látigo y en coyunda,
un imaginarse nuevos rumbos
en las venas ardientes del banano.
Un hacer y deshacer,
perennes los cabestros de la tierra,
fuertemente ligada la sangre de los hombres
a la roca impenetrable y duradera.

Un levantarse en huiphalas y macanas,
abandonar los tallos,
el virginal rastrojo
que cuece las patatas,
los canales de los foscos designios
de las noches,
un arremeter pucaras y fortines,
un lanzar por hondas libertarlas,
fuertes chasquis de muerte.
Un sacrificar los jugos de la vida
a la vieja y tierna Pachamama.

Un trajinar milenios
para enterrar las sagradas corrientes de la vida
y volver de nuevo
al salario de huelga y barricada


4.-

Cómo les duele la sangre,
cómo se doblan en nudo las entrañas,
cómo el pan retorna al tiempo del madero,
cómo los días suceden a las noches
y las noches suceden a la herida.

Cómo les duele trajinar un meridiano
de duros tábanos invernales,
los maderos al hombro
y el bronco mineral cavando las ojeras
de los niños mineros,
que ni carne ni arroz
ni la migaja entera
pueden apagar la voz del hambre cotidiana.
Cómo les raja el frío la piel
que heredaron del abuelo,
cómo un frío ancestral les tiembla
en los cabellos,
cómo el estaño duro les restaña
las heridas
y los dolores vuelven
por las bocaminas de las radiografías.

Cómo tiembla la roca desflorada.
Cómo se prenden las gajos de las rocas
a la entraña del hombre
y sin embargo sienten en la garganta
un globo mineral salino de esperanzas.

Cómo está ausente en todo
la sonrisa vital de las mañanas,
con un aire paterno que ensanche los pulmones
y un trigo candeal madurando
su espiga
elemental y cotidiana.

Qué ganas de sentarse.
en el límite exacto de la muerte y el hambre
y dejarse venir los sueños insondables,
anudando la herida solemne de la coca.

Qué ganas de abrirse en las huiphalas
y por las venas ardientes de la veta,
florece hacia el sol
en las blancas auroras augurales,
para estrujar a grato abierto
la espina dorad del privilegio.

Cómo les duele la sangre,
cómo se doblan en nudo las entrañas,
cómo la herida retorna en bofetada,
cómo los golpes se tallan en la muerte,
cómo la muerte misma
es empezar de nuevo labrando las heridas,
las antiguas heridas,
lo sempiternas heridas
del minero.


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