martes, 5 de junio de 2012

ERNESTO GONZÁLEZ BARNERT [6.973]




Ernesto González Barnert  

(Temuco, Chile, 1978): Ha publicado el poemario La coartada de los dragones por el camino pequeño (Ed. Pewma, 2000) e Higiene (Ed. del Temple, 2007). Y el CD de anticipo Trabajos de luz sobre el agua (Ediciones Alquimia, 2007). Textos suyos han sido recogidos por diversas antologías y revistas, además de soportes electrónicos. El año 2007 obtuvo el Premio de Honor Pablo Neruda Universidad de Valparaíso y el año 2003, Mención Honrosa en el Concurso Nacional de Poesía Joven Armando Rubio. En el año 2005 gana el Primer Concurso de Poesía del Sur Premio Eduardo Anguita y el Premio Juegos Literarios Gabriela Mistral. Ha recibido las Becas de Creación Literaria de la Sociedad de Escritores de Chile (2001); del Centro Cultural de España (2002); de la Fundación Mustakis/ Biblioteca Nacional (2003); Beca Fundación Neruda (2007). Es parte del Taller de Poesía Santa Rosa 57 y escribe asiduamente sus Entrevistas de Semblanza y artículos para Letras.s5.com y en su blog: Obsturaciones. Mantiene inéditos dos libros: Arte tábano y Coto de caza.


(De: Higiene)

(fuki nagashi)

Sé lo que es el arte del bonsáial observarme
ningún pretexto para exceder el espacioy erguirme sobre la pedrada.
Visto el transito lento y los cuidados mínimosque exige el canon,
el reto que acontece y persiste en el estilo"barrido por el viento";
toda ley irregular de mis días y la lección de dominioque traza la poda;
escueta porfía que sobrevivevigilada
en la yema del ápice.
Nada más lejos de míque la adoración.
Por eso el declive o sesgo de potestad a favor del primer golpe
que da el azotede la borrasca.

(Poemas inéditos de: Coto de caza)





El rábano lo tomaron por las hojas, la tensión de los últimos acontecimientos
me hace plantar cara
tras recargar el café y transigir con dos de azúcar
a la hora en que muchos avanzan a un lugar que odian de otro.

Supongo que llegué demasiado lejos. Y todos conocen el final.
Amor no los oigas, teje.

Lihn ya estuvo acá, cierto. Y no son días propicios para una variación
sobre esta cabeza de alfiler. Siente agrado
por el portento de que una veintena decidiera responder a tu higiene
poniéndose del lado que no te gusta.

Ahora bien, hablemos de lo que nos rodea y es asible por este mango.
Estoy pensando en un árbol que reseca la tierra a su alrededor,
el pellizco de estas hormigas por el antebrazo. Admito
que con dureza y en público una opinión vale exactamente lo mismo que otra,
con tal de que sea mínimamente razonable.

Pero te afecta retroceder con razón pero sin la fuerza,
instigado por una mayoría en fila poco mejor pagada. Te afecta quedarte sin hojas
ahora que náufrago de dos jornadas amenizas el mediodía poniéndote más espuma
en la parte derecha del rostro.

Por supuesto, el rábano ya estaba pintado en la pirámide de Keops. Y yo insisto
en recordar que alivia la indigestión y las flatulencias.








Un palto añero nos revela que éste no es su año. Sospecho
que tendré que seguir untando mi cuchillo en grasa baja en calorías
o contentarme con pan pelado
a la hora en que la televisión atosiga de espectáculo un lío de faldas
en una discotec. Y veo por la ventana un mar de pingüinos flanear sin la menor ansia
cuando ayer no más arrancaban la luminaria del sector por el derecho
a que le lleven la educación a la boca.
Sin duda, cosas que te aburren César.

Así como le aburre a Héctor leer su apellido materno y repasar los campos de concentración,
aferrado al tópico medieval de inquina contra el judío,
aplauso y cobijo de su hueste.

¡Dios mío! Pensemos que no tiene mucho que ver con que se acerca el día de los muertos.
Y uno más acá que allá me sugiere en una de las páginas que abro de ordinario
¡hasta los dioses luchan en vano contra la estupidez!
Por suerte gocé de libros que me vacunaron temprano de hacer el loco
antes del buen fin de Ofelia.

Y como no dejar este poema a la mitad si el cañonazo de las doce
indica que la guerra por la sobrevivencia esta en su mejor parte
y un resto de vodka tónica apertrechado en una oscura recámara en la noche de ayer
me concede un dieta pletórica de imágenes que colman el espíritu
en un año que tampoco fue el mío.








Me costó aprender el nudo de corbata, abrocharme los zapatos
teniendo en cuenta que soy zurdo,
no vine al mundo como esas guaguas de hoy tan regordetas.
Ni fui de esos niños que por todo berrean, muchachotes que sobreexcitan el pulgar.
Lo que mis corresponsales de guerra con una pizca de sarcasmo y tres hielos en mi presencia
llaman pirámide invertida.

Digamos sin camisa y descalzos sobre una playa rubia del litoral central
para no caer peor de entrada
que hay más piezas negras que blancas en el tablero.
Que lamentamos no ser el emprendedor a los ojos de la familia del negocio del banano,
ese recio muchacho que administra.
Ahora que como un gordo y viejo ilota del orden burgués
divago por escrito
sin perder ninguno de sus beneficios dentro de la sombra del quitasol.
Suerte que atribuyo a pedir como los pajaritos que ni siembran ni cosechan.
Salario mínimo de mi vocación excluyente.
Proporción divina frente a los proyectos que paga fisco, esos rebeldes de minoría
escribiendo en papel oficial.

En ese perdulario suceder al decir de mi tía me devuelvo pisando con pericia castillos.
Recordando viejas actuaciones veraniegas,
tocando mi pito como si hubiera salvado a muchos con la poesía.
Devolviéndoles un poco de diente por diente a los mocosos que me mojan
con un gambeteo digno de un diez.

Y por sobretodo reflexiono en los días de gloria del balneario
ahora que casi todas las casas están en venta a pesar del lleno total en la playa.




Coto de caza

Se ve a millas que no era una cacería difícil, de atisbar
poco y nada en este coto de caza.
Asustar un par de urracas, naturalmente. Dormir bajo unos melodramáticos sauces
a la hora en que el sol atonta.
Oír a nuestros mejores amigos empujándonos a seguir lo que sea.

Acabar sorprendiendo unas libélulas en pleno apareamiento, recoger una manzana
alrededor de la frutera vacía
como señales de que pusimos demasiado relleno blanco a nuestra bitácora del acecho
poco antes de cerrar el año.
Desmedido esfuerzo por mantener las cosas a flote en el ojo del huracán
corregiría antes de que me abracen por la espalda.

En fin, un pedazo de pastel descompuesto desde la guinda
que maticé más tarde con una copa de champaña con helado de piña haciendo de iceberg
a mi titánica cantinela.
Un lapsus calami ante la mesa redonda donde recé como el que más
ungido por el cotillón y la pirotecnia,
sobre un chancho al horno sin manzana.






Alguien te dibuja con los ojos cerrados
y no teme
propasarse en algún trazo,
equivocar el ejercicio de sentar la belleza.
Raya de quien insiste
desde la propia inclinación
arrebatado de luz
–fosforece el misterio–.
Alguien te dibuja con ojos cerrados
y esboza su ceguera.





Lima este corazón/ poema cuyo seto escurridizo
es viento y ombligo.





No desiste, porque no, porque no desiste
y vuelve sobre la hoja.






El canto no tiene lengua y se escribe herido de muerte
como si fuese cola de lagartija que arrancamos de tirón;
rábanos que importan un rábano.
El canto no tiene lengua sino laboriosa mudez, la tosquedad
de lo que herido de muerte duda vivir
y permanece en la sombra, agazapado y observa que todo vuelve al
sol.
El sol que da duro sobre las cabezas.
Es difícil que rinda la tierra
sin lágrimas en los ojos, sin ese sudor seco
de quienes vuelven una y otra vez
de rodillas a afanarla.
Un reptil se regenera en la maleza, el rábano sabe a rábano.






Creyó tarde ver su nombre entre los nombres,
y lo repasó dulce
sólo al comienzo del fin. Sintió
un escalofrío correr por su espalda, ella debió pensar en mí.
Volvió a repasar dulce su nombre antes que una embestida
se lo arrebate. Lo demás
ya lo has oído.



ME RECALIENTAS CUANDO TAPADA 
CON UNA TOALLA TE SECAS EL PELO

o sobre la cama te buscas pelitos locos en las piernas
en ese calzón que costó más que mi biografía de los años rusos de Nabokov
o cuando con un algodón apenas mojado en acetona
limpias lo que dejaste de pintura en las uñas
después de ver una película horrible en Cinemax
¿Qué chucha le pasó a Cinemax?

Y no te explico lo que es verte agarrar el secador
y apuntarte.
O cuando me pides favor que te ponga calcetines
o muerdes una galletita con mermelada en la cocina.

¿Por qué dejas la puerta abierta del baño?
¿Por qué actúo como si no se me estuviera permitido
más que ver y guardar silencio?
Ese vestidito, cebrita, no calmó nada.

Tomarte el pelo con las manos
con un pinche con forma de mariposa entre tus labios,

Mientras una naranja en la mesa del velador
recibe el corte oscuro de la persiana.
Tu gatita por primera vez se sube a mis rodillas.

De Coto de caza (Das Kapital, 2013)




En la edad de la prosa
Sobre Coto de caza, de Ernesto González Barnert

Por Mario Verdugo Arellano



UNO: Quienes han leído los libros anteriores de González Barnert, Higiene por ejemplo, sabrán que comentar su poesía puede ser “como agitar un salero sobre el mar o como encender una linterna bajo el sol”, que fueron las enfáticas imágenes empleadas por Llanos Melussa para describir los alardes metapoéticos de Enrique Lihn y –junto con ello– la redundancia que en este caso tiende a enseñorearse de la crítica. Aunque Jonathan Culler afirmase que ni el más autorreferente de los textos consigue dar plena cuenta de sí mismo, parecería que acá el comentario se limitara al subrayado de unas claves especulares ya manifiestas y nada escasas por lo demás. Hacerse eco de aquello que los poemas dicen abiertamente, y sobre todo en relación con el propio discurso, la propia disciplina, el propio oficio o la propia bolsa de gatos en que el hablante viene propinando y recibiendo manotazos, constituye un modo de lectura habitual entre los exégetas de nuestro autor. Si Coto de caza, como así lo creo, ofrece una flexible continuidad con el corpus previo de Ernesto González Barnert, no puedo sino advertir la rapidez con que de nuevo nos volvemos sus cómplices, sus amanuenses, sus recolectores de highlights autoflagelantes o cuando menos autorreflexivos.  

DOS: Sobre derrotas, miserias y fracasos escribieron a su turno Juan Cameron, José Ignacio Silva y Damaris Calderón. Sobre abulias y encierros: Luis Antonio Marín. Sobre condenas, castigos y purgas: César Cabello. Sobre escritura punitiva: Marcelo Pellegrini. Sobre sacrificios y cadáveres: Felipe Ruiz. Sobre duelos: Cristián Gómez. Todo esto después de carearse con las páginas de Higiene y también con las de Arte Tábano; todo esto referido tanto a la frecuencia temática como a la percepción generalmente angustiada que en aquellos libros campeaban a propósito de la poesía contemporánea y de su cada vez más depreciado capital simbólico. A Coto de caza desde luego que podría convenirle la mayoría, si no la totalidad de los términos de marras: el poeta se rinde, se retira, baja de la tarima, apuesta en su contra, carga una cruz, piensa en tirar la toalla; el gremio gesticula ante unas butacas desiertas; las frases se interrumpen, se olvidan o se borran; los inéditos se queman; gana el cáncer, el mar nos arrasa, el sol nos atonta; son otros o aparentan ser otros los vencedores. Y hay cadáveres. Por partida baja: cuatro cadáveres femeninos, que van del entorno más próximo (“mami”) al más distante en el espacio (Rachel Corrie, aplastada por un bulldozer de Israel), en el tiempo cronológico o fictivo (Annabel Lee, préstamo de Poe in extremis), y en el nivel de abstracción (la poesía en su conjunto, otra vez fiambre). Pero este duelo múltiple, que es al unísono un duelo personal, literario y político, como ya lo apuntara Cristián Gómez, no debería ser visto a la manera de un balance estático, un arqueo definitivo, una suma de catástrofes del tipo que machacan y machacan –por poner un ejemplo súper triste– los versos de Houellebecq traducidos por Anagrama. Aun cuando se trate de un sujeto entre cuatro paredes, depre a más no poder, la verdad es que siempre lo encontramos debatiéndose en un proceso, en un viaje o en un trabajo. El sujeto no deja de moverse y, a mi juicio, triunfa, sin fanfarrias ni laureles, claro está. 

TRES: Cada nuevo libro de Ernesto correspondería a una especie de ordalía, una prueba dolorosa que en el mejor de los escenarios serviría para exculpar al acusado o al autoacusado. Su proceso o su trabajo de duelo –y empleo la etiqueta asumiendo que el psicoanálisis suele quedarme como poncho– se impone siquiera a medias sobre la postración y el tono apocalíptico que domina sus enunciaciones desde la primera hasta la última línea. Valdría la pena, al respecto, rapiñar los planteos de Martin Jay acerca de la proliferación de finales en la filosofía post de no hace mucho: el apocalipsis o el pensamiento que a menudo lo convoca –argumenta Jay– es pariente muy cercano de la melancolía, con sus ciclos de parálisis y liberación maniaca. Como quien ha perdido al objeto de su amor (mujeres de ésta y otras latitudes), y que luego fluctúa entre el reproche y la euforia, también la imaginación filosófica se entrega simultáneamente a la desesperanza y a la lectura fascinada del simulacro, el juego infinito del lenguaje, la intensidad libidinal y los demás engendros que prosperaron cuando la historia, la realidad, el arte y los cacareados metarrelatos estiraban la pata. Aclara Jay, eso sí, que el individuo dispone de una visible ventaja por sobre la crítica posmoderna: la madre real, en efecto, ha desaparecido, mientras que la pérdida colectiva continúa respirando, sigue ahí, en la forma de una naturaleza machucada por nuestras depredaciones tecnológicas, matricidas. En Coto de caza puede notarse que es la poesía, moribunda o zombi, desahuciada o cataléptica, la que aún patalea, y que su hijo se niega además a suprimirla. Porque convengamos en que una elaboración completa, recomendable para el que se ha echado en el diván del matasanos Freud, no resulta igual de meritoria si aludimos a la tierra o a la (comillas por favor) “palabra poética”. Quiero decir que Coto de caza se resiste a una aceptación demasiado ligera de lo que sus páginas designan como “edad de la prosa”, acaso la victoria final de ese lenguaje utilitario, transitivo e impuro que Valéry rebajaba en su deslinde de géneros. Melancolía, entonces, como resistencia política y estética –marcusiana, diríamos– frente a la presión desublimadora de lo prosaico. 

CUATRO: Un tono de deriva que se obstina en ir botando o relevando los temas y una tendencia a mutilar algunas categorías de la oración. Los síntomas melancólicos esperan al que busque acabronarse con su descubrimiento en el nivel de la forma. Por ahora me interesa menos eso que darle un vistazo a los agentes y los espacios observables en Coto de caza. Como en gran parte de la-poesía-chilena-del-siglo-veintiuno, que sin papá y mamá podría a ratos quedarse sin habla, Ernesto conecta su trabajo con la llamada novela familiar, pero arreándola enhorabuena hacia un ámbito social más vasto, el del mercado que acogota y que prescribe los modelos de vida. Por fortuna están allí los amigos, la amistad literaria en tanto mecanismo intra y extradiscursivo, no una alianza estratégica para pegar cachamales en la kermesse, sino un estímulo para la creación y la reflexión, una oportunidad para el ensayo de las ideas, un soporte –como dijese Víctor Barrera– para las “vocaciones prohibidas”: leer y escribir en una trama de citas que se expande hacia unos personajes apellidados Pereira, Guajardo y Florit. El melancólico no está solo, por mucho que lo veamos recluido y con atuendos de paciente benzodiazepínico. Y no digamos tampoco que se ausenta completamente del mundo, ni que se encueva, entre acaramelado y odioso, a esperar sin más los petardos del Armagedón, como en las recientes películas de Abel Ferrara (4:44) y Lars von Trier (Melancolía). Este “fantasma doméstico”, incluso con las cortinas cerradas, en bata y pantuflas, se abre a la experiencia actual de su país y a la memoria descreída del lar que pudo aportarle una instalación manida y acomodaticia: quizás ese farwest docilizado al que Ernesto ya hace cuatro años sometiera a festineo –como el cura y el barbero con la biblioteca de Quijano, o como Traveler y Talita con los delirios de Ceferino Piriz– emprendiéndolas verso a verso contra cierta antología regionalista. Son, en síntesis, los últimos días; el corazón es una bolsa negra o una plumilla de raqueta; la posteridad se va a las pailas y la prosa lleva las de ganar; la luz se extingue y pese a todo el melancólico lo logra, lo paga escribiendo, o desplegando –a costa de su éxito– “el dejo de hablar de lo que quiere”.







Soundtrack
Sobre Playlist  (Overol 2015) de Ernesto González Barnert

Por  Ricardo Martínez

Quiero comenzar mi comentario sobre “Playlist” de Ernesto González Barnert citando una columna aparecida el fin de semana en el Washington Post:

“Cuando el presidente Obama se acercaba al final de su panegírico –este viernes en el senado del estado de Carolina del Sur– para Clementa Pinckney (D), víctima de los disparos en una iglesia de Charleston la semana pasada, de pronto se detuvo. Fue una larga pausa, un momento de verdadero drama. ¿Había perdido la compostura? ¿Las emociones lo habían sobrepasado?

Entonces, comenzó a cantar los primeros compases de “Amazing Grace”. De inmediato toda la congregación de la Iglesia Emanuel A.M.E. se reunió con él entonando la canción.

Fue un momento de un peso y una importancia considerables: un presidente negro que lleva a una congregación al canto en un lugar donde nueve personas de raza negra fueron asesinadas por un hombre con el objetivo aparente de iniciar una guerra racial.

Y, sirvió de colofón a la más importante semana de Obama como presidente; una semana llena de acontecimientos, tanto prácticos como simbólicos, que repercutirá mucho más allá no sólo de esta semana o meses, sino que de toda su presidencia”.

Traigo a colación la cita, porque rara vez reparamos en la importancia que tiene la música y la canción para nuestras vidas, más allá del placer o del dolor, de la alegría o de la tristeza que nos provocan ciertos acordes y ciertos compases melómanos. Una canción o una música pueden bien transportarnos a otro espacio, o marcar momentos claves de nuestra existencia. Ahí están los himnos nacionales en los partidos de fútbol (o los cánticos de las barras bravas), el cumpleaños feliz o “El baile de los que sobran”.

Ernesto Gonzalez Barnert ha facturado un poemario constituido fundamentalmente por rodajas de vida, lo que en algunos cómics se denomina “slices of life”, donde algunas canciones y algunas melodías marcan instantes de la existencia y constituyen la banda sonora, el soundtrack, de esos mismos instantes. Cito:

“Soy esa clase de muchacho / ya no tan muchacho / que le gusta una compañera de curso / el primer día de clases / sólo porque se llama Lucía / como la canción de Joan Manuel Serrat” (página 32).

O

“Si hoy escribiera una canción de amor se llamaría Nikita, / se llamaría Sacrifice” (página 113).

O

“Se acercó por la espalda / y me dijo al oído que mi libro / estaría incompleto /si no pongo Electricidad / de Lucerito” (página 87).

Cuando se leen así, los poemas de “Playlist” parecen sacados de un Winamp portátil en modo aleatorio (shuffle). Una especie de listado de MP3 que salta de un lado a otro de la historia musical y la memoria, provocando en el lector sensaciones puntuales y profundas en que se reconoce muchas veces a sí mismo en los pequeños fragmentos de experiencia que se sintetizan en los pocos versos que componen cada entrada.

Y claro, como plantean Andreas Heye y Alexandra Lamont en un paper para el journal Musicae Scientiae de 2010 (“Mobile listening situations in everyday life: The use of MP3 players while travelling”): “Debido a los avances tecnológicos, incluyendo el formato MP3 y los reproductores de música portátiles, la gente ahora puede fácilmente ser capaz de escuchar música para acompañar casi cualquier situación de la vida cotidiana, y escuchar música es particularmente común durante los viajes”.





Heye & Lamont (2010) realizan un estudio en el que concluyen que la música en nuestra era ha copado todos los espacios cotidianos, que con los dispositivos portátiles en los que podemos llevar la música a cualquier lugar, y llevar no unas pocas, sino que miles de canciones, donde sea, han logrado que se produzca lo que Selfe (2009) llamaba “paisajes sonoros” (landscapes) o lo que ellas mismas llaman “burbujas auditivas” (auditory bubbles). Términos quizá un poco rebuscados para significar algo que a todas y todos nos ha sucedido: salir a caminar en otoño con el USB con MP3 enchufado a las orejas y hacer que la música transforme el paisaje de las calles y las gentes, como en un videoclip hipertrofiado.

Porque hay una segunda línea de lectura en la que se puede perspectivar el libro “Playlist”. Ya no solo la capacidad de hacer cortes vitales a partir de ciertas canciones, sino que su alcance colectivo. Yo mismo, en numerosos segmentos de esta obra, me reconocí en las escenas y los escenarios, en los paisajes sonoros de algunos poemas. La música no es solo para uno o una –por parafrasear a Lautreamont–, tiene una dimensión colectiva. En el último número de mi revista científica favorita, la Trends in Cognitive Sciences, se habla de esto. Henry Roediger y Magdalena Abel repasan lo que se sabe hoy de la “memoria colectiva” (collective memory) y detallan como, al igual que en los recuerdos individuales, los grupos y las sociedades disponen de sus hitos y sus recorridos de hechos, y explican que tal como se documentó profusamente desde el trabajo de Miller en los años cincuenta, el recuerdo y el olvido de estos hitos sigue ciertas reglas.

En esto me quiero detener. En una gran mayoría de los poemas de “Playlist” se presentan canciones de los ochentas y noventas. Allí están las ya citadas “Nikita” o “Sacrifice” o “Electricidad”, pero también “Creep” o “Smells like teen spirit”. O “Blister In The Sun” de los Violent Femmes. O “Time After Time” de Cindy Lauper. Canciones todas que pueden aún oírse en los recuerdos de quienes se encuentran ahora en la treintena o la cuarentena. Y es que la memoria colectiva, al igual que la individual, no solo ostenta los efectos de recordar lo más antiguo y lo más novedoso, como descubrió el propio George Miller, sino que son presas del efecto del “salto de la reminiscencia”, del reminiscence bump, un hallazgo reciente realizado por Jansari & Parkin (1996) y que consiste en que recordamos pocos episodios de nuestra infancia, muchos episodios de nuestra adolescencia y juventud, y luego pocos episodios de los treintas y los cuarentas. A las finales, que los momentos quinceañeros y veinteañeros, tal como cantaban “Los Red Juniors”, están poblados intensamente de recuerdos, particularmente musicales. Vuelvo a citar:

“Nada como tocar I Just Called To Say I Love You / en el supermercado un sábado en la mañana, / yo y mi teclado, Stevie Wonder fluyendo por los pasillos / relucientes y atestados de esas mujeres que sostienen el país. / Esas que son mi chica de rojo también, algunas noches, / mis mineras, mi veta maldita” (página 9).

Una última idea y termino. Los estudiosos del reminiscence bump han hallado que estos “saltos de las reminiscencias” son en gran parte lo que permite que existan identidades generacionales. Les propongo un experimento: pregúntenle a diversas personas quién es el futbolista más grande de todos los tiempos. Les aseguro que quienes tienen sesenta, setenta años, dirán que Pelé, los de cuarenta o cincuenta dirán que Maradona y los quinceañeros y veinteañeros nombrarán a Messi. Cada uno de ellos responderá a través de su “identidad generacional”, de su memoria colectiva. Algo que es muy parecido y que es un secreto que guarda este libro de Ernesto González Barnert, no solo un “Playlist” o un “Soundtrack”, sino que un “soundtrack generacional”.









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