lunes, 4 de junio de 2012

6959.- MARCELO DANIEL FERRER


Marcelo D. Ferrer nació el 17 de julio de 1957 en la República Argentina, ciudad de La Plata, Provincia de Buenos Aires.

Es contador público y licenciado en economía además de profesor de literatura.

Los inicios como escritor datan de 1985 al iniciarse como asistente de la Revista Notarial del Colegio de Escribanos de la Provincia de Buenos Aires (Revista Técnica Notarial con sección cultural).

Allí publica ensayos, poemas y cuentos cortos con el seudónimo de Mc Litton, esta tarea se desarrolló durante tres años. Gana concursos literarios del Gran La Plata y de la propia revista.

Durante la década de los 90 suspende su actividad como escritor y se dedica plenamente a su trabajo como contador público y licenciado en economía. No obstante, publica esporádicamente algunos escritos en diarios de su ciudad, La Plata.
Su primer libro se editó en septiembre de 2001, "Poemas, historias y reflexiones". Centegraf. Con el asesoramiento de Estudio Qubbus de La Plata. El mismo se encuentra en su segunda edición, última que autorizará su autor. Su segundo libro fue editado en 2002, una edición limitada de Editora Nuevos Aires, Argentina; "Poemas de encuentro y desencuentro". Se encuentra en imprenta el primer libro de cuentos y relatos, estimándose su presencia en el medio para comienzos de 2006.


Adiós

Salpicados de gotas
Que lloramos por dentro,
Envueltos en silencios,
¡Insaciados de sentimientos!
Nos dijimos adiós.

Cruel esquivo al que la vida nos sometió...
En una absurda mascarada,
Devorábamos al tiempo,
Y el tiempo,
Vengativo,
Nos devoró.






Amanecer de una pena

Hoy amaneció una pena
Meciéndose entre el olvido y la nostalgia...
Se asomaba con vértigo a las grietas de mi corazón
Y se levantó conmigo de la cama.
Su presencia agudizó la bruma de la mañana.

Como un mítico agujero negro,
Absorbió todo: olores, sabores
Y hasta el canto de los pájaros que,
En trino bajo murmuraban,
De esa pena fugada
De la ciudadela de las ilusiones vanas.

Cuando amanece una pena
De inmediato se instala en la mirada
Como velo de mujer en luto luego de una desgracia.
Y ahí se queda sin decirte nada,
En vigilia por las noches... silenciando las mañanas.
Luego, repentinos soles le van pintando la cara
Hasta que al fin se marcha.

Algunas penas son fatales, te desgarran el alma
Y la cura es muy, muy larga y amarga.
Otras penas son fugaces como el recorrido
De una pequeñísima lágrima.

Las peores son las que dejan marcas
Como secuelas que siempre te acompañan,
Que patológicamente, ahora se marchan
Y otrora regresan para entristecerte el alma.

La que amaneció hoy se paraba en la puerta de mi casa,
Con sus ojos rasgados y suavidad de palabras,
Jugó a la ilusión y ella misma la creyó,
Jugó al amor y en pena lo convirtió.






Amor y distancia

Mi sur te imaginó desde un sueño
Que plácido elevó su libido para buscarte...
Ahí, donde el azteca adora a sus dioses,
Me elevo a tu norte para adorarte.

Tierras aztecas de sacrificios y alabanzas,
Te buscan mis ojos en la inmensidad de esas pampas
Que tienen al águila en su bandera como estampa.

En este espacio infinito donde las formas son letras,
Y el corazón se arrasa con el poder de la palabra,
Acuño esperanzas en cada charla.
Te siento, te veo, te toco
Marcho a tu encuentro inundado de vos
Cuando cierro mis ojos,
Y me elevo etéreo cuando te invoco.

Con el amor, suceden cosas extrañas.
Se derriban fronteras y se devoran distancias...
Pero son los sueños los que alimentan la esperanza.

Por eso, mi amada... luz lejana:
Búscame en tus sueños a los flancos de tu falda,
Sosténme la mano firme y no la sueltes por nada,
Que si es amor esto que nos pasa,
Esta fantasía que anuda nuestras almas,
Unirá nuestros cuerpos la mañana de un día.






Amor y pubertad

Más allá de la ventana, el trigal...
Con sus nostalgias de pre mocedad.
El viento mece las espigas
Y olas amarillas van y vienen
Con sincronizado desdén.
Las pajosas cabezas de los espantapájaros,
Como puntos de i,
Asoman imperturbables su eterno silencio.
Un metal imita mi queja, preso del molino
Que debe su vitalidad al viento.
Alguien lo puso ahí hace tiempo
Al quitarlo de un yelmo...

La ventana da a un huerto en torno a un sauce
Donde en desveladas noches de reposados aires
Iban mis padres a abanicarse.
Tras el banco bajo el sauce,
El portal que da a la calle.
Hay voces tras la cerca rememorando romance.
Vereda abajo, los matorrales.

De un espantapájaros era amigo;
Y junto a él, pasaba mis horas de niño... abstraído.
Él me conversaba con sus brazos extendidos
Dándome consuelo hasta haberme dormido.
Mi empajado amigo, la tarde de aquel domingo,
Rumbeaba junto a mí por la hondonada de los olivos.

Domingo verde de olivos y mar.
Ojeada fugaz que en un remanso del alma hubo de anidar
Cuando sus ojos de jade dispúseme a mirar.
Y cobró vida la huella tras el portal,
Y calle abajo... cobró vida también el matorral.

Como el molino que ama al viento aunque esmerile su cuerpo,
Amo a la profana del paso procaz,
Que se llevó mi puericia para siempre jamás.

Y de jade fueron los paisajes de mi ventana hacia el trigal...
Y la cerca, a la calle; umbral del cielo al verla llegar.
De pronto era un pez en su colosal mar;
De pronto ahogado en un charco junto al ventanal.
De pronto apabullando los jaramagos del matorral;
De pronto invisible a su dulce mirar.

Niñez frugal que partió de sus labios
Con el rumbo incierto del amor fugaz...
Pero anillado de escamas como un pez de mar,
Sigo preso en su mirada que a veces vuelve... otras, se va.






Amores olvidados

Cuando el tiempo tenía alas
Y se nos volaba de entre las manos,
¡Oh Dios, cómo añoraba estar a tu lado!

Tu energía me desbordaba,
Tu voz me acariciaba sin que dijeras nada,
Y tus labios, tus labios y tus manos.

Desde ti y por ti, el amor se ocupó de mí,
Mas él se resignó en nosotros
Cuando ambos dejamos de apreciarlo.

Cuando decidimos rescatarlo,
Sin aviso se había marchado,
Nunca dijo qué caminos había tomado.

Los dos nos quedamos inmóviles y desamparados,
El amor, ¡nuestro amor!, había terminado.

Cuando el compartir dejó de ser nuestro espacio común,
Y errantes paseamos el alma por el mundo,
Un solo segundo fue demasiado.
Hasta la presencia era ausencia
Y las miradas sólo indiferencia.

De qué sutil modo nos abandonamos,
De qué cobarde modo nos resignamos.

Como mendigos ahora estamos,
Buscamos el amor cada cual por su lado
Muy tarde tomamos nota
De que aquel amor que se nos fue,
Nos ha dejado un recado...

"Benditos quienes valoran el privilegio de amar y ser amados y
Que, a pesar de las tormentas, se mantienen amarrados".







Arpegios en sinfonía

Auroras vespertinas
Que preludian osadías.
Brisas celestinas
Componiendo melodías.

El sol cultiva caricias,
Viste la tarde fantasías.
Arpegios en sinfonía,
De dos almas en armonía.

Sostiene el diapasón
La epidermis unida,
Mécese con la sinfonía
Tu cintura y la mía.






Atuendo otoñal

Como suspiro de golondrina,
Que llega, reclina... y emigra,
Expiró el verano.

El otoño despliega sus opacos paños,
Matizando de ocre florecidos prados...
Renegado encuentro con los nódulos palpables
Del paso aletargado de incromáticas tardes.

Al fenecer la veraniega fiesta,
Se desviste la naturaleza en agonía lenta,
Sumérgese bajo la tierra su grandilocuencia
A elaborar toda materia para la vida nueva.

Se repliega la naturaleza y se espabila la pereza
Fuera, la ajena soledad de las hojas muertas
En su póstuma misión de nutrir la tierra.
Dentro, renace la inquina fulgurante
De un verano que se lleva el siestero
Y el plácido despertar asido a un mate.

El Oste sopla el agobio... se renueva el aire.
Una danza otrora aletargada ahora es danza alocada
De paños inquietos en la sala de estar.
La cerveza fría
Cede el paso a un té caliente y frugal...
Y el romancero de grillos, lunas y pastizal
Es ahora tenue zumbido de viento otoñal...

Expiró un verano de noches tibias,
De charlas junto a la alberca y remojón lunar...
De morenos rostros y pieles puestas a broncear,
De algazaras espontáneas e hilaridad
En el sur,
Un año más ha dado de comenzar.







Besos en labios del adiós

¡Hasta que nos volvamos a ver!

Frase del desgarro amoroso
Repetida de labios en besos del adiós
Y adiós es eterna resignación,
Soledades que invaden contornos
Anochecidos en caricias,
Cauces opuestos naufragados de pasión.

Dudas en el alma siembra el adiós,
Cóctel de añoranzas,
De vacíos extraños al quedarme sin vos.
Si al extender mi mano pudiera tocar tu amor
Y modelar tus labios en besos de encuentro,
Sería yo del leve viento hacia tu candor...

¿Qué daría por un segundo más antes del adiós?
¿Qué daría por esa ración de ti
Que decapita soledades de la carne
Elevándome al cielo en alma y corazón?
Qué daría por la pizca eterna que encierran tus silencios,
Por un trozo de la magia que retuerce entrañas
Y musita palabras no pensadas...
Qué daría por el regreso a la tibieza de tus brazos
O de nuestros pasos descalzos a la habitación.

Vacíos poblados por la desazón.
Luego,
El adiós.







Bosque

Colábanse fantasmas en la espesura.
Soledad con vida de pájaros multicolores
Abrigados de verde monte, de húmedos olores.
La brisa hurgaba grietas para fastidiar hojas quietas
Y era llovizna la cenicienta caída de hojas muertas.

Poblábase el suelo del laborioso instinto urgido de invierno.
Ejércitos diminutos hendían patas haciendo sendero,
Cada cual en su propio juego.
Expansión desbordante,
Casi oculta para la vista de este caminante.

Permanecí inmóvil, mudo... etéreo,
Apenas rozando el suelo.
Concentré mis sentidos en el inaudible suspiro
De la naturaleza modelando paisaje,
Y en lentas secuencias aprecié la función discreta
De una vareteé de artistas de la belleza.

Hice capital del prodigio de tanta tibieza.
Ensanché el alma y expulsé el engendro de la indiferencia
Ahondé la superficie de la mera corteza
Y elevé mis sentidos a la sencillez de tanta grandeza.

Aquí, rodeado de la nada palpitante
Suelto el pasamano del pudor urbano,
Me libero de destrozados asfaltos
E inarticulados semáforos,
De vegetales deshidratados y peces congelados,
Del deambular apesadumbrado de ánimas sin sombra.





Caricias

¿Te han acariciado sin rozarte la piel?

Irradia el ser destellos,
¿Humanos?
Inmanejables... irrazonables.
Suspiros enérgicos del material...
Del que está hecha la vida.

¿Qué insubordina tanta magia dormida?
¿Borrascas de otras vidas?
¿Es la sabiduría del alma
Irrumpiendo la monotonía?

Inanunciado anónimo segundo
Que une el origen y el fin y el todo
Desbordando destellos
Que decapitan las astas agudas
Del portal de la piel.

Brilla la mirada
Se tensa la palma morando su entraña,
No roza sustancia.
Acelera el ritmo el pecho...
Se detiene el tiempo.
Alguien,
Lejos,
Toca tu cuerpo.






Carta a Macarena

Hace algún tiempo, movida por esa recóndita ternura que te pertenece y que de tanto en tanto nos recuerda que no somos un mero mecanismo de supervivencia, me pediste que escribiera algo dedicado a ti. Desde aquel momento, ha transcurrido un tiempo perdido en estériles intentos de reconciliación, que fueron diluyendo aquella necesidad de sentirnos cerca. Por mi parte, he de decirte que los surcos que con tu lava de amor hendiste en mí, guardarán siempre su destino de paisaje.

Se ha dicho alguna vez que es al recuerdo donde viajan más a menudo los distraídos. Como tú sabes no hubo ni habrá, seguramente, uno mayor que yo, que de tanto en tanto, se suelta a navegar océanos emancipados de olvidos.
Será por eso que bastante tarde o muy de madrugada -que es lo mismo-, cuando me he sentido algo huérfano, he renovado mi alma con tu imagen en mi recuerdo.

Así, al comienzo de un nuevo día, he sentido reiteradamente tu voz... tu risa. Aunque a la luz matinal, y luego del descanso que me permitiste, haya buscado afanosamente convencerme de que sólo se trató de un bostezo, o si es más fino, un sueño.

Eso de soñar siempre me pareció un poco viejo, sabiendo para mejor que los sueños no se dan siempre, pues tienen su origen en la timidez del alma y la timidez del alma no es otra cosa que postergar dosificadamente, o a veces para siempre, la intención de modelarse para uno mismo, una vida más o menos linda.

Cuando analizo fríamente tu fenómeno en mí, descubro a la persona por quien he reído y por quien me he lamentado un sinnúmero de veces... pero por motivos distintos a la gran mayoría de las veces. Te he sentido solitaria, melancólica, triste... incluso ansiosa. Siempre te mostraste ante mi alegre y prolija; admitiendo pequeñas vanidades y chispas viciadas de miseria; algunas ajenas, la mayoría, mías.

Te admiro por eso, pues quien quiera que decida detenerse en ti, como lo hice yo, encontrará a la persona que le agrada y que es como el fuego que purifica al hueso.

Si acaso nadie se detiene con la dedicación que puse yo, no sientas pena, no eres tú. Te diría que muchas personas piensan que sólo su piel es la que duele. Ciertamente, a esta ceremonia del vivir generalmente concurrimos pocos, ya que cuando la luz se enciende, se encienden las ideas y la gloria del espíritu, y muchos deambulan peleados con su espíritu haciéndoles faltar a las citas.

Es que somos tan absurdos, vos, yo y en general todos, que de tanto temer una derrota, ni nos atrevemos a intentar el juego de jugar. Pareciera que sólo hemos aprendido de nuestros mayores a fingir para vencer -¿a quién?-, a custodiar nuestro territorio individual... ¡En fin!, a no darnos casi nada.

Aquí y ahora te diré que me esfuerzo para que no me importe tanto mi piel.
Quizá porque he comprendido vagamente cada mensaje o porque guardo bien nuestras experiencias.

Estoy y seguiré, porque tengo un mundo que conocer -aún faltando mutuamente a la promesa de conocerlo juntos-. Pero es que gracias a ti he almacenado la suficiente sensibilidad como para advertir que la primavera todavía perdura a mitad de la existencia y seguirá estando luego y después. También por ti desmenuzo ahora las arenas del verano o saboreo las delicias del mar que reposa en mis labios. Aunque lo más trascendente sea el que hayas logrado que pueda remontar las cuestas del otoño para resurgir después, victorioso, de mis inviernos interminables.

En homenaje a nuestros días, a lo que conservo de ti y lo que tú te llevaste de mí, te propongo que un día cualquiera nos encontremos.

Que ese día, volviendo sobre nuestros pasos, demos vida a los momentos que bañamos de esplendor. Para ello, elijamos un día especial. Podría ser, si te parece, el 31 de abril de algún año de este jamás insuperable... Así, acaso, nos quede la tranquilidad en el alma al saber, que nuestros pasos de pétalos existirán siempre, aún cuando no tengan para su encuentro un día que figure en el almanaque.






Cuando me vaya

Llegará el día en que me vaya.
Que nadie sienta pena en mi despedida,
De nada puede jactarse la muerte,
Cuando es de quien ha gozado tanto la vida.

Si algo de mí habrá de quedar
No existirá un final,
Ella sobre mí no ha de triunfar.

Por ello, con extremo cuidado marqué
Las huellas de mis pasos,
Para que cuando ya no esté,
Volviendo sobre ellas hallen lo que aquí dejé.

En un lugar en el medio del todo,
Donde late el amor y se quiebra el odio,
Queda la simpleza que puso a mi alma
En concupiscencia con otras almas.
Quien la descubra,
Podrá ver su mirada en otras miradas,
Su risa en el común de las risas,
Y en las miserias ajenas sus propias fallas.

Para quienes transparenten su corazón
Y no teman rasgarse la piel con las vicisitudes del amor,
Queda aquí la dicha de ser amados con pasión.

Dejo señalado el camino a la esperanza
Para quienes anden por el mundo con una sonrisa
Con el poder de conquistar en otros su risa.

Para quienes vengan detrás de mí
Hasta el umbral en el que se escurre la vida,
Dejaré señalado el sendero del amor
Como prueba de que sí existe Dios.

Y para quienes pierdan la alegría por no interpretar
Con simpleza las cosas de la vida,
Dejaré marcado el sendero que les quite la decepción,
Y sepan que sí hay una razón para alabar al creador.

Como la felicidad es al fin una decisión
Y con sólo proponérselo se alcanza tamaña bendición,
Queda aquí el coraje que doblega toda frustración.

Finalmente quedará también aquí
El sutil modo en que me hablaron los sentidos,
Que inspiraron los versos
Que con ustedes he compartido.

Como nada de lo que dejo lo dejo escondido,
Quien lo quiera lo tendrá consigo,
Entonces
Habré vencido.






Cuerpo y alma

Inesperadamente, en un oasis luego del placer,
Me preguntaste sobre lo importante:
Esa impredecible forma en que alguien
Trasciende las sensaciones del cuerpo,
Y con la pureza que tiene lo bello,
Enciende en nosotros un fuego.

A veces quedo sin palabras
Y parecen eternos mis silencios.

Hace tiempo, cuando sólo eras un presentimiento
Y nada más podía vislumbrar en letras tus pensamientos.
Mucho, pero mucho antes
De que empaparas mi alma con lo que ahora siento,
Me hiciste la misma pregunta que respondí,
Como ahora, con un silencio.

¿Cómo explicarte un sentimiento?

Hay sensaciones que enmudecen los labios
Y estallan dentro con la fuerza
De una revelación que nos invade el cuerpo.

Nacen donde tú dices,
En lo profundo del corazón.
Y son simples y nobles sentimientos
Que escapan de todo entendimiento.

Ahora, al caer la tarde, te pienso.
Te renuevo en mi mente
Con la piadosa aspiración de volver a tenerte.
Encontré la respuesta que antes remplazó el silencio.

No hay una división entre mi cuerpo
Y lo que tú has puesto en mi corazón.
Es imposible separar tus labios
Y mis labios del beso que desde
Lo profundo de mi ser te doy.
Desearte desde los impulsos incontenibles
Que nacen en el instinto del hombre que soy,
Es también desearte con la pureza que ahí puso Dios.
¿Cómo podría separarte en cuerpo y en alma,
O entregarte mi cuerpo y no darte mi alma
Sin dejar de ser lo que por ti soy?

Todo tiene una explicación,
Hasta este sentimiento que nació
El día que tu cuerpo se apareció.

Tan seguro de esto que te digo estoy,
Que cuando el tiempo pase dejando sus marcas
En la piel y en los huesos de nosotros dos,
Te seguiré queriendo
Con la misma firmeza que te quiero hoy.

La respuesta es simple:
Es amor... amor.






Culpable

Se rompió de manera irrecuperable
Y lanzó sus trozos insondables.
En sus ojos estaba el deseo
Y le obsequié la catarsis.

¿Cuánto de propio daño?
¿Cuánta fue mi carga?
¿Cuánto el arrumbe de los años
Cáusticos penando en solitario?

Se dejó ir.
Vomitó acuciantes prejuicios.
Los espetó con el viento a favor.
Tiró a mansalva; ¡para matar!
Y se hirió de muerte.

Gesticuló incoherencias del resentimiento de la razón
Y el mal humor de verse por años sin solución de continuidad
Fue un cristal roto.
Blasfemó al universo y a su dote molecular...
Pero no lloró.

Al fin, puso a cada culpable en su sitio:
A los que sesgaron sus talentos para fracasar,
A los que silenciaron sus gemidos para que no molestara más,
A los que le dieron placebos para que se dejara estar...
A todos ellos... y a uno más;
A quien no la supo amar.






De rectas y codos

Codos...
Quiebres excelsos llenos de majestad.
Laterales coros inspirando antojos,
Poblados entornos de excitante vanidad.

Codos...
Ilesas caídas del limbo de los sueños tontos,
Angelicales soplos sobre mis pómulos.

Rectas...
Horizontes lejanos,
Horas de repetidos llanos,
Plomizas y enredadas horas en vano.

Recta...
Línea inerte,
Trazo fino hasta el día de mi muerte.






Dejarse llevar

Si la tarde cae o se levanta,
¿No da igual?

Hay razones pensables
Para que esta bella soledad
Sature de encantos esta tarde
Y su pausado andar.

La espontaneidad arrasa
La consistencia del tacto,
Se masifica el espíritu
Con la tarde que apenas cae.

La penumbra nos borronea la vista,
En abstracto, se conectan las almas,
Tu vestido... mi camisa,
Comienza el dulce juego de caricias.

Si soltar pasiones es fusionar en éter corazones,
Piel, pollera y pantalones
Que dormiten fuera los rosales
O que el tilo mude sus amarillos invernales
Que anochezca
Que amanezca
Que se sature el aire del roce incansable de tocarse
¿Hace eso la diferencia al expresarse?

Fusionar y dejarse llevar...
Calentar el aire y flotar,
Buscar una huella en tu cuerpo
Y comenzarla a andar...
Amarnos en esta tarde de caída leve pero magistral
Hasta que el ángel de esta tan complaciente soledad
Nos diga que hemos a la tierra de regresar.






Desencantos

La imagen se hizo vidriosa y se desplomó.
(Mudos despojos estallaron vanos).

Gira y se marcha
Pero se queda.
Se sienta, se para, se pasea.
Se dobla, se abraza...
Blande unas lágrimas consabidas
Y detiene la inercia para mirarse.

Hiel que aspera labios,
Desencanta, enajena
Somete...
Devora enzimas de integridad.

¡Brumos de espanto!
(En una conciencia imprecisa).

Así,
Sórdida en conjeturas
E inhábil de manos y de labios,
Se escruta adivinando
Para rendirse
Sin decirse nada,
Hablando.

Y como suave y dispuesta mejilla de santo,
Resigna sus encantos y se retrae...
Se apea de la vida en el andén de la muerte
Para ver pasar laxas todas las horas siguientes.






Despedida

Y por ese sendero
Donde nuestro amor juramos
Volveremos a caminar...
Sin tomarnos de la mano,
Mirando hacia abajo,
Casi sin hablar.

Donde la naturaleza viva
Con su canto
Querrá hacernos soñar.

Pero lo que antes dijimos
Ya no se repetirá,
Pues no somos los mismos
Que antes por aquí pasaron,
Sellando con un beso,
Lo que hoy destruimos
Sin ni siquiera hablar.





Despertares

Una musa sisea en los árboles
Canto de despertares.
En sus capullos
Los crisantemos perfuman el aire.

Las aves dejan huella en consortes viajes.
Con sigilo
Mil ángeles colorean paisajes.

La tierra bulle bajo el tibio sol de la tarde...
En reverde romance
La vida hace su alarde.

Plenitud y despertares
Como fauces voraces,
Igual que mi suelta boca
En tus labios procaces.









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