domingo, 20 de mayo de 2012

6888.- CÉSAR ROSALES


CÉSAR ROSALES
Poeta y escritor argentino, nació en San Martín, provincia de San Luis, el 28 de marzo de 1908 y murió en el año 1973. 


Razones de orfandad lo obligan a alejarse tempranamente de su tierra natal.

Cursó sus estudios primarios, secundarios y de letras en su provincia natal, Bahía Blanca y Buenos Aires. Publicó sus primeros versos en un diario de Tandil (Prov. de Bs. As.) en el diario Nueva Era. Fundó el periódico El Imparcial, en Médanos, al cual dirigió hasta 1936. En Bahía Blanca integró el grupo fundador y redactor del periódico literario Voz Nuestra. En 1937 se radica en Buenos Aires, donde realizó s obra total. Desde 939 empieza a colaborar en el suplemento Literario de La Nación, y mantendrá hasta el fin de su vida su puesto de colaborador y redactor del gran diario metropolitano. Fue jefe de Prensa de la Universidad Nacional de Buenos Aires. Tuvo a su cargo la cátedra de Historia de la Literatura en la Licenciatura de Historia del Arte que se dictó en la Internacional  Art. Center.

Dictó cursos y seminarios en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires; en Institutos Universitarios argentinos; en sociedades de autores y en numerosas entidades culturales. Publicó escritos en la revista Columna y en la revista literaria "El 40", donde integró como fundador el Comité de Colaboradores junto con Alberto Ponce de León, Juan G. Ferreira Basso, León Benarós, Roberto Painé y Martín Alberto Boneo.  

Este lírico es autor de los siguientes libros de poesías:

OBRAS PUBLICADAS (poesía)
“ Después del Olvido”, 1945, Premio Municipal de Poesía de la Ciudad de Buenos Aires y Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores. Fondo Editorial Sanluiseño, Dirección de Cultura de la Nación.
“ El Sur y la Esperanza”, 1946.      
“ Oda a Rainer María Rilke”, 1946.
“ El Exiliado”, 1952, Cuaderno del Unicornio.
“ La Patria Elemental”, 1953, Buenos Aires.
“ Vengo a Dar Testimonio”, 1960, Obtuvo el primer premio Municipal de Poesía  de la Ciudad de Buenos Aires.
“ El Cristal y la Esencia”, 1966. Editado por la Filial SADE, de La Rioja, con dibujos de Fallabrino.
“ Cantos de la edad de Oro”, 1966. ( Gran Premio Nacional de las Letras de la Ciudad de Necochea 1968, instituido por la Subsecretaria de Cultura de la Provincia de Buenos Aires.
"Libro de Piedra", 1966, Ed. por la Filial S.A.D.E. de La Rioja.

OBRAS PUBLICADAS EN PROSA
 “ Poesía y Profecía”, ensayo, 1964, Ed. Universidad Nacional de Córdoba.
“ Vicente Barberi. Vida y Poesía”, ensayo biográfico y crítico, Ediciones Culturales de la Subsecretaría de Cultura de la  Nación.( Mención Especial Concurso Nacional de Letras).
“ La Rapsodia Porteña”, 1989, Ed. Fundación Banco Boston, ensayo sobre la poesía Argentina con temática porteña, desde sus orígenes hasta nuestros días.
 “ Tres Arquetipos Argentinos” (Sarmiento, Hernández y Lugones), 1999. Fondo Editorial Sanluiseño, Dirección de Cultura de San Luis.
“ Los Orígenes Mágicos de la Poesía”, Teoría y Creación. Ensayos 1999. Fondo Editorial San Luis, DCS*

OBRAS INÉDITAS- PROSA (Prensa)
 “ Temas y Figuras de la Poesía”, ensayos

OBRAS INÉDITAS - VERSO
 “ Duro Tiempo, Duro Amor”
“ El País como un Halo”, Cantos Nacionales

Durante muchos años César Rosales fue publicando trabajos de crítica literaria en órganos periodísticos y en revistas especializadas. Este autor figura en varias antologías del país y del exterior. Poemas suyos han sido traducidos al alemán, al francés, al inglés y al portugués.

Los escritores de San Luis son deudores de su empuje para la creación de la Filial San Luis de la Sociedad Argentina de Escritores, en 1965. La muerte llegó  sorpresivamente para César Rosales, poco después de un viaje a su provincia natal, el 18 de diciembre de 1873. "La Nación", en sus artículos, dio testimonio de la grandeza humana de su colaborador de tantos años, y de la pérdida que para las letras argentinas significó el silencio definitivo de quien se ganó el derecho de figurar entre los más lúcidos artistas - testigos de su tiempo.

Este autor puntano, poseedor de las buenas y nobles virtudes de la gente del interior, llegó a ser conocido y considerado en los círculos intelectuales de Buenos Aires, pero no ocurrió lo mismo en su provincia natal, hasta antes de su fallecimiento. En esto influyó sin duda su temprano alejamiento de San Luis, antes de que comenzaran a publicarse las primeras manifestaciones de su creatividad. Hoy, es un reconocido y querido representante de la cultura sanluiseña.








LAS HOGUERAS


Los hombres de mi tierra realizan por el día
Duras labores y al anochecer
Encienden unas matas secas,
Unos leños roídos y nudosos como sus manos.

En la hora serenísima
Florecen las hogueras
Y en sus ensortijadas cabelleras rojizas
Flotan en la esfumada lejanía del monte,
Y a medida que el límite de añil se oscurece
Asumen la figura de incandescentes zarzas
O de hiedras purpúreas que aprisionan
Un tenebrosos muro.

En la noche salvaje
Brillan como sortijas a cuyo alrededor
Descansan los pastores, los mineros
De tez cobriza, plácidos labriegos,
Y esos hombres errantes que en el semblante llevan
Acumulados todos los repliegues
De la montaña saben el secreto
de dorar en las brasas un fragante manojo
De carne – un recental o un ijar  de ternero,
Mientras el fuego torna más grave la quietud.

Alguien vela después en el sopor nocturno
De pie como un soldado a la orilla del sueño,
Custodiando la paz del campamento
De donde por momentos se desprende un mugido,
Un roce de pezuñas en las piedras,
El chasquido de un leño que se quiebra
En el ojo de cíclope que oscila y humea
Poblando de titánicas vislumbres
La oscuridad.


El marsupial entonces
Huye a las madrigueras arrastrando su saco
De tela gris, y el puma que suele merodear
Por los alrededores abandona
Su señoría y vuelve medroso a la espesura
Como un rey primitivo que plegara su túnica.


A la distancia, lejos, las he visto brillar
Como incrustadas en el seno mismo
De las rocas, y quedan sus estrías
De tal modo grabadas en el lóbrego
Pabellón de la noche que parecen
Esos viejos tatuajes con que los habitantes
De un reino elemental adornaban el bronce
De su piel: rojos signos de una escritura arcaica,
Inscripción indeleble que una raza
Idólatra y sufriente
Labró como homenaje de su sangre.
A un dios inmemorial.


Alguna vez también he acercado mi rostro
Al ardor de esa lumbre; alguna vez
He tejido con ramas de resinosa brea,
Con arbustillos secos de la sierra,
Una guirnalda crepitante, un círculo
De grandes palmas, cálido y sonoro,
A cuyo resplandor he sentido vivir
Una edad olvidada, un tiempo tan antiguo
Como el terror, surcado por oscuras deidades;
El corazón de un mundo cada vez más lejano
Que late allá, perdido entre las breñas
Del oeste natal.












El Lagarto


Es la piedra, la escama,
la costra de la piedra,
la piedra ya cansada de ser piedra
que se puso a llorar.


Mira el lagarto,
su vieja cobertura recubierta
de verdín y de herrumbre.
Mira sus tristes ojos desolados
como turbios cristales
en los que a veces tiembla
una espada solar o un irisado
arbolillo de lágrimas.
Son los huecos roídos,
los agujeros tétricos por donde
parpadea la piedra.


Mira ahora sus lúgubres escamas
que el estío enrojece,
su coraza marchita,
sus anillos resecos y gastados
de rodar en el árido esplendor de la piedra.


Y sus patas, manojos de furias oprimidas,
minerales racimos,
formas petrificadas de un sombrío tormento
o vestigios tal vez de algún aciago
cataclismo, vestigios
arrojados antaño del removido fondo
de un círculo de fuego; míralas,
rugosas y seniles, esculpidas
sobre un friso de rocas.


Es la piedra cansada de ser piedra
que se puso a llorar, porque la piedra
quiere vivir.
Escucha.


En el mundo rupestre donde mora el lagarto
la piedra estaba sola,
atónita y desierta,
como un talud en medio del páramos o acaso
como un ara sin lumbre todavía,
anterior a esos dólmenes que los antepasados
veneraron.


En vano
durmió siglos inerte, replegada
en su tiniebla pura,
como una larva eterna desprendida
de la noche geológica,
esperando el sonido, la forma, el movimiento,
un latido esencial.


En vano –ay- ha esperado
a aquellos que erigieron las grandes catedrales
sobre cuyas columnas la eternidad reposa
y a los que con un mágico instrumento
animaron los torsos de bellas esculturas
y a quienes, más humildes,
construyeron moradas alegres para el hombre.


Por eso, porque todo
quiere vivir, la piedra que yacía
como un astro caído, como lápida rota,
comenzó a levantarse vagamente,
y después de violentos y oscuros avatares
quedó un día tallada para siempre
en un pétreo animal.


Oh, no lo adornes
con estentóreas alas
ni le ofrendes los secos
manjares de tu olvido,
como a una momia envuelta en mortajas lunares.
Es la entraña, la escama, la espuma de la piedra,
su temblor, su deseo,
el sueño ensimismado de la piedra que llora,
su flor de áspera nata segregada
del antiguo sopor.


Por él anda la piedra, sonámbula, puliendo
sus nocturnas aristas
a través de las grietas y el musgo de los troncos,
y por sus tristes ojos orlados de inocencia
mira un remoto abismo de terror y misterio,
todo el pasado ceniciento mira,
lo extinguido, lo yerto,
aquello que no pudo resonar en la piedra.


(en “La Patria Elemental”, Fondo Editorial Sanluiseño)










Oda a Rainier Maria Rilke


Habitado por esa atmósfera que sobrevive
a la sombría tempestad, cuando algo denso
como el pulso del mar o el arpa de la selva
resuena desde lejos en nuestros corazones,
cuando algo hay que desata sordamente su furia,
propaga su elemento de azufre, como un agua
de peces desgarrados, como un viento de espadas
cuyo clamor desborda las fronteras terrestres,
cuando algo atroz predice que más allá de todo
una gran sinfonía de nieve nos sepulta.
Circuido de ese clima, oh, huésped solitario,
tú alumbras las áridas lunas de la tierra
con un lirio anegado, sin armas y sin perros,
entre dos hemisferios de borde alucinante
desesperadamente repartido y herido.
Con aire de tenaz despedida, coronado
de magnífico duelo, tenías la apostura
de un ciprés musical desfalleciendo
entre lanzas moradas; tu frente como un cirio
temblaba sobre el agua funeral del otoño,
inclinada, con esa postrera palidez
de las flores tocadas por sudores nocturnos.


¿Qué lumbre inmemorial, qué ceniza de ausentes
lejanos, qué pesadas cabelleras de espanto,
renacían de un limbo de remotas comarcas,
brotaban como larvas secretas de tus sueños?
¿Qué sonidos amargos subiendo por los tallos
de una inmolada sangre, qué oprimidos lamentos
denunciaba tu canto viril y melancólico?
Dejadme que recuerde para decir que he visto
una llama perdida en medio de la duda,
del olvido y la injuria, una llama numérica
modelada de símbolos, tremolando en las naves,
como un mensaje antiguo,
como un alto fanal venciendo la tiniebla.
Dejadme que recuerde para decir que he visto
a un héroe desolado cantar en el naufragio,
remontar un velamen de blanquísimas alas
sobre un planeta ciego, yo lo he visto
navegar dirigiendo un coro de delfines
y caballos dormidos bajo el agua enlutada.
Yo vivo y rememoro tu soledad sonámbula
a través de los campos sobre el marfil del trigo,
a través de estaciones sin trenes, a lo largo
de los caminos, de los ríos ebrios
de resonante barcarolas, entre vinos
lacustres, entre pescadores
que regresan cantando relucientes de escamas,
entre mujeres llenas de abejas estivales,
de encendidas campanas... Y en un orbe distinto,
por túneles de angustia,
por esos arcos rotos que separan las manos,
por ciudades decrépitas,
donde una herencia secular se extingue
en ominosas aras, allí donde
en negros festivales con máscaras risueñas
los pálidos verdugos del alma disimulan
sus fervorosos túmulos de harina,
de palomas, de niños y corderos,
y una trémula estela de corales convulsos
humedece las uñas y la cal y se enfría
bajo copas quebradas y lánguidas ojeras.


Entre este acontecer de cosas transitorias,
mientras un ángel triste presidía el cortejo,
temblando en la azulada raíz de tus vigilias,
bajo el dolor y el limo, bajo el humo y la dicha,
como una gema inmaculada, como
una dura semilla tu canto germinaba.
Insomne, como un árbol cuajado de luciérnagas
fosforecía hundiendo los légamos de sombra,
derramaba la copa sonora y taciturna
y su potente vino disolvía la escoria,
soterraba membranas nocturnas en las ruinas,
reverdecía el musgo y el polvo funerario,
destruía las arañas en sus nidos,
apagaba la orgía.
El traía la rosa perenne, la columna
de invulnerable mármol, la plural confidencia
y señalaba el norte de perfil sumergido.
Opulentos piratas con agudo sigilo
sepultaban cuchillos bajo una hoja de malva,
y monarcas roídos de molicie y herrumbre
condenaban un libro,
decretaban la caza del ruiseñor y el ciervo
y en ámbitos suntuosos
expurgaban errores capitales
oyendo de rodillas viejas admoniciones.
Pero tú sollozabas entre el mar y el desierto,
cavador de misterios, desnudo y lacerado.
Sedientos dromedarios llegaban con la noche
y bebían el cáliz perplejo de tu sangre.
¡Ay! la voz que inquiría tus antiguos terrores
era un espejo yerto que te negaba el rostro.
¿Quién podía impedir que las cosas más simples
rodaran a un abismo de inefables sucesos?
Un capullo de lana podía ser un dardo
y el gemelo de nácar tu propia calavera;
el pan era una esfera de vidrio y se quebraba
y el carbón naufragaba en la boca dormida.
Un fragmento de carta mutilaba un secreto
para el cual no existían alcobas inviolables.
Una cifra podía crecer sin detenerse
y no tener lugar en el haz del cerebro.
¡Oh miedo de dormir en un lecho de piedra
y el temor de decir lo que tanto se teme!


¡Ya estabas en la inmensa soledad del invierno
con un lirio apagado debajo de la escarcha!
¡Ya tocabas el borde de un territorio anclado
con un reloj sin pulso en la arena del tiempo!
Y eras, como en el sueño de tu lenta agonía,
un número de muerte entre infinitos números.


(1940)








TESTIMONIO


Antaño, cuando niño,
Buscaba por el campo frutos de albaricoque,
Seguía el vuelo de las mariposas
Y después, con la cara encendida,
Me acostaba a la sombra de los molles;
Otras veces mis manos recogían
Caracolillas cuyas espirales
Parecían sonar con un lejano ruido
De agua de mar, o bien
Arrancaba esos airosos penachos
Que adornan las barrancas de los ríos
Y hacía con ellos blancos espadines,
Frágiles abanicos...
                                ¡Y era feliz!

Mas tarde, la nostalgia,
La juventud en las tristes arenas,
Cerca del mar; el viento como un canto
Desolado; las noches de ardiente soledad
Con repentinas grietas por donde aparecían
Un hueso de caballo, el silbido furioso
De un alambre, la forma temblorosa de un pájaro
Entreviéndose apenas a través de los vidrios;
La brasa, el vino cálido
De la mujer, su abismo de ternura y delirio.

Ahora todo aquello
Ha pasado y revive sin embargo
Como el rostro de un sueño.
El temblor de la infancia en las puras montañas,
La tumultuosa piel del mar, los sordos
Campanarios de arena,
Traen a mí su música secreta,
Su resplandor perdido.


                                Pero todo
Es distinto: los días me tejen una aureola
Quebradiza, me arrojan una nube
De esplendores marchitos;
Y hay no sé qué sombría dureza
En los semblantes.


                               Sólo
El amor que florece como una de esas ramas
Que el viento balancea sobre la oquedad
De un precipicio, aparta lo más puro
Del desdén, del olvido.






ADOLESCENCIA

A menudo siento flotar en mi corazón
un aire melancólico,
de nuevo aparecido entre los años,
como ese aroma que por el sendero del bosque
nos invade otra vez
cuando ya le creíamos perdido,
disipado.

Mis manos retenían aún el ardor
de aquel día.
La azada de larga empuñadura
y la hoz con que segaba el herbazal
se abandonaban ya, de nuevo frías,
a una inerte quietud.


Pero mis pensamientos no quedaban ahí
donde aquellos oscuros instrumentos
parecían morir; apenas vacilaban
un instante y en ellos sentía perdurar,
como el arrebol del poniente sobre las colinas,
el fuego engendrador.


Con el anochecer
el hálito del monte llegaba esparciendo
el polen que en la primavera se desprende
del duraznero en flor y dejaba también,
mezclado con el tenue vapor del agua,
el perfume silvestre del escaramujo.


No sé por qué todo eso me llenaba
de una embriaguez vehemente,
anhelosa.
Y con una indecible inquietud
escuchaba el susurro de la brisa en las hojas
de los ciruelos, el rumor del agua
en las platabandas, el fugaz aleteo
de un pájaro en el hueco del matorral umbrío;
escuchaba todo eso
como algo repentino y deslumbrante,
maravilloso.


¿ Qué anhelaba entonces mi corazón,
aún adolescente,
bajo el velo azulado el anochecer?
¿Qué nube, qué celaje quería cobijar?


No lo sé, pero a veces,
con el eco doliente de la nostalgia,
retorna el sentimiento de aquella edad orgullosa
que me hacía adorar lo más bello y difícil:
la pureza del suelo nativo
y el resplandor que allá, sobre los montes,
prefiguraba el rostro inalcanzable
de lo desconocido.
                   ¡ Y empezaba a sufrir!...








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