domingo, 20 de mayo de 2012

6887.- VÍCTOR HUGO CÚNEO


Víctor Hugo Cúneo. (Argentina, 1925-1969)
¿Te acordás de Víctor Hugo Cúneo, el poeta? Tenía un quiosquito de libros al que lo prendieron fuego y después, para redondear, se prendió fuego él, en una plaza de Mendoza. Aquel Cúneo chuceaba a Di Benedetto diciéndole poeta fracasado, y a Tejada Gómez, diciéndole novelista fracasado.

Víctor Hugo Cúneo fue un potea sanjuanino pero afincado en Mendoza.





Canción al mundo

Tú eres el que existe, el que lleva el viento adentro.
Te contemplo desde un hombre.
Todo mi cuerpo es un ojo abierto hacia tí.
Te vuelan pájaros de tu ser, ríos de tí mismo,
te tocas con muchachos, te recorres con viajeros,
te miro cruzar los puentes vestido de peregrino
y desembocar niños de las madres de tí.
Familias de tu amor se hacen de tu cuerpo de montaña una casa.

Para mi querer levantar los techos
cuéntame tus vidas como se escucha un río,
muéstrame tus plazas como se contempla un lago
y ábreme ventanas como se suelta un pájaro.





Poema a Vincent Van Gogh

Os traeré el recuerdo de Van Gogh.
Sabed que quiso ser como los campesinos agachados
como circunsferencias estremecids por los trigales,
con su paleta de girasol,
león de las flores,
como un sombrero caído del sol
con antorchas de piel
y fogatas de estampas espesas
entre pinceles despeinándose
las pequeñas melenas
en colores cuajados.

Van Gogh,
una gota de sol en los pinceles,
girasol del amarillo,
infancia del sol,
la paloma de las lámparas
que amamos en las cosas,
despegándola con los ojos.

Yo sé como él
que a veces enloquecen los astros,
enloquece el sol
y conduce a los hombres creyentes
a espantosas soledades
donde sólo hay un girasol amaneciendo
como un baño de alazanes.

Nombre espeso,
de óleo.
Un nombre que gotea
como cuajada de trigales.

Anduvo por la ternura del mundo
una muchacha llamada Provenza
y fue como la bondad del mundo.
Tal vez buscando a Dios
y lo encontró en el sol,
cuando se derrumbaron los misales de la infancia
con un ruido feudal,
porque Dios no podía ser otra cosa que lámpara,
después de una ciudad con apellido de monasterio,
Amsterdam:
espigas de imprenta
con granos de campanas
para misales escritos gota a gota
entre las flechas de la lámpara
con pájaros de cuchillos
y lanzas idiomáticas
con golondrinas
como alabrados de tinta.

Y ahora sus cuadros iluminan.
Amaneceres.
Cuadros de sol.
En esas ventanas sin casas,
ventanas viajeras
que llegan con amaneceres pegados
a las galerías de ciudades ahumadas
donde hay que vivir,
vivir espesamente
como si el mundo fuera un gran caldo,
la sopa de la humanidad
con la capital del amor,
la ciudad del hombre,
donde hay que empaparse de jugos
que tienen gusto a mujer de la vida,
a campesino de Provenza,
como una muchacha rubia
con cielos azules en los ojos.










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