domingo, 13 de mayo de 2012

JANA PUTRLE SRDIĆ [6.831]



JANA PUTRLE SRDIĆ

Jana Putrle Srdić nació en 1975 en Liubliana, Eslovenia.
Es poeta, publicista y traductora. Desde la publicación de su primer poemario, Membrillos (Kutine, 2003), se dedica también a organizar eventos culturales en el Centro de Literatura Eslovena. Su segundo libro de poesía, Puede pasar cualquier cosa (Lahko se zgodi karkoli), se publicó en 2007.

Ha participado en numerosos festivales y lecturas en el extranjero. Ha sido traducida y publicada en diferentes revistas en nueve idiomas. Es traductora de poesía contemporánea rusa, inglesa y serbia, y autora de traducciones de libros de poesía de Robert Hass, Ana Ristović, Sapphire y de poesía rusa contemporánea.




Traducción de Bárbara Pregelj. Revisión de Julia Sarachu

Desapariciones

A los  seis meses de tu muerte
llamé a tu casa,
nadie atendió el teléfono y
de repente en el contestador
me sorprendió tu voz.

Como si los cactus de la repisa
rodearan mi cama por la mañana.

Como si contestaras desde un cubo
rosado de gelatina.

Tu voz
es para mí conocida y extraña a la vez,
inusualmente resuelta como la voz
de un hombre de treinta años que nunca
está en casa y necesita un contestador,

porque acaba de volver de handball
y tiene prisa para llegar a las prácticas de tiro.
Como todos los tiradores, sabe que en el camino
hacia el campo de tiro debe fijar la mirada
a través de la ventana del autobús, siempre en el mismo punto,
en la luna del cielo del atardecer,

para que después, ante el blanco,
el corazón le empiece a latir en círculos blancos
hasta unirlos con su pulso en un punto,
y apretar entonces el gatillo.

Una voz
conocida de un hombre de treinta años en luna
de miel rumbo a Venecia con una cinta de Glenn Miller
en el coche. Un sombrero femenino con alas grandes.
Unos pantalones livianos de verano – al estilo de Gatsby –
que se deslizan por las rodillas al saltar
dos escalones a la vez en los puentes.
Canales que apestan, paredes húmedas,
palomas, le dice a ella, palomas por todas partes,
y ligeramente prende a la vez con su encendedor
sonrisas en los negativos.

Paso al lado de este alto hombre delgado
con una camisa clara de verano que no me reconoce
porque aún no existo.

Pienso: cuando grabemos encima de la cinta
del contestador y tu voz en mi cabeza
se haga borrosa, también yo voy a volverme
un poco más transparente,


Muy tarde por la noche

la ropa queda vacía en la silla.
pasó todo el día colocando croissants,
hogazas de pan blanco y negro, pasteles de queso, de la tabla
al molde, del molde al horno – ahora deja que las cosas
jueguen con ella. un clac seco del tostador, un sonido
de patas de perro al trotar. tienta los fósforos, el borde áspero de la caja crepita,
huele. un hormigueo en el cuello, cuando se inclina
sobre la llama. mira hacia la oscuridad, alguien prendió una luz
en el sótano del edificio en obras.

da una vuelta a la llave de la puerta, la ropa queda dentro de la lavadora,
la casa se hace silenciosa, la gente flota sobre las camas,
callada en sus sueños. vestida de algodón, cambia las horquillas
de pelo por una goma.
se desliza dentro de la bañera,
chapoteando silenciosamente como un pez
con su aleta.va a empezar a prepararse
mi propia desaparición.


Un domingo

Vi cinco películas y mientras tanto
me comí todos los caquis.
Segedin, pan con manteca, rábano picante
y aceitunas. Nicholas Cage en una copia
mala de El cielo sobre Berlín.
Cambiamos la cama con unas sábanas
amarillas, sexo.  Enteros estamos rodeados de caricias,
cabellos, olores, piel, lenguas. No, no necesito
que me lleves al cine, prefiero ir caminando.
De repente Jure,
una sonrisa, juntos nos sentamos entre las filas
vacías. En la película fuman mucho y todo queda
sin decir.
Encendemos cigarrillos, él sigue enamorado,
le digo que ahora estoy sola en el departamento
y que me gustaría tener una cama más grande, nos despedimos al caminar.
Lo que más recuerdo es el viento entre los dedos,
las gotas de lluvia en la piel entre los cabellos,
el piar de los pájaros a la una de la madrugada.
El zumbido constante del rótulo eléctrico
sobre el restaurant ahora para mí es el hogar.
Todo esto. Todas las cosas que me llenan.




Traducciones de Martín López-Vega:

Lentitud del invierno

Todo te pasa con un lapso de retraso:
un verso una y otra vez.
Mil veces el mismo gesto, el cuchillo sobre las patatas,
la mano a través del cuerpo.
Haces girar la rueda y mueves los engranajes.
Nada en especial, contemplas fijamente
el cristal de tu mesa, escuchas la respiración
del perro.
A menudo, las cosas sólo son.
Ella dice adiós con la mano
cuando pasas,
los coches avanzan con luz verde
y se detienen con luz roja.
Todo está por venir o ha pasado ya:
amor, soledad, trabajo.
Y todo es bueno para algo,
incluso este maldito frío
que matará a todas las garrapatas.


Al final de un amor

Espolvoreo sésamo negro y pimienta cayena
sobre las calabazas amarillas de Sarah —esas achaparradas
y mantecosas— mientras pienso en la traducción
de la poesía siberiana, pero mis pensamientos
se recalientan en la calurosa cocina veraniega
y el lenguaje no es ya algo que me importe,
ni tampoco las relaciones —
este momento es aromático café africano,
este momento es maleza que araña terneros
mientras Zoran corre por el bosque y Lili
extiende su estera al otro lado de la colina
preparándose para el yoga (zumban los mosquitos),
en este momento estamos unidos por el caluroso
aire de la tarde que se envuelve alrededor de nuestros tobillos,
un dulce arroyuelo;
nos juntamos a través del brillo del verano,
a través de las grandes calabazas maduras
mientras ya vuelan los pájaros a medio crecer
y pronto será tiempo de migrar,
de vestirse, de empaquetar, siente la brisa bajo la falda,
pronto echaremos el cierre, fuegos encendidos, cremalleras,
y cuanto debe morir irá a parar al cubo de basura
(sandalias andrajosas, hierba, largos días, pájaros
con alas rotas), cuanto debe partir llegará al sur
en cajas de madera con los pies helados o un zumbido
en los oídos y una taimada añoranza
y entonces compartiremos nuestra tristeza —permaneciendo aquí,
afrontando la infraestructura invernal de las ciudades—
con los del sur, en contacto con el aire y el sol,
deshaciéndonos en su barro,
abandonados en un vertedero,
con el peso de otro verano poniente
como un gran gato suave
(con un pájaro en su tripa)
durmiendo sobre nuestros pechos.


Mujer en la ventana 

Una mujer en el núcleo de su familia se
escurre hacia el borde de la sociedad,
una mujer frente a una pantalla vacía,
en el cubo desnudo de una galería
es un error inadvertido, un espacio vacío
en la multitud de votantes y manifestantes,
nadie la necesita. Ella está ahí,
arrastrando su pierna izquierda,

sin saber qué hacer, espera
que la salve el autobús, que la salve un email
o alguien que la llame por teléfono.

En alguna parte extranjera del mundo, una mujer está
frente a la ventana, contemplando la nieve
que cae pesada borrando —la mujer está asomada
a su propio vacío, y en este desolado espacio
donde nadie la necesita,
en la incómoda cabeza vuelta,
en un jersey que es apenas suyo,
con nieve en los hombros,
intenta conjurar algo aún irreconocible,
algo sobre una forma hacia la cual ella
alargará la mano,
la estructura del mundo que penetra lo visible
sólo a través de las ramas de árboles y de
finas líneas en el hielo.

Cuanto llama a la mujer a la ventana
la mantiene en silencio. Ella sopesa dar
un paso hacia lo desconocido.




Potovanje na konec noči

Zdelo se mi je, da bo prišlo v obliki
žalovanja ali izgube
ali neprekinjene ostre bolečine.

Pa vendar na poti do konca
ni dolgo ničesar.
Vonj po starem urinu,
kri je nevidna. Telo je
mehko kuhano jajce,
ki varuje zdrizasto
in pregreto notranjost.

Telo še zadnjič zasije,
sonce rumena sredica –
v pogledu nemirne živali,
v očeh ženske, ki se krčevito
oklepa stranice postelje
in kriči pozno v noč.

Ničesar neobičajnega ni,
le samota kot vselej poprej.
Le lokomotive, ki več ne
cvilijo, ki ne oddajajo sopare,
ki se prekrižajo in razidejo na
tihih električnih žicah.

Nobene bolečine,
le dolgočasno čakanje
na dolgih hodnikih bolnic,
ki se raztezajo v hladno neonsko
noč. Vztrajno praskanje pasjih
tac, ki v sencah sive mrene iščejo
izhod in se vrtijo v krogu. In potem

ura miru, jutranja neživa ura,
ko z glavo ob kovinski stranici
izmučena obvisi. In sanja
množico svetlečih trav nekega
popoldneva, kako se upogibajo
v soncu, kako poln nemirnega,
brnečega zvoka je svet.

Kako sta šli med bilkami in drevesi
in jih razpirali,
kako sta vohali zrak,
kako svetloba na licu,
kako vaju je zaobjelo
in se hkrati odprlo
v dolžino kot jezik govedi,
kot vajina pot
to življenje.


Delitev dela

Prvi berejo stopinje v podrastju, sledijo
mahovom na severni strani dreves,
prepoznavajo specifične
konstelacije oblakov.

Drugim so jasne silnice mostov,
medtem ko se ljubimci naslanjajo na
njihove stebre. Razumejo
zapletenost premičnih fasad in
sistem metrojev pod kanalizacijo.

Tretji strmijo iz teme prvih
v razsvetljena okna drugih,
spijo na lakiranih zelenih klopcah
s podloženim časopisom, stojijo
na vogalih in opazujejo razpoke,
ki tečejo čez fasade, bršljan,
ki se širi čez hiše, geodete,
kako tiho merijo pokrajino
v nenehni borbi za prostor.

Poslušajo glasbenika, ki igrata
na čelo in kitaro
na Mesarskem mostu,
jezovito, bi rekla Magdalena,
in si v nekem neodkritem
kotu sveta
postavljata lastna pravila,
tolčeta ritem,
odmerjata sonce.
Pesniki postojijo
v brezveterju za njunima
hrbtoma
in pišejo skice
na ifone.



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