viernes, 13 de abril de 2012

SILVIA CASTRO MÉNDEZ [6.503]


Silvia Castro Méndez

Poeta costarricense afincada en la actualidad en Zaragoza, ha obtenido el Premio Aquileo Echeverría de Poesía 2010 (ex aqueo con Alexander Ovando) por su libro Agua, publicado por la editorial Torremozas. El Premio Aquileo Echeverría es el premio literario más importante de cuantos se conceden en Costa Rica.

Silvia Castro nació en San José de Costa Rica. Vive en España desde el año 2003 y en Zaragoza desde el 2007. En septiembre del 2008 obtuvo también la nacionalidad española. Estudió música y filosofía en Costa Rica y realizó una Maestría en Historia y Filosofía de la Ciencia y un diplomado de posgrado en Estudios Culturales en la Universidad de Pittsburgh. Ha sido profesora universitaria, investigadora, asesora política y consultora en temas de transferencia tecnológica, cultura política y comunicación social. Actualmente cursa el doctorado de filosofía de la Universidad de Zaragoza.

El Premio Nacional Aquileo J. Echeverría es el máximo galardón, el premio literario más importante en el país, que cada año entrega el Ministerio de Cultura de la República de Costa Rica por la creación de obras en las áreas de poesía, cuento, novela, ensayo, teatro, historia, artes plásticas y música . El nombre del premio es un homenaje al poeta costarricense Aquileo J. Echeverría.


PUBLICACIONES 

Las huestes del deseo (1998), Editorial Universidad de Costa Rica 
Vértice del milagro (2000), Editorial Universidad de Costa Rica 
Ruvenal de mil amores: Variaciones sobre un tema de Esopo, (2005), cuento-poema para niños, EUNA-EUNED. 
Agua (2010), Ediciones Torremozas (España), y (2011) Editorial Costa Rica 
Señales en tiempo discreto (2011), Editorial Amargord (España) 
Mester de extranjería (2015), Editorial Amargord (España) 

PREMIOS 

1996. Premio Editorial Universidad de Costa Rica (poesía) 
1998. Premio Editorial Universidad de Costa Rica (poesía) 
2010. Premio Nacional Aquileo J. Echeverría (poesía) 

Orillas

Pertenecer.
Hacerse uno
indiviso
un enjambre en nosotros.

Nos/otros.

Este río en el medio que no deja.
La amenaza perenne del desborde.

A veces
sobre un puente
alcanzamos los dedos:
fragilidad de isla desde la que tendemos
la ilusión de una dársena.

Y ese yo equidistante,
confuso entre las huellas,
mirando en el espejo plural
donde también respiran
los ausentes,
                
                        allá

donde trazamos
alguna vez
la fuga.

Transeúntes que somos
alertas de otredad
desde cualquier orilla de la ciénaga.




Mester de extranjería (2015), Editorial Amargord (España) 





senectud del mundo.
Fuero de adioses
en el pergamino de los siglos.
Acuñados en la piedra
duermen los animales que respiraron,
sellos de un tiempo que desborda su escala e imprimen así su paradoja:
la prisión del murmullo…”

(Mester de extranjería, 2015, fragmento)




Llanto

Temblor de luz.

Lenta,
sobre el pozo,

la luna llueve.



Graffiti

Trazados animales sobre el muro.

Una mujer se apoya en la pared
y hace una raspadura sobre el signo.

Hay un aire de dagas.

Más tarde
al hurgar en su bolso
un colmillo marca con sangre sus insignias.


Adiós a Granada

¿Cuánto cabalgó Boabdil
con tristeza de yeso en la memoria?

La luna detrás,
en el regazo del agua.

Patios en aroma de cumbre.
Indiferentes.
Las cruces transgrediendo los muros.
Y lejos ya su rey
retornando los ojos del deshielo.

¿Qué jardín aún colgaba de los párpados niños?
¿Qué rastro,
qué sangre,
qué frontera?

Los príncipes rehenes
y el trecho hacia Laujar
presagiado de tumba.


Berlín

Apenas otoño
y el mundo se agolpa
tras su bestia sin bridas.

Azules se alzan los alacranes de metal.
Vidrio y concreto
sitiados por un zumbido de transeúntes.
Las lápidas de sus muros
entre anuncios de soda y utillaje.

Una joven ejerce la acritud de sus botas.
Resuenan sobre las charcas
y el subterráneo enfunda sus martillos.

Lenguas en clave por las aceras.
Mundos de mármol trasplantados.
Ráfagas amarillas sobre el cemento.

Saturno despliega su hambre hasta los bordes.
Desde el balcón escucho
un jadeo incesante.


Sequía

Casi la siento fluir.
El tránsito en la boca.
Sus alertas de hielo en la garganta.

Pero la sed se abulta.
Queda sólo el espejo abismado de los pozos.
Las vasijas se fraguan
y un calor con acentos desemboca en las grietas.

Un grifo me interroga con su ojo sin llanto.

El vaso es un desierto
de vidrio.



Resistencia

Como eco del deseo.

Como un muerto que mueve aún su sombra
por la lumbre escondida en su mortaja.
O el aliento cercado por los signos
tras el viejo ritual.

Así yace el poema.

Después de los sudores,
ya olvidadas las pozas del origen:
Cuerda al aire que agónica
en su extremo
busca pulsar su timbre
todavía.

´Agua´(Torremozas, 2010)



Agua,
de Silvia Castro


Premio Nacional de Poesía Aquileo J. Echeverría 2010
Ediciones Torremozas, España

El poemario Agua, de Silvia Castro, fue co-ganador, junto a Ángeles para suicidas de Alexánder Obando, del Premio Nacional de Poesía Aquileo J. Echeverría 2010. Lastimosamente, no está disponible en librerías costarricenses, y fue sólo hasta hace un par de semanas que pude echarle mano a una copia prestada. 

De entrada, tengo que reincidir en la queja anual sobre los criterios que emiten los jurados del Premio Nacional de Poesía. No se trata simplemente de que yo no comparta el criterio, sino de que, ya leídos, los libros casi siempre contradicen los criterios con los que se los premia, y acaban confirmando esa horrible sospecha (también anual) de que los premios se deciden antes siquiera de leer los libros concursantes.

Así, aunque me satisfizo mucho el premio concedido a Ángeles para suicidas, que ya reseñamos aquí, no puedo negar que el fallo según el cual la poesía de Obando “está escrita desde y hacia la cultura universal, tendencia por lo demás vigente en la lírica actual” es un juicio vacío, improvisado, y que acusa haber sido dicho en un momento en que no se tenía nada que decir. ¿De cuándo a acá estar “vigente” es criterio para ganar un premio nacional? Al ver la lista de ganadores anteriores, pareciera más bien que “estar desfasado” es lo que está vigente. Además, lo que en verdad está vigente en la poesía costarricense es otra cosa, pero es algo que los jurados de los premios nacionales no son capaces aún de reconocer como “poesía”. Eso es parte del problema.

Qué mal síntoma es que los jurados de un premio literario se sigan impresionando cuando un poeta, en el año 2010, publica poemas con referencias culturales (literarias, musicales, históricas, etcétera)―eso que el fallo llama “cultura universal”. ¿De qué forma escribe uno si no es “desde y hacia la cultura universal”, aunque escriba sobre su provincianísima infancia en un pueblito alejado? Ese fallo reduce a capricho de nerdo lo que en Obando es voluntad creadora.

En cuanto a Silvia Castro, el fallo dicta que el premio le fue concedido ya que el suyo “es un poemario de cuidadosa ejecución tanto en el uso del castellano, como la configuración de sus imágenes y la sutil expresión del mundo femenino”. Vamos por partes:

1) Hacer gala de un cuidadoso uso del castellano está bien como criterio para pasar el examen de bachillerato en redacción, pero no para ganar el Premio Nacional de Poesía. Esto es un recurso “facilón y manido” y “una obviedad que de suyo se cae”, como ha dicho Gustavo Solórzano-Alfaro. En efecto, nadie espera de un escritor que gana premios otra cosa que escriba bien. Pero, ay, si algo no hace Silvia Castro en Agua es ser cuidadosa en el uso del castellano. La mayor parte de las veces es para bien, como cuando crea antropomorfismos ("Un grifo me interroga con su ojo sin llanto", p. 20.), metáforas pulcras ("Las calles derraman longitud", p. 23.), y hasta tropos atrevidos (“Un olor a oídos”, p. 15.) Pero esto no es un "uso correcto" del español. Esto es lenguage vuelto contra sí mismo, llevado más allá de su naturaleza. Qué lata de literatura tendríamos, de Góngora a Cabrera Infante, si los escritores fueran cuidadosos en el uso del castellano.

Pero más allá de consideraciones estilísticas, que alguien por favor me explique dónde está el cuidado en el uso del castellano en el verso “Escucho Closing Time mientras los ojos.” (A propósito dejo el punto final dentro del entrecomillado: esa es toda la frase. De hecho, esa es toda la primera estrofa del poema “Tom Waits y las cosas”, p. 15.) No es un caso aislado, ni un error de edición. Es una línea que cabe perfectamente bien en el universo lírico de alguien que escribe cosas como “Mi madre tiene un iris de miel cuando la tarde.” (Otro punto final; otra estrofa completa, p. 59.)

2) Sobre la “cuidadosa configuración de las imágenes” ya casi hablamos. Pero antes…

3) Que alguien me explique qué hay de “sutil (!) expresión del mundo femenino” en esta estrofa del poema “Supermercado” (p. 46):

     Con alas.
     Sin alas.
     Nocturnas o diurnas.
     Largas o breves.
     Anchas o estrechas.
     Delgadas o gordas.
     De abastos robustos,
     normales
     o exiguos.
     De aromas o simples.
     De Kotex.
     De Tampax.
     De Playtex.
     De Stayfree.

Qué tedioso resulta el “mundo femenino” en un poema como “Lavadora” (p. 24), que transcribo aquí entero:

     Gira la longitud de mi blue jeans.
     Miro la diligencia de la máquina
     que remueve el abrazo de la tela,
     sus dedos del botón
     y me deja la prenda sin memoria,
     con un olor a Purex en el sitio del sexo
     y ese pH neutro en los vestigios.

(Por cierto: ¿no debería ser “mis blue jeans”, en plural? No sé. Hay que ser cuidadosos con el castellano.)

Una cosa más: reducir los poemas de Agua a un supuesto registro femenino es robarle lo que de sugestivo hay en los poemas. Pero, en todo caso, prácticamente no hay nada en este libro que no pueda ser escrito por un sensiblero poeta varón y heterosexual. Verbigracia: Alguna mujer habrá que domine el pulso del espejo / y susurre una frase / que en márgenes me devuelva (p. 32).

2.2) Ahora sí, hablemos de la “cuidadosa configuración las imágenes”. Para mi gusto, Agua contiene imágenes muy bien logradas. Por ejemplo, dentro del tropo general del agua y la música que acompaña a muchos poemas del libro, me conmueve la forma en la que la hablante mira “las siluetas empapadas de voz” en “Tom Waits y las cosas” (p. 15). También me parecen conmovedores estos versos sobre la pérdida, en el poema “Parte inmediato de los hechos” (p. 38):

     Las preguntas se mecen atadas a sus púas.
     Falta Luisa.
     Hay un olor a nunca entre los rieles.

Pero estos momentos son destellos en el libro; son brillos intermitentes que, como los de esa ventana que “destella su cristal” en el poema “Regreso en tiempo real” (p. 56), dependen mucho del ángulo del que se miren. Hay buenas líneas o estrofas dispersas, pero no son suficientes para justificar los poemas ni mucho menos el libro. Es el facilismo, y no el cuidado, lo que impregna tantos versos del libro, como estos de ese poema reveladoramente titulado “Descuidos migratorios” (p. 22):

     Yo dejé San José con sus pies de musgo
     y aterricé en la otra corteza del océano.

     Cómo explicar
     entonces
     este injerto de anfibios.

     Llueve en Madrid.

     Qué hacer,
     si migración no puso tal coto a mi equipaje.

     Llueve en Madrid.

     Discúlpenme, señores, las molestias.

Las molestias se las disculpo. Lo que no le disculpo es el non séquitur lastimero de ese verso final. No hay nada que lo justifique. Nada. La carencia de sentido y su total irrelevancia dentro del poema lo hacen irredimible.

Muchos versos de este libro de Silvia Castro parecen salidos de poemas magnéticos de refrigeradora. Todas las palabras gastadas del “lenguaje poético” concurren en ellos sin falta: luz, luna, destierro, silencios, sangre, nostalgia… siempre carentes de algún giro inesperado o al menos de un intento por cuestionarlas. El resultado es una poesía monótonamente declarativa, carente de sentido, reemplazable. El verso “Peces conducen las tintas del destierro” perfectamente podría decir “La tinta conduce a los peces del destierro” y nada cambiaría en esencia. Vacuidades de ese tipo abudan: “Un protocolo ciego dominará los signos” (p. 34); “Hay un aire de dagas” (p. 43); o “Porque hay lodo / en los pies a las dos de la tarde” (p. 41). Agua parece estar regido por la arbitrariedad, no por el cuidado. 

A manera de justo contraste, vale la pena mencionar el poema “Nadie nos dice” (p. 27) que, como aclara su subtítulo, es un “negativo” del poema homónimo de Blanca Varela, y que en la versión de Castro está dedicado a la memoria de Alejandra Pizarnik. He aquí el poema entero:

     nadie nos dice cómo
     tirar la cara sobre el mundo
     y
     vivir sencillamente
     así como lo hace el perro de la calle
     que busca en el fondo los mendrugos
     y relame sus belfos
     como quien va a un festín
     sobre el desvencijado acento
     de sus patas

     solo en el homo sapiens
     hay ejemplos de un proceder contrario
     (de soberbia quizás me tilden las marsopas)
     detener el curso
     inclinarse
     a escupir lo ya vivido
     reflejarse en el filo del metal
     y darse muerte
     sencillamente
     darse muerte

Se trata de una adaptación muy bien lograda, a pesar de ese verso entre paréntesis que hace explícito lo que en Varela es apenas sugerido. Con todo, este poema demuestra lo útil que le resulta a Castro trabajar desde una forma concreta. La mayoría de sus otros poemas carecen precisamente de la concisión y la inevitabilidad que tiene este. 

Indudablemente, el mayor mérito de este libro de Silvia Castro es sonar a poesía. Igual que pasa con las referencias culturales, el uso indiscriminado de palabras gastadas, tropos oscuros y una pizca de bajo-perfil debraviano ("Yo no pretendo un guiso de iniciados. / Pido apenas mi sal", p. 37), aún puede impresionar a críticos y jurados que siguen sin desarrollar modos propios de leer poesía, y la relegan con sus juicios vacíos a un asunto de expresión personal y de brumosa condición humana. Esta es una forma de negarle a la poesía su condición de arte y seguir promoviendo la mediocridad creativa. 

Cansa insistir en esto año con año, pero no hay de otra: el criterio sobre poesía que demuestran los jurados de los premios nacionales sigue siendo el equivalente al de los que premian paisajes con casitas de adobe. Mucho más que las argollas, lo que nos está matando es esa deriva crítica en que nos movemos.

Publicado 24 October 2011 por Gustavo Adolfo Chaves












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