domingo, 20 de marzo de 2011

PETER PORTER [3.576]


Peter Porter 

(1929-2010), poeta australiano. Nació en Brisbane; en 1951 se instaló en Londres. Autor prolífico. Cultivó la poesía social y la broma liviana. Viajó y recibió premios. En 1972 dio a conocer sus magistrales traducciones del poeta latino Marcial. 

Peter Porter, aunque nació en Australia, es considerado como un poeta inglés. Con Gunn, Hughes, Larkin y un par más, está entre las voces más altas de la poesía británica del Siglo XX. El tema de la muerte es recurrente en su obra. En su poesía se entrecruzan los elementos domésticos e históricos. Ha publicado: Once Buten. Twice Bitten (1961), Poems Ancient and Modern (1964), A Porter Folio (1969). Fue en un tiempo agente publicitario. Escribió para New Statesman y es crítico radial.

Poetry collections:

Once Bitten Twice Bitten, Scorpion Press, 1961
Poems Ancient and Modern, Scorpion Press, 1964
A Porter Folio, Scorpion Press, 1969
The Last of England, Oxford University Press, 1970
After Martial, Oxford University Press, 1972
Preaching to the Converted, Oxford University Press, 1972
Jonah, with Arthur Boyd Secker & Warburg, 1973
Living in a Calm Country, Oxford University Press, 1975
The Lady and the Unicorn, with Arthur Boyd Secker & Warburg, 1975
The Cost of Seriousness, Oxford University Press, 1978
English Subtitles, Oxford University Press, 1981
Fast Forward, Oxford University Press, 1984
Narcissus with Arthur Boyd, Seckers & Warburg, London, 1984
The Automatic Oracle, Oxford University Press, 1987
Mars, with Arthur Boyd Deutsch, 1987
Possible Worlds, Oxford University Press, 1989
The Chair of Babel, Oxford University Press, 1992
Millennial Fables, Oxford University Press, 1994
Dragons in Their Pleasant Palaces, Oxford University Press, 1997
Both Ends Against the Middle, 1999 as a section in Collected Poems Volume 2
Max Is Missing, Picador/Macmillan, 2001
Afterburner, Picador/Macmillan, 2004
Better Than God, Picador, 2009




PETER PORTER - MUERTE A LOS GATOS
de "Preaching to the Converted", 1972

Ya no habrá más gatos.
Los gatos son un foco de infecciones,
los gatos ensucian el aire,
los gatos consumen en una semana
siete veces su propio peso en comida,
los gatos eran objeto de adoración
en sociedades decadentes (Egipto
y la antigua Roma), los griegos
no tenían ningún uso para los gatos. Los gatos
se sientan para orinar (nuestros científicos
lo han comprobado). La cópula
de los gatos es horrorosa. Se ponen
insoportablemente tiernos con la luna.
Tal vez estén bien
en su propio país, pero sus costumbres
son extrañas a las nuestras.
Los gatos huelen, no lo pueden evitar,
lo notas al subir las escaleras.
Los gatos ven demasiada televisión
y pueden dormir en mitad de una tormenta,
nos apuñalaron en la espalda la última vez. No ha habido nunca
grandes artistas que fueran gatos.
No merecen una G mayúscula
más que al comienzo de una frase.
Culpo de mi dolor de cabeza y
de mis plantas muertas a los gatos
Nuestro barrio está lleno de ellos,
los valores de la propiedad están bajando.
Cuando sueño con Dios veo
una Masacre de Gatos. ¿Por qué insisten
en tener su propio lenguaje y su propia religión, a quién
le hace falta ronronear para saber explicarse?
¡Muerte a todos los gatos! ¡El Reino
de los Perros ha de durar mil años!

Traducción Jordi Doce




Lamento por un propietario

Este fue el fin de un hombre, pero también murieron
Diez trajes, veinte camisas, corbatas de Clare College
Y bufandas, en Radiograma, cien discos bailables
Y las Cuatro Estaciones de Vivaldi, conchas recogidas
En Ibiza y en Sark, libros de Faldón y Skira
Sin pastas, retorcidos —veinte invitaciones
Para Bailes de Gala y otros bailes, algunos a cumplirse todavía.
Gin, Whisky, Cointreau, Kirsch, Drambuie,
Y una carta de su madre sin abrir,
Una carta incompleta a un jefe de Regatas.
Y ya su abuelita aún vivía
Esas ollas con plata que él hubiera heredado
No murieron, pero a sus posesiones
Quién podría devolverles la vida, quién
Salvar a Humpty Dumpty oscilando en un muro sobre el mar?
Murieron
Porque él había vivido para ellas.
En la muerte comparten ese cuarto —nadie sabe
Que él vivió alguna vez, ahora que sus cosas están muertas.

Incluido en Poesía inglesa contemporánea (Barral Editores, Barcelona, 1975, versión de Antonio Cisneros).




Una dama de alta cuna condensa sus memorias 
para el Reader's Digest

La larga pequeñez largo tiempo ha durado.
Estas responsabilidades y estas caras
son la herencia de mi generación. Si aún viviesen
los muchachos dorados ya tendrían
los años de Henry James, ese canto de cisne
atardecido sobre el Cam —tan viejo como yo.
Las balas destináronse a los jóvenes —el Somme reunió
a quienes nunca se hubiesen reunido,
dos rostros de Inglaterra,
en perfecta igualdad se desangraron.

Las viudas de Swidon perdieron el salario de sus hombres,
peor nosotros, trampeados desde el día en que nacimos:
un casto mundo feudal dotado con modernos atractivos. El único camino
fue la moda —tragos, fiestas, el estrado.
Hemos conservado nuestro sitio aún sin nosotros conservarnos
el tiempo y la geografía se encargaron
de saquear nuestra herencia.

Incluido en Poesía inglesa contemporánea (Barral Editores, Barcelona, 1975, versión de Antonio Cisneros).




MUERTE EN LOS SALONES DE TÉ DE LA PÉRGOLA

Las culebras silban tras el vidrio nublado.
Adentro: urnas de té de cobre rubicundo, tubos de cromo
orinando vapor, un furioso rechinar de tazas, Densidad
Institucional Británica. Bajo un vidrio amarillento
o un viejo celofán, sandwiches de berro-con-tomate, de lengua-con-jamón
brillan amables y trinchados a 1/6 la rueda.
Con mala fe el viento le ha tirado la puerta en la cara
a un parroquiano lento —diez pares de ojos rampan
hasta su suéter, y por pocos segundos las voces son más bajas
que una escaramuza del vapor. Afuera,
a la orilla del río, sale el médico del barrio de su Vauxhall '47
chupándose el vigésimo cigarrillo del día.
Se para y lo tira, en el lodo de la huerta que brama.
Los árboles a medias, inclinados pescan el viento
que viene de los álamos en la otra ribera.
Bajo el viento cortante, una arrugada polea-sin-fin, el río
se retuerce mientras corta los campos ateridos.
Lejos apenas del rechinar y el choque de las tazas
en La Pérgola el viejo argumentador se está muriendo.
Dos amigos del partido Laborista y el doctor
le acomodan esas mantas tejidas. La sangre está rugiendo
en su cabeza, la intimidad del cáncer, la fronda del dolor
gobierna su cerebro —las barreras se han roto entre sus tripas—
todo es el reino del espasmo, el terror que se asienta.
Él se sabe muriendo, lo esperan testamentos. Y ya tiene
que armar para su esposa un techo con palabras. Acomodar las llamas
de su cabeza en una agenda. Decidiéndose ahora —se sabe con razón—
a llevar su cuerpo entre esas reuniones y mitines y planes de campaña,
de llevarlo y remendarlo como una buena tela, de llegar
al fin deshilacliado de su época: pedirle
que cosa sus costuras al doctor, para que por lo menos los dedos continúen
subiendo las frazadas, acariciando el calor en otros dedos,
tocando ese parche donde el gato dormía. No hay Dios.
Estamos en invierno, las ventanas cantan, furtivos bebedores padecen con su té.
Ahora el viento, contra una rama desnuda, ladea el triste encaje de las gotas
frías en la tela de araña. En su cuerpo
una corriente de aire que viene desde el horno —y fuera de ese cuarto,
ignorando el rostro del doctor, profesional y suave,
este invierno de carnaval, como el Dios cuidadoso,
entre un rosal de savia congelada y los agrios macizos del jardín
pone la confusión feroz de su desprecio.

(Traducción de Antonio Cisneros)



DEATH IN THE PÉRGOLA TEA-ROOMS

Snakes are hissing behind the misted glass.
Inside there are tea urns of rubicund copper, chromiuin piper
Pissing steam, a hot rattle of cups, British 
Institutional Thickness. Under a covering of yellowing glass
Or old celluloid, cress-and-tomato, tongue-and-ham
Sandwiches shine complacently, skewered
By 1/6 a round. The wind spitefully lays the door shut
On a slow customer — ten pairs of eyes track
To his fairisle jersey; for a few seconds voices drop
Lower than the skirmishing of steam.
Outside by the river bank, the local doctor
Gets out of his '47 Vauxhall, sucking today's
Twentieth cigarette. He stops and throws it
Down in the mud of the howling orchard.
The orchard's crouching, half-back trees take the wind
On a pass from the poplars of the other bank,
Under the scooping wind, a conveyor-belt of wrinkles,
The buckled river cuts the cramping fields.
Just out of rattle reach and sound of cup clang,
The old rationalist is dying in the Pergola.
Two Labour Party friends and the doctor
Rearrange his woven rugs. The blood is roaring
In his head, the carcinoma commune, the fronde
Of pain rule in his brain — the barricades have broken
In his bowels — it is the rule of spasm, the terror sits.
He knows he is dying, he has a business of wills,
Must make a scaffolding for his wife with words,
Fit the flames in his head into the agenda.
Making up his mind now, he knows it is right
To take the body through committee meetings and campaign rooms
To wear it and patch it like a good tweed; to come to
The fraying ends of its time, have to get the doctor
To staple up its seams just to keep the fingers
Pulling blankets up, stroking comfort on other fingers,
Patting the warm patch where the cat has been.
There is no God. It is winter, the windows sing
And stealthy sippers linger with their tea.
Now rushing a bare branch, the wind tips up
The baleful embroidery of cold drops
On a spider's web. Inside the old man's body
The draught is from an open furnace door — outside the room,
Ignoring the doctor's mild professional face,
The carnival winter like the careful God
Lays on sap-cold rosetrees and sour flower beds
The cruel confusión of its disregard.






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