jueves, 16 de septiembre de 2010

1124.- ENDRE FARKAS



Endre Farkas. Poeta canadiense nacido en Hungría, hijo de sobrevivientes del Holocausto. Su trabajo literario ha sido traducido al francés, húngaro, eslovaco y ahora al castellano. Ha dado lecturas y conferencias de poesía a través del Canadá, Estados Unidos, Francia, Hungría, y Eslovenia. Es profesor de literatura del John Abbott Collage, en Montreal y es considerado como una importante referencia de la literatura en lengua inglesa del Québec. Pertenece a la escuela generacional de la poesía experimnetal de los años 70, donde la experimentación léxica fue acompañada de la representación escénica y la declamación fonética se extendía más allá del escueto fonema. Esta generación post Dada o autodenominada Vehicule Press, fue artífice de la socialización de la poesía y logró la instalación de poemas en las calles, autobuses, remplazando la propaganda por el verso gratuito, al grado de que no es posible hablar de la poesía inglesa en Montreal sin referirse a esta generación, la que fue y sigue siendo la mayor exponente de la poesía inglesa en la provincia del Québec, Canadá.

Bibliografía: Palabras Sobrevivientes. Ottawa: Poetas.com, 2002. Herencia. Ottawa: CdPoesía - Poetas.com, 2002. Voices. Vaudreuil-Dorion: CdPoetry, 2002. Les mots Qui Survivent. Trois Rivieres: Ecrites des Forges, 1999. Surviving Words. Winnipeg: The Muses’ Co., 1994. Howl Two Eh?? (with Ken Norris). Montreal: NuAge Editions, 1992. How To. Montreal: The Muses’ Co., 1988. From Here to Here. Montreal: The Muses’ Co., 1982. Face Off. Montreal. The Muses’ Co., 1980. Romantic at Heart & Other Faults. New York: Cross Country Press, 1979. Murders in the Welcome Cafe. Montreal: Vehicule Press, 1977. Szerbusz. Montreal: Eldorado Editions, 1974. (Fuente: Poetas Antimperialistas de América)







Al calor de la noche


Anoche hicimos el amor.
Cruzamos fronteras
y sin temor viajamos por otros países.
Con ramilletes de besos
nos acogidos mutuamente como héroes
que no han conquistado a nadie.
Implosiones de éxtasis por todas partes
y respiramos como uno solo.
Sin temor, desnudos,
acurrucados el uno en los brazos del otro,
dormimos y soñamos.

Esta noche a la guerra.
Los hombres con sus máquinas se desplazan.
Los tanques ruedan sobre la carne pedrogosa de la arena
Los francotiradores apuntan,
los dedos acarician gatillos bien aceitados
Y el éxtasis de esta noche
está a un pelito de la mira de los fusiles.

La matanza se hace mejor en la noche
cuando los sentidos son más agudos
y la imaginación es más nítida
para conjurar terror en las sombras
que proyecta la lírica luna

Ululantes humanos predadores
están hundiendo sus garras manufacturadas
en su propia especie.

Amor, la luz del día muestra
que las esquirlas abrieron hoyos en los rostros,
haciendo brotar sangre
evaporando el vapor de la vida
desde el lugar que ocupaba el estómago.

El sol brillante
se levanta
desde los ojos quemado de lo muertos.

Traducción: Elías Letelier
Del libro: Palabras sobrevivientes




La liberación es

una mañana
sin guardias

silencio
en un campo de concentración

un sargento negro estadounidense
ametrallando los portones

olas de tanques rusos
rodando sobre las alambradas

años de lágrimas corriendo
incontrolables

los macilentos abalanzándose
a los depósitos de comida
tragando puñados de grasa hasta morir

despertar del estado de coma

saludarse ante un espejo
como si uno fuera un extraño

hacerse decir , “vuelve a casa”

evitar ser violada
diciéndole a los soldados de la liberación
que uno tiene "la enfermedad"

caminar por rutas familiares
parando en casas familiares
golpeando a puertas familiares
para ver quien retornó

descubriendo qué partes de ti faltan

llegar a la casa

mirar a los antiguos vecinos
que vigilan desde puertas y ventanas
mirándote retornar

un silencio diferente.

Traducción: Elías Letelier
Del libro: Palabras sobrevivientes



Melancolía de Nueva york

para EL MG.

La Guardia.
En el tráfico de gente que sube y baja,
nos saludan adoradores
que cantan en túnicas de azafrán,
y hombres y mujeres jóvenes y comedidos
que venden flores en el nombre de la luna.
En la ruta atascada de tráfico
que lleva a Big-Apple
jóvenes matones en chaquetas de cuero
caminan a lo largo de las líneas divisoras
embaucando con teléfonos robados de autos.
La Autoridad del Puerto.
Llegan autobuses de todo el mundo;
sus vahos curten la piel de la ciudad.
Nosotros caminamos entre ellos
ante ojos desviados de hombres tristes
que beben desde unas bolsas de papel.
Una maldición y una botella
nos pasan volando por la cabeza.
Son los instrumentos y música de la ciudad.
Hay relucientes guirnaldas de alambre de púa
que coronan las rejas y los tejados
de los edificios importantes.
Allí no hay una necesidad,
hay una razón.

En las calles estadounidenses
han afinado el sueño americano
hasta hacerlo un fraude.
Lo que fue alguna vez un hombre joven
se nos acerca llorando por una cama donde morir.
Todos queremos que se termine luego.
En los hogares, bajo la piel se ha metido la tristeza
a pesar de los herméticos cerrojos.
No hay cortinas sólo barras de temor y soledad.
Detrás cada una de ellas,
la esperanza se inyecta en las venas.
Nos sentamos frente a la pantalla
miramos a un hombre que grita
¡Esta pistola es mi vida!
Nunca podemos dar lo justo.
Estamos más allá de todos los incidentes.
Por la mañana ni siquiera una tristeza
ni una despedida.





Melancolía de Budapest

El polvo de la tristeza
llena los poros de Budapest y los muros amarillos,
pálidos e incestuosos de los Hapsburg,
están manchados para siempre de las lágrimas
acumuladas por los planes quinquenales.

En la parada del autobús,
el sofocante anochecer cae sobre cuerpos inclinados
por el peso de años de espera
de autobuses siempre repletos y siempre tarde.
En su nueva libertad se apilan y aparentan
que no ven a los cabezas rapadas,
que golpean a un gitano viejo,
en nombre de la nueva Hungría.
Estoy mirando con ojos aterrados.
Estoy contento de no ser de aquí.

¿Pero, si no soy yo, entonces quién?
¿Y si no ahora, entonces cuándo?
Ésa es la malancolía.




La tormenta invernal

Los vientos invernales arremolinan una tormenta,
y asustada, la noche se despierta;
aúlla como sirenas en el Medio Oriente
a miles de kilómetros de aquí.
El ululante cantar de las sirenas
se lamenta contra la pared y las ventanas,
como dolientes sobre cadáveres
e interrumpe la película
La Guerra Y Paz.
Hace un frío del diablo.
Apago la televisión.
Ya he leído el libro.
Sé como termina.
Anoto mis temores:
impotente, impotente, impotente.
Sé que hay niños llorando,
muriendo.
Miro a los míos,
doy gracias
y apago la luz.
El viento ululante.
La tormenta que ruge.





Judíos

Ellos son los elegidos:
los que firmaron "El Pacto"
los que trajeron La Palabra
y constantemente discuten con Dios.

Ellos son "Los errantes"
los que honran el aprendizaje
por que es sagrado
y fácil de empacar al primer aviso del profeta.

Son los asesinos de Cristo,
sanguinarios y sucios,
lo que justifica todo lo que se les hace
por milenios y por millones.

Ellos son los "Serlock",
conspiradores internacionales,
contadores, banqueros, mayoristas;
regateando con el mundo por su libra de su carne.

Pero ahora los conocemos mejor.
También son crueles, ignorantes;
mercaderes de la muerte; no tan especiales,
no más elegidos que otros.

Ellos también emplean el terror y la tortura
y tienen su propia policía secreta
para resguardar con armas mortales
sus campos cercados de alambre de púas.

Ellos son como todo el mundo;
con sus propias tierras para proteger.
Prefieren las "Alturas del Golan"
para poner sus grandes cañones,
a los altos niveles morales y sus antiguos ritos.

Han perdido la ventaja de las víctimas,
se han transformado en lo que siempre fueron:
un pueblo que sigue visiones y órdenes
y que debe ser hecho responsable de eso.

Farkas, Endre. Palabras Sobrevivientes.
Trad. del Inglés por Elías Letelier. Ottawa:
Editorial Poetas Antiimperialistas de América, 2002.



IMAGINAR

Bajo las estrellas
demasiadas para imaginarlas,
muy lejos para ser más que un simple titilo;
y que quizá no estén allí,
hay vida
durmiendo en cuartos iluminados
para mantener distante a la noche,
cuerpos en lechos llenos de miedo.
Nosotros buscamos palabras para frotarlas
para comenzar un fogata,
para guardar el calor;
palabras lo suficientemente brillantes
para convencernos de que los días pasan
por alguna importante razón
y abrazarnos
a causa de alguna revelación.
Pero cada día dejamos atrás migajas de fracasos;
vidas consumidas.
Vistiendo la fina seda de los asesinos,
nosotros somos nuestro propio escuadrón de la muerte.
Imaginamos
un mundo demasiado hambriento
para imaginarse un cielo,
un mundo demasiado real
para el infierno.





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